Esto que os estoy contando es la versión corta del culebrón. Porque entretanto, la trama se ha ido dividiendo en subtramas. Para cubrir el hueco que ha dejado la primogénita muerta, los padres le ofrecen al viudo casarse con la hija modosita. El hombre se hace sus cuentas, piensa que a esta suegra ya la conoce y dice que vale. El novio de la hija pequeña también la palma, que estos ricos dinero tendrán mucho pero resistencia, poca. Reunidos los padres de la chica y el del novio difunto deciden, igual que el viudo, que más vale lo malo conocido y el padre del difunto ofrece en matrimonio al hijo pequeño; los padres de la novia aceptan la propuesta, se celebra la petición de mano y aquí no ha pasado nada.

La inconformista vuelve tan contenta a su chalet con jacuzzi y, con ese olfato que la naturaleza ha dotado a las mujeres, empieza a notar cosas raras. La primera y no pequeña es que el mindundi olvida con más frecuencia de la debida sus lecciones connubiales. La segunda es que mira con ojitos golosones a una chica del servicio, una rubia despampanante que le devuelve la mirada con una caída de ojos que ni la del muro de Berlín. La santa esposa no se lo piensa dos veces, coge unas tijeras, agarra del pelo a la rubia y se lo deja a lo garçón. Con tan mala fortuna que se le va la mano y también le deja la cara como un mapa geológico. A los gritos de la rubia llega el mindundi y se enfrenta a su santa. ¿Qué haces insensata? La insensata no está para razonamientos en ese momento y enfila hacia el marido con intención de continuar la operación corte radical. Pero el mindundi es hombre atlético, que de algo le ha de valer su actividad deportiva, le hace un placaje que la pone con los piños en el parqué. De tal guisa la coge, con muy malas formas, todo hay que decirlo, y le advierte: que sepas que no me vas a ver el pelo hasta navidad.

La rubia ha hecho mutis tras el marido mientras la santa esposa llora y clama al cielo y jura por lo más sagrado que esos feos no se le hacen a la hija de sus padres. El mindundi está muy crecido desde que se sabe heredero de los negocios familiares de su chica así que se toma vacaciones, para desesperación de la legítima heredera. Cuando vuelve, moreno y con cara de haberse dado al cuerpo más de un gusto y más de dos, la inconformista quiere sacarle los ojos directamente. Si no te comportas de manera razonable, no vuelvo, amenaza él. Pues no vuelvas, responde ella. Me cojo a mis niños y me voy con mis padres. El mindundi echa cuentas y piensa que sale perdiendo si la heredera se larga. Decide, pues, que aquí no pasa nada y retoma la ilustración connubial con tan buena puntería que nueve meses después tienen otra criatura, que hace la número cinco.

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