Urraca, reina de León

Pocas son las mujeres coronadas que hayan tenido poder real. La mayoría ha portado el título mientras, por decisión propia o a la fuerza, encomendaba la gobernación al varón más próximo: el marido o el hijo. Hay alguna excepción: en el siglo XI una mujer, Urraca, es reina y ejerce el poder sin remilgos, luchando contra todo tipo de adversidades, la primera de ellas, su condición femenina.

Urraca (León, 1081-Saldaña, Palencia, 8 de marzo, 1126) fue reina de León y de Castilla y reinó. En ocasiones acertó y en otras erró pero los historiadores han juzgado su reinado no como la obra de una reina sino de una mujer. Y lo han hecho con la creencia tan masculina de que el poder les pertenece y el resto es usurpación.

Nacida del matrimonio entre Alfonso VI y Constanza, su segunda esposa, hija del duque de Borgoña, nieta del rey de Francia y hermana del abad Hugo de Cluny, celebrado el 8 de mayo de 1080, Urraca tuvo que enfrentar desde su nacimiento la decepción paterna por no haber tenido un heredero varón. Empeñado en que le sucediera un hombre, Alfonso llevó a la corte el hijo habido con la princesa musulmana Zaida y le confirió carácter oficial al hacerle firmar los documentos regios como “el infante Sancho, hijo del rey”.

Urraca, entretanto, recibía la educación propia de una princesa: equitación, caza, estrategia militar, probablemente junto a Pedro Ansúrez, y el presbítero Pedro y Domingo Flacóniz, que aparecen en documentos de donación como maestros de la hija del rey.

El matrimonio entre Urraca y Raimundo de Borgoña se concertó cuando una expedición de nobles francos acudió en ayuda del rey de León en su guerra contra los almorávides venidos de África. Raimundo era mucho mayor que la novia, entonces una niña de seis años. El 22 de febrero de 1093, cumplidos los doce años, aparece ya como casada. Ese año había fallecido su madre y nacido el niño Sancho. Urraca dejaba de ser princesa heredera para convertirse en condesa consorte de Galicia y pasaba de estar tutelada por su padre a estarlo por su marido. La pareja tendrá dos hijos: Sancha y Alfonso, quien acabará heredando a su madre como Alfonso VII.

La figura de Urraca aparece desdibujada en este tiempo, parece que a su pesar pues en 1105, cuando se concede el fuero a los habitantes de Compostela, ella firma como Urraca reina. Dos años después fallecía Raimundo.

Cuando parecía que su vida se encaminaba a la tranquilidad del gobierno del condado gallego, la muerte del joven Sanchico en la batalla de Uclés, el 29 de mayo de 1108, convirtió a Urraca de nuevo en heredera de la corona. Alfonso VI se lo comunica a los nobles reunidos en Toledo y manda a su hija casarse de nuevo. Dos eran los candidatos que aspiraban a matrimoniar con Urraca, Pedro González de Lara y el conde Gómez González, este favorito -y amante- de la reina y de una parte de la nobleza y clero castellanos. Para evitar rivalidades entre los nobles castellanos y leoneses, el rey optó por casar a su hija con el rey de Aragón, Alfonso el Batallador. El primer acto como reina de Urraca será presidir las honras fúnebres de su padre, muerto el 1 de julio de 1109.

Las capitulaciones del nuevo matrimonio se remitían al modelo feudal y establecían que Urraca debía de comportarse como buena esposa con su señor. Establecían asimismo que si tenían un hijo, este heredaría las propiedades de ambos y si no no lo tuvieran, el heredero sería Alfonso Raimúndez, el hijo habido con Raimundo de Borgoña.

El matrimonio resultó un desastre total. Los cónyuges se detestaban mutuamente, a lo que había que añadir el carácter violento y misógino del marido, a quien Urraca llegó a acusar de querer eliminar al joven Raimúndez para apoderarse del reino. Aparte de estas cuestiones personales, Alfonso se apresuró a ceder las plazas y castillos fronterizos de Castilla a nobles aragoneses, con el consiguiente malestar de los castellanos y gallegos, que deciden independizarse. El 13 de junio de 1110 la reina firma un documento de donación al monasterio de Silos como Urraca, reina de toda España e hija del emperador Alfonso.

Por si fuera poco, Alfonso el Batallador, justificando su apodo, se alió con Enrique de Borgoña, casado con Teresa, hermanastra y enemiga acérrima de Urraca, para luchar contra su propia mujer. En la batalla del Campo del Espino resulta muerto el conde Gómez González y derrotadas las tropas castellanas. Todavía Urraca y Alfonso hicieron algún amago de reconciliación pero los intereses mutuos eran tan radicalmente opuestos que acabaron definitivamente separados.

Algunos historiadores posteriores, siempre contrarios a la mujer, hablarán de que el marido repudia a la reina por su conducta inadecuada pero los cronistas contemporáneos, como el autor de la Primera Crónica de Sahagún, señalan que Urraca, después de haber oído el consejo de los suyos, decidió “facer diborcio e separación del marido; e tornóse a León”. Giraldo, en la Historia Compostelana, pone en boca de la reina de “hecha la separación y roto el para mí vergonzoso matrimonio”. Finalmente, el matrimonio quedó disuelto por el papa por consanguinidad de los cónyuges.

Comoquiera que sea, Urraca demostró ser mujer de carácter y si su padre, primero, y luego los nobles habían decidido por su cuenta, ella también era capaz de hacer sus propias elecciones y tejer y destejer sus propias alianzas. Conocida es la relación mantenida con el conde Gómez González después de enviudar de Raimundo; muerto el conde en la batalla de Candespina y tras romper con Alfonso, inició otra relación con Pedro González de Lara, con quien tuvo al menos dos hijos: Fernando y Elvira, relación que solo rompió la muerte. Los cronistas de la Historia Compostela se ponen creativos en este punto y cuentan que “este conde Pedro, según se rumoreaba, encadenado por los firmes lazos del amor, solía galantear a la reina y por ella tenía en su poder Castilla y no poca parte de la Tierra de Campos”. La reina murió el 8 de marzo de 1126, en el castillo de Saldaña, donde se había refugiado, conocedora de que se hallaba “muy enferma y puesta a las puertas de la muerte”.

El clero, tan poderoso en este tiempo, vio en ella una enemiga, no ya por la libertad de sus costumbres, tan lejos de la sumisión femenina predicada por la doctrina, sino porque Urraca utilizó frecuentemente las riquezas de las iglesias y monasterios para financiar las guerras que tuvo que afrontar durante todo su reinado: contra los almorávides, contra su segundo marido, contra su medio hermana, Teresa, contra la nobleza castellana que apoyaba al rey de Aragón y contra los gallegos. Mención especial merece en esta enemistad la del obispo de Compostela, Diego Gelmírez, atrincherado tras el futuro Alfonso VII frente a su madre.

Los cronistas del siglo XIII darán una imagen del reinado de Urraca como apenas un paréntesis de regencia entre su padre, Alfonso VI, y su hijo, Alfonso VII, presentándola como mujer débil frente a las tentaciones de la carne, poco hábil políticamente, atribuyendo cualquier logro de este tiempo al rey aragonés o a los hombres que ella eligió. Su propio hijo contribuyó a esta condena de la memoria de Urraca cuando, al confirmar los privilegios del monasterio de Sahagún, señala que siendo él “niño e ignorante, privado de mis dos ilustres progenitores, el reino hispano sufrió durante diecisiete años múltiples y graves sucesos como consecuencia de las luchas entre sí de próceres y magnates (…) cuando había sido corrompido atrozmente por mi madre y los partidarios de ésta”.

Imagen distinta es la que proporcionan los cronistas contemporáneos. El Cronicón Compostelano dejó escrito que Urraca fue legítima sucesora de su padre durante los diecisiete años que duró su reinado. Adornada de cualidades morales e intelectuales nos la presenta la primera de las Crónicas de Sahagún. En el relato de la Historia Compostelana participan tres autores, cada uno de los cuales aporta su propia visión. Giraldo de Beauvais la presenta despótica frente a un Gelmírez justo y pacífico, que defiende su posesión, el señorío de Santiago.

Ateniéndonos a los hechos relatados en las crónicas, Urraca se nos presenta como una mujer enérgica, independiente y constante, que se enamora, elige y ama, como de siempre lo han hecho los hombres. La reina ejerció el poder cuando fue libre para hacerlo y mantuvo la unidad del reino, frente a las amenazas de Aragón, de Portugal, de la nobleza y de los musulmanes. Tareas todas ellas que casan mal con la imagen de mujer débil, voluble y sometida. Pero, una vez más, la historia la escriben los hombres, en esta época, clérigos, por añadidura, y ellos escriben con arreglo a su modelo, esto es, el poder es masculino o no lo es.

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