Teresa Mancha

De Teresa Mancha (Torrecilla, Córdoba, 1810-Madrid, 18 de septiembre de 1839) solo se conoce el hecho de que fue amante de Espronceda, porque este le dedicó unos versos de despedida. Su existencia desventurada retrata la situación de la mujeres en los comienzos del siglo XIX.

Había nacido en una familia andaluza liberal, hija del coronel Epifanio Mancha y de Amparo Arrobal. Las ideas liberales del padre obligaron a la familia a exiliarse en Lisboa, donde en 1827 Teresa conoce a José de Espronceda, alejado de España por la misma causa, e inicia una relación amorosa con él. Poco después, la familia Mancha y el poeta se trasladan a Londres.

En marzo de 1829, cuando la situación económica familiar empezaba a ser apurada, Teresa, que proyectaba fugarse con el poeta, se casó con Gregorio de Bayo, miembro de una rica familia vasca, lo que supuso un alivio para la familia. En agosto de 1832, el matrimonio viaja a París y se aloja en el mismo hotel donde ya reside Espronceda. En octubre, Teresa y el poeta se escapan juntos a Passy, abandonando al marido y al hijo de la pareja. En marzo de 1833, Espronceda se acoge a la amnistía y vuelve a Madrid, donde luego le sigue Teresa. La relación ya había sufrido algunas crisis cuando en mayo de 1834 nace Blanca, la hija de la pareja, que en 1836 se separa definitivamente.

No estuvo muy acertada Teresa a la hora de enamorarse. Espronceda, poeta romántico reconocido en su tiempo, político de labia fácil, autor de vibrantes discursos, fue incapaz de enfrentarse a su madre a la hora de defender a su amada, plegándose a sus exigencias de romper la relación. Narciso Escosura, periodista y escritor también, que estaba enamorado de ella, la dejó en la estacada por no desairar al poeta. (Años después se casaría con la hija, Blanca Espronceda Mancha). Parece que poco después de su ruptura Teresa estuvo a punto de fugarse con un joven estudiante, desistiendo en el último momento.

Teresa Mancha murió el 18 de septiembre de 1839, sola y en la miseria. Entonces apareció Espronceda y le dedicó su Canto a Teresa, en el que más que a la amada, canta al amor y a él mismo.

¿Por qué volvéis a la memoria mía, / tristes recuerdos del placer perdido, / a aumentar la ansiedad y la agonía / de este desierto corazón herido? / ¡Ay! Que de aquellas horas de alegría / le quedó al corazón solo un gemido, / y el llanto que al dolor los ojos niegan / lágrimas son de hiel que el alma anegan. (…) ¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento / un pesar tan intenso!… Embarga impío / mi quebrantada voz mi sentimiento, / y suspira tu nombre el labio mío: / para allí su carrera el pensamiento, / hiela mi corazón punzante frío, / ante mis ojos la funesta losa, / donde vil polvo tu beldad reposa.

De esta mujer, casada contra su voluntad por salvar de la ruina a la familia, que fue madre sin desear serlo, no se sabe apenas nada más. Tan poco se sabe, que cuando en 1930 Ortega Gasset encomendó a Rosa Chacel que escribiera su biografía para una colección que se llamaría «Vidas extraordinarias del Siglo XIX», no halló datos en los que basarse y hubo de optar por imaginar su vida escribiendo una novela –Teresa– que terminaría seis años después y que no se publicará hasta 1941, en Buenos Aires, cuando la escritora ya estaba en el exilio.

Por no quedar, ni siquiera ha quedado una imagen de ella, salvo el esbozo que le dedicó hace años una firma de puros habanos en forma de vitola.

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