Sor María de Jesús de Ágreda
Segunda mitad del siglo XVII. Óleo sobre lámina de cobre, 65 x 56 mm.
https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/sor-maria-de-jesus-de-agreda/c88629fb-812a-4cef-9f07-d8dcd3036232

Nacimiento: 2 de abril de 1602 en Ágreda (Soria)

Muerte: 24 de mayo de 1665 en Ágreda.

Obras: Escala ascética. Ejercicios cotidianos y doctrina para hacer las obras con mayor perfección. Conceptos y suspiros del corazón para alcanzar el verdadero fin del agrado del Esposo y Señor. Mística Ciudad de Dios (prohibida primero por la Inquisición, luego reeditada 172 veces en varias lenguas). Vida de la Virgen María.

María Coronel y Arana estaba destinada a la religión. Profesó como concepcionista con el nombre de Sor María de Jesús. Acabó siendo abadesa del convento, escritora, mística, misionera, consejera real y una de las mujeres más famosas de su tiempo. Dos veces tuvo que enfrentarse a la Inquisición y las dos salió indemne. Para seguir la biografía de esta mujer hay que creer firmemente en lo sobrenatural o, cuando menos, en lo prodigioso.

Sus padres tuvieron once hijos de los que solo sobrevivieron cuatro. María tuvo una infancia enfermiza, a los trece años estuvo a punto de morir, pero sobrevivió y decidió ser religiosa. Cuando se disponía a ingresar en las carmelitas descalzas de Tarazona, su madre tuvo la revelación, luego confirmada por su confesor, de que debían convertir la casa familiar en convento e ingresar en él las mujeres de la familia, mientras que el padre había de profesar en los franciscanos, donde ya estaban los dos hijos varones. Parece que el padre se resistió cuanto pudo, con el apoyo de sus vecinos, pero finalmente, aceptó la decisión de su mujer y de los frailes e ingresó de lego.

La casa familiar se convirtió en convento de la Orden de la Inmaculada Concepción, que estaba bajo dependencia de los franciscanos, y allí tomó el hábito María a los dieciséis años. A una primera etapa de enfermedades, tentaciones y grandes trabajos le siguió otra de fenómenos espirituales. A los veinticinco años fue nombrada abadesa de su propio convento.

Javier Sierra relata en su libro La Dama azul, que en 1631 fray Alonso de Benavides, recién llegado de América se presentó en el convento de sor María en Ágreda para resolver una duda que le acuciaba. Durante su misión en tierras de Texas y Nuevo México había comprobado que, mientras los jesuitas luchaban por conseguir sus escasas conversiones, cientos de indios jumanos se dirigían a él y a sus compañeros franciscanos solicitando el bautismo. Aseguraban los nuevos cristianos que una aparición con forma de mujer blanca vestida con manto azul se les había presentado con frecuencia, les había adoctrinado y anunciado la llegada de los misioneros. El fraile informó de esta experiencia al superior de su orden y al rey.

Alguien le habló de sor María, que ya tenía fama de santidad y de desdoblamientos, esto es, estar en dos lugares a la vez -que ella llamaba exterioridades y se conoce como bilocación– así que fray Alonso interrogó a la monja, quien, al parecer, le describió cómo eran los indígenas conversos, incluso que uno de sus capitanes, a quien había conocido el propio fraile, era tuerto. En conclusión, hubo de admitir que sor María era la misionera que evangelizaba a los indígenas a pesar de no haberse movido de su convento de Ágreda.

Que la formación intelectual de sor María fuera más bien escasa no le impidió escribir una vida de la Virgen, al dictado de la Madre de Dios, y otras obras de índole religiosa, que tuvieron mucha difusión. Sus confesores se pusieron en alerta y el Santo Oficio entró en acción. En 1635 fue procesada por el Tribunal de la Inquisición de Logroño. Allí salió a relucir la catequización de los indios de Nuevo México, los éxtasis de la monja y el comercio de reliquias e indulgencias, del que también se hablaba. Pero sor María salió absuelta y volvió a su convento, donde siguió escribiendo.

Tanta era la fama de la monja que ya en el año 1631 el rey le escribió solicitando consejo acerca de los muchos problemas que a la sazón tenía el reino. Así fue como se convirtió en confidente y consejera personal de Felipe IV. En 1643, de camino a Cataluña, el rey hizo un alto en Ágreda para conocer personalmente a la monja. Siguieron intercambiándose dos cartas al mes durante veintidós años más.

El rey le consultaba sobre el gobierno, sobre los ministros, sobre la educación del príncipe, o le contaba sus cuitas y sus penas cuando en 1644 murió su mujer, Isabel de Borbón. Entonces, la monja se comunicó con la difunta y le iba transmitiendo al viudo los mensajes de la reina. Otro tanto ocurrió en 1646, cuando murió el príncipe Baltasar Carlos, que había sido heredero a la corona. Sor María advertía al rey sobre la peligrosidad de las personas que rodeaban, hasta el punto de que se atribuye a sus consejos la caída en desgracia del hasta entonces todopoderoso conde-duque de Olivares.

Tantas intervenciones sobrenaturales indujeron a sospechas de nuevo a la Inquisición, que en 1650 volvió a interrogarla y de nuevo salió absuelta. Murió en su convento de Ágreda en 1665. En 1670 se publicó su obra Mística ciudad de Dios, pronto prohibida por la Inquisición.

Tan grande era su fama de santidad que en 1673, ocho años después de su muerte, se inició el proceso para solicitar su beatificación. Clemente X la proclamó venerable. Pero los jesuitas, poco amigos de los franciscanos, se opusieron tenazmente a la beatificación. En 1772, el papa Clemente XIV introdujo los legajos en un cajón, relegando el asunto a perpetuo silencio.

Tres siglos y medio después de la desaparición de sor María de Ágreda, sin menoscabo de los prodigios que le reconozcan los creyentes y el valor de sus escritos teológicos, resulta de gran interés histórico la correspondencia cruzada entre la monja soriana y el nuncio apostólico, luego papa Clemente IX, el jesuita Francisco de Borja, convertido en el perejil de todas las salsas religiosas o civiles de la época, o la correspondencia mantenida con el rey.

Más de 600 cartas entre 1643 y 1665 en las que Felipe IV habla sobre las crisis de sus reinos -financiera, política, militar- y sor María le indica cómo debe organizar las batallas, administrar las finanzas del Estado o librarse de las luchas cortesanas. Un tratado sobre el poder, sobre el comportamiento de un rey cristiano -ese mismo rey capaz de procrear una treintena de hijos fuera del matrimonio- y sobre la organización social.

Con ese andamiaje político-intelectual en el reinado de Felipe IV, llamado el rey Planeta, la Hacienda pública sufrió cuatro bancarrotas, los ejércitos españoles tuvieran que combatir en varias guerras y revueltas dentro y fuera de las fronteras, se perdieron los Países Bajos, el Rosellón y parte de la Cerdaña, se sublevaron aragoneses y catalanes, y acabó segregándose Portugal. Demasiado poco parece.

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