Nacimiento: Almeiras (La Coruña), 30 de septiembre de 1861

Muerte: Poznan (Polonia), 16 de enero de 1958

Matrimonio: Wincenty Lutoslawski

Hijos: María, Izabela, Yadwiga y Halina

Obras: Princesa del amor hermoso (1909), La mujer española en el extranjero (1910), La madeja (1913) De la guerra: crónicas de Polonia y Rusia (1916), De la Revolución rusa (1918), Impresiones de una mujer en el frente oriental de la guerra europea (1919), Sobre el Volga helado (1919), La revolución bolchevista, Diario de un testigo (1920), Viajes y aventuras de una muñeca española en Rusia (1922), Valor y miedo (1922), En la corte de los zares (1924), Amores y confidencias de Rusia (1927), Idilio epistolar (1931), Las catacumbas de Rusia roja (1933), El Martirio de Polonia (1945), Como en la vida (novelas y cuentos, 1947), etc.

Sofía Guadalupe Pérez Casanova fue una mujer extraordinariamente inteligente que brilló en cualquiera de las actividades que desarrolló en una sociedad masculina. Fue poeta, novelista y periodista, una de las primeras corresponsales de guerra, después de Carmen de Burgos. Sus crónicas están imbuidas del pacifismo que profesaba. Persona de convicciones católicas, conservadora y monárquica, en su vida personal fue una mujer que rompió los esquemas que parecían corresponderle.

Sufrió el drama familiar de ser abandonados por el padre siendo ella muy niña. La madre y los tres hermanos sobreviven con la ayuda del abuelo paterno, que era marino. A los doce años todos ellos se trasladan a Madrid, donde Sofía empieza sus estudios de poesía y declamación en el Conservatorio. Tenía quince años cuando El Faro de Vigo publica unos versos suyos, enviados por su madre sin su conocimiento.

En la capital, Ramón de Campoamor la introduce en las tertulias literarias de personas principales próximas al rey Alfonso XII. El marqués de Valmar se convierte en su mentor y le presenta al rey, quien costeará la publicación de su libro Poesías. No solo es admiración intelectual lo que inspira al monarca, Sofía se parecía físicamente a la infanta Eulalia de Borbón, hermana díscola del rey. Todo lo cual contribuye a su éxito social como poeta cuando acaba de cumplir los veinte años.

Es una mujer brillante, se relaciona con los intelectuales del momento, Emilia Pardo Bazán, Blanca de los Ríos, Filomena Dato, José Zorrilla, Manuel Machado, Emilio Ferrari o George Bernard Shaw. A través de Campoamor conoce a Wincenty Lutoslawski, diplomático, filósofo y profesor polaco, experto en Platón, con quien se casa en 1887. La pareja se traslada entonces a Drozdowo, en el norte de Polonia, aunque cada año viajan a Galicia, donde nacerá la menor de las cuatro hijas que tuvieron: María, Izabela, Yadwiga y Halina. La muerte de Yadwiga en 1895 ocasiona a su madre una fuerte depresión.

Casanova aprovechó los viajes a que le obligaba la carrera diplomática de Lutoslawski para aprender las lenguas y para escribir sobre los lugares visitados y sobre los personajes que fue conociendo. Así llegó a hablar seis idiomas, además del castellano y el gallego: francés, inglés, italiano, polaco, portugués y ruso. Conoció y escribió sobre Maríe Curie o Leon Tolstoi, a quien consideraba el más inteligente de los revolucionarios rusos, y recogió las opiniones del hispanista Alfred Morel Fatio.

El empeño del marido en tener un hijo varón, dentro o fuera del matrimonio, hizo que la pareja se distanciara y en 1905 Sofía vuelve a España. Tiene cuarenta y tres años y empieza a perder visión, a pesar de lo cual mantiene una intensa vida social y literaria. Su casa se convierte en uno de las tertulias frecuentada por escritores, políticos y científicos, entre otros Alberto Insúa, Santiago Ramón y Cajal o Castelao; el político gallego ilustrará su libro Princesa del amor hermoso (1909). También publica artículos literarios en la prensa de la época: ABC, Blanco y Negro, El Debate o Galicia, pronuncia conferencias y participa en obras sociales. La Real Academia Gallega la elige miembro honorario en 1906 y en 1911, la Academia Española de Poesía.

En un momento en que las mujeres empezaban a reivindicar la igualdad en una sociedad claramente patriarcal, en 1913 Sofía Casanova estrenó en el Teatro Español, un espacio que solo había abierto sus puertas antes a otras dos mujeres: Gertrudis Gómez de Avellaneda y Rosario de Acuña. En su obra -La madeja- defendía la tesis de que las mujeres extranjeras que pretendían emanciparse socavaban los fundamentos de la familia, lo que suponía un ataque frontal a las corrientes feministas. La crítica fue elogiosa pero solo alcanzó una representación. Benito Pérez Galdós, tan parco en elogios a mujeres, no solo estrenó la obra sino que alabó a Casanova, quizá por entender que compartían una particular misoginia.

En julio de 1914, mientras está en Polonia para visitar a sus hijas, le sorprende el inicio de la Primera Guerra Mundial. Consiguen salir de Drozdowo y llegar a Varsovia, en un viaje dramático que influirá en su vida. En la capital ejercerá de enfermera en un batallón de heridos de guerra. Escribe una carta al diario ABC donde expone su opinión sobre los alemanes y la guerra, a partir de la cual Torcuato Luca de Tena, dueño y director del periódico, la contrata como corresponsal en Europa oriental. Ella aceptó la propuesta entendiendo que “si las mujeres son las que deben contar las guerras a sus hijos, corresponsal de guerra es profesión de mujer”, según recoge Víctor Olmos en su Historia de ABC. “Ningún corresponsal masculino sobrepasó a la señora Lutoslawski en el relato fiel, apasionante y emotivo de cuanto sucedía en los frentes de combate”, escribirá Luis Bugall y Marchesi, uno de sus biógrafos.

Cuando el avance del ejército alemán obliga a evacuar Varsovia se traslada a Moscú y San Petersburgo. De esta manera es testigo de la caída de los zares, sobre la que informa con gran dificultad. Escribe también sobre la muerte de Rasputín y entrevista a Trotski pero la censura rusa le impide comunicarse con España, lo que hace temer por su vida. Soslayaba la censura mandando sus artículos por mar o a través de los aviadores. En 1917 permanece en Rusia y es testigo de la revolución bolchevique, sobre la que escribe ampliamente. Testigo y víctima, pues en la revuelta popular del 3 de julio, Sofía es golpeada en la cara involuntariamente por uno de los perseguidos por la represión, lo que agravará sus lesiones oculares y ya no recuperará la vista, lo que no le impedirá seguir escribiendo.

En 1919 vuelve a España y es recibida como una heroína. En la década siguiente seguirá viajando y publicando sus artículos. En 1925 su nombre se incluye entre los candidatos españoles al Premio Nobel de Literatura, que no recibirá. Alfonso XIII le concede la Gran Cruz de la Orden Civil de Beneficencia por su colaboración con la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial.

Al contrario que la mayoría de las escritoras de la época, Sofía observó con recelo la proclamación de la República en 1931, temiendo que con la salida del rey se iba a repetir la revolución que había vivido en Rusia. Para colmo, el cierre de ABC la dejó sin trabajo durante un tiempo. No se recató de mostrar cuánto detestaba todo lo que se relacionaba con la República y los republicanos como quedó de manifiesto en su artículo Mirando a Rusia, escrito ya en 1936.

Vivirá la guerra civil española desde Varsovia aunque, ocasionalmente, visitó la zona rebelde, donde su imagen fue utilizada, dada la fama que entonces tenía la escritora. En 1938 se reúne con Franco en Burgos y hace declaraciones favorables a los sublevados. Cuando vuelve a Polonia, que considera su segunda patria, le sorprende la invasión alemana y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, lo que la obliga a huir de nuevo con una de sus hijas y sus nietos. Finalmente, disfrutó de la protección de la embajada de España en Berlín.

En 1952 fue nombrada académica de honor de la Real Academia Galega, de la que ya era miembro desde 1906. En sus últimos años, impedida de ver, dictó su textos a sus nietos. Había escrito una comedia, cuentos, novelas, poesía, más de 1.200 artículos en España y Polonia; había pronunciado conferencias y traducido obras clásicas polacas y rusas al castellano. Su obra fue traducida al francés, holandés, polaco o sueco. Como corresponsal de prensa se manifestó pacifista en todas las guerras de las que fue testigo. Se esforzó en dar a conocer el sufrimiento de la población civil y lo hizo con gran belleza literaria. Vivió en primera línea los sucesos que cambiaron la sociedad europea y escribió sobre ellos en ABC, La Época, El Liberal o el Imparcial de Madrid, en el New York Times y en la Gazeta Polska. Empero, ella siempre se consideró corresponsal de ABC, de ahí el desengaño que sufrió cuando en 1939 Luca de Tena le advirtió que podía seguir enviando sus crónicas pero sin opinar contra los alemanes. Su nieto escribirá sobre ese episodio que la carta impuso a su abuela el silencio porque ella siempre escribía la verdad.

Murió en 1958 en Polonia, tenía 97 años y ya entonces había sido olvidada.

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