Anciana vasca. Ramon de Zubiaurre. Museo BB.AA. de Bilbao

Las biografías de algunas damas ilustres nos hablan de cómo se relacionaban ellas, cómo mantenían sus tertulias literarias, cómo dialogaban con los artistas contemporáneos, pero ¿cómo se relacionaban las mujeres menos ilustres, aquellas que ignoraban las corrientes literarias y nunca conocerían a los pintores famosos? Teresa de Furundarrena nos muestra su mistelería como lugar de encuentro.

Teresa era hija del chocolatero vitoriano Joseph de Furundarrena, y no se conformó con el rol que la sociedad le tenía reservado: convertirse en una buena ama de casa y permanecer en el ámbito de su hogar sino que, mediado el siglo XVIII, se puso al frente de una mistelería en la calle Nueva de Vitoria.

En la mistelería no solo se servía mistela -vino dulce-, también ofrecía un espacio de reunión a las mujeres para relacionarse con otras mujeres, como los hombres lo hacían en las tabernas. Un lugar de socialización extradoméstica, de encuentro y de tertulia, como los salones de las damas nobles. Cada tarde, la mistelería de Teresa se llenaba con las mujeres de los artesanos, que acudían con sus hijos y allí permanecían hasta que se consumía el día, conversando entre ellas y con los jóvenes estudiantes que también frecuentaban el lugar, sobre el acontecer diario o jugando a las cartas. Allí se citaban María Ignacia Ortíz de Zárate, Teresa de Aiestarán o Catalina de Guillerna, entre otras mujeres cuyos nombres no conocemos.

Como se puede apreciar la manera de socializar femenina no era muy diferente a la masculina y estaba vinculada a la costumbre de la bebida y el juego, que desde siglos antes formaban parte de la cultura popular.

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