Nacimiento: En San Miguel de Nepantla, Nueva España, México, hacia 1651.

Muerte: Ciudad de México, el 17 de abril de 1695.

Obras: Poesía: escribió versos profanos: redondillas, endechas, liras y sonetos; composiciones místicas y ascéticas y otras de índole psicológica o didáctica, también villancicos. (Mezcla del culteranismo de Góngora y el conceptismo de Calderón y Quevedo).

Prosa: Carta athenagórica, Respuesta a Sor Filotea de la cruz. Neptunoalegórico, Protesta que, rubricana con su sangre, hizo de su fe  y amor a Dios. En Primero sueño, describe el ansia de saber y el goce intelectual.

Teatro: Los empeños de una casa, Amor es más laberinto. Autos sacramentales: El mártir del Sacramento: San Hermenegildo, El cetro de San José, El divino Narciso.

Sor Juana Inés de la Cruz fue una mujer brillante, a los tres años ya leía, a los ocho, hacía versos. Todavía adolescente había leído a los clásicos griegos y romanos y teología. Quiso ir a la universidad pero entonces estaba vedada a las mujeres. Eligió el convento para ser libre. Para poder dedicarse a su vocación, que era escribir, estudiar, la actividad intelectual. Es la mayor figura americana de las letras en el siglo XVII. Aún así, tuvo que bregar con el clero, especialmente con su confesor, que consideraba sus poemas demasiado mundanos para una monja, demasiado osados para una mujer.

Juana Inés de Asbaje y Ramírez, que ese era su nombre, nació en San Miguel de Nepantla, entonces Nueva España, México, hacia 1651, sin que pueda certificarse la fecha exacta. Era hija de la iglesia,término que se utilizaba cuando los padres no estaban unidos por el vínculo matrimonial. Su padre, Pedro Manuel de Asbaje y Machuca, y su madre, Isabel Ramírez de Santillana, tuvieron tres hijas pero nunca llegaron a casarse, circunstancia que Juana Inés siempre trató de ocultar. Más aún, parece que la madre abandonó pronto al padre para emparejarse de nuevo con otro hombre con quien tuvo otros hijos.Por esa o por alguna otra razón, en 1659 la niña pasó a vivir en la capital con sus tíos, quienes la introdujeron en la corte del virrey de Nueva España, Antonio Sebastián de Toledo, donde pronto destacó por su inteligencia y sus dotes intelectuales. Aprendió latín en veinte lecciones. A los catorce años ya era dama de honor de la virreina, Leonor Carreto, que fue su primera protectora, a quien dedicó “De la beldad de Laura enamorados”.

En aquella sociedad y en aquel tiempo a una mujer joven solo se le ofrecían dos salidas vitales: o el matrimonio o el convento. Una mujer soltera era sospechosa, más aún si además tenía inquietud intelectual. De hecho, algunos críticos han querido ver su ingreso en religión como la consecuencia de un desengaño amoroso, pero más parece que Juana Inés optó por el convento por su poca inclinación hacia el matrimonio y deseosa de dedicar su vida a la literatura y la ciencia. “Para la total negación que tenía al matrimonio era lo menos deproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación”, escribirá ella. Ingresó primero en las carmelitas descalzas, en 1667, de donde salió cuatro meses después por la dureza de la orden y por algunos problemas de salud. Dos años después elige la orden jerónima, donde permanecerá toda su vida. Tenía clara su vocación: Vivir sola… no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros, dejó escrito.

Convirtió el convento en su laboratorio donde realizaba experimentos científicos y salón literario donde se reunía con otros poetas e intelectuales y con los nuevos virreyes, Tomás Antonio de la Cerda y su esposa, Luisa Manrique de Lara, con quien estableció estrechos vínculos afectivos y quien trasladó a España los escritos de Juana Inés. Algunos críticos han apuntado la existencia de una relación lésbica entre ambas como parecen apuntar algunos versos dedicados por la escritora a la virreina.

Sor Juana Inés desarrolló una amplia actividad. Escribió poesía y teatro, de clara influencia barroca, obras musicales y filosóficas,sobre teología, astronomía, pintura o humanidades, muchas de las cuales se han perdido. Tanta actividad levantó sospechas entre el clero. Cuando en 1690 publicó su Carta athenagórica,el obispo de Puebla, Manuel Fernández de la Cruz incluyó sus propios comentarios como una “Cartade Sor Filotea de la Cruz”.Sor Filetea, es decir el obispo, reconocía el talento de Juana Inés pero le aconsejaba más oración y menos teología, pues esta estaba reservada a los hombres.

La monja utilizó la misma vía para responder al obispo. La Respuesta a Sor Filotea de la Cruz es una reivindicación de su propia vida y del derecho de las mujeres a pensar y a aprender, porque el saber “no solo les es lícito, sino muy provechoso”. En este opúsculo, donde la monja aboga por el derecho de las mujeres al conocimiento se ha querido ver su feminismo avant la lettre.

Algo debió de afectarle la crítica obispal o bien fue castigada por sus superiores eclesiásticos, el hecho es que, poco tiempo despues, sor Juan Inés vendió todos sus bienes, incluida su biblioteca, lo entregó a los pobres y se aplicó a la vida religiosa. “Yo, la peor de todas”, escribió en el libro del convento. Murió el 17 de abril de 1695 al contagiarse de cólera mientras asistía a las monjas del convento durante la epidemia del aquel año que causó gran mortandad. Fue enterrada el mismo día. A su funeral asistió el cabildo de la catedral. Pronunció la oración fúnebre Carlos de Sigüenza y Góngora, jesuita, escritor y científico, emparentado con el poeta Luis de Góngora, cuya obra divulgó en México.

Pocos años después se publicaban en España sus obras completas reunidas en tres volúmenes: Inundación castálida de la única poetisa, musa décima, Sor Juana Inés de la Cruz (1689), Segundo volumen de las obras de Sor Juan Inés de la Cruz (1692), y Fama y obras póstumas del Fénix de México (1700). En esta última se incluía una biografía de la escritora que cultivó el barroco en su poesía y acertó a anticipar las ideas que prosperarían un siglo después con la Ilustración.

Durante el siglo XVIII Sor Juana Inés fue cayendo en el olvido. En el XIX llegó a ser menospreciada. Menéndez Pelayo se refería a la pedantería y aberración del barroco. El siglo XX volvió a recuperarla, gracias a la defensa, entre otros, de Amado Nervo y de Octavio Paz, al descubrimiento de algunos documentos y a la edición crítica de sus obras hasta ser considerada una figura señera de la literatura de Nueva España, a la altura de los escritores del Siglo de Oro de la literatura en lengua castellana.

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