Cuando recorres los museos Capitolinos de Roma encuentras en la Sala de los Emperadores una escultura que te sorprende: Elena/Helena, la madre del emperador Constantino. Estamos tan acostumbrados a verla en la versión iconográfica fomentada por la iglesia que cuesta identificar en esta imagen a lo Afrodita la misma santa Helena “descubridora” del leño de la cruz, el lignum crucis con el que sus seguidores poblaron la tierra. En recuerdo de aquel descubrimiento cada mes de mayo se levantan cruces en las plazas de muchos pueblos -también en Aranda de Duero-. La invención de la Santa Cruz, se llama la fiesta. Y algo de invención parece que hubo, en efecto.

Se cree que Elena vino al mundo en Bitinia (Turquía) hacia el año 248 en una familia humilde, pues de joven trabajaba de moza en cuadras y mesones. Humilde pero hermosísima la describen las crónicas, hasta el punto de enamorar a Constancio Cloro, militar romano con aspiraciones, quien la convirtió en su concubina, práctica común entre los militares y el pueblo llano.

De aquella relación en el año 270 naci un niño al que llamaron Constantino. Elena y el niño siguieron a Constancio en su trasiego bélico mientras el militar iba ascendiendo en el escalafón y en la política. Tanto ascendió que el emperador Maximiano le nombró Cesar y le ofreció emparentar a través de su hija Teodora, boda mediante. El enlace nupcial se celebró el año 293, momento en que Elena fue despedida.

Mientras Constancio Cloro llegaba a ser emperador del Imperio Romano de Occidente -Constancio I- Elena permaneció desaparecida. Volvió a aparecer cuando, a la muerte del emperador, el ejército proclamó emperador a su hijo Constantino. Apareció con todos los honores pero, además de a disfrutar del éxito del hijo, se dedicó a intrigar contra Teodora y sus hijos hasta conseguir que Constantino los mandara al destierro, traicionando la promesa hecha a su padre.

Siguiendo el ejemplo familiar, Constantino también tuvo un hijo con una joven del pueblo llano: Crisipo. A mayor abundamiento, también abandonó a la joven para casarse con Fausta, otra hija del emperador Maximiano. Elena asumió la educación del nieto y siguió intrigando, ahora contra su nuera. Constantino templaba rivalidades agasajando por igual a madre y esposa, a ambas las nombró emperatriz.

Una de las decisiones que más fama dieron al emperador Constantino es la legalización del cristianismo, mediante el Edicto de Milan (313). No hay unanimidad respecto a sus creencias, unas fuentes aseguran que se convirtió a la nueva religión cuando se le apareció una cruz con las palabras “Hoc signo victor eris” (Por este signo vencerás) y, efectivamente, venció. Otras versiones sostienen que fue su madre quien le adoctrinó y aun hay quienes afirman que ocurrió al contrario, que fue él quien convirtió a la madre y, de paso, a su mujer. Algunos historiadores dejaron escrito que el emperador se convirtió in artículo mortis.

No se sabe si a instancias de Flavia o motu proprio, el hecho es que Constantino mandó matar a Crisipo. Elena culpó a la nuera del crimen y dispuso su venganza. Acusó a Flavia de infidelidad y presentó las pruebas a su hijo. Constantino no se anduvo por las ramas y mandó matar a la emperatriz joven, sin que ni en este caso ni en el de Crisipo mediara juicio, cosa que los romanos no perdonaron.

Muertos el nieto y la nuera, Elena, bien sea por el remordimiento o porque decidió ampliar el radio de acción, viajó a los Santo Lugares, que no era precisamente un destino turístico sino un territorio romano remoto y desolado. Tenía casi ochenta años cuando se embarcó en la aventura de recuperar la sepultura de Jesús.

Visión de Santa Elena. Paolo Caliari, Veronés, 1580

La leyenda sostiene que Elena vio en sueños el lugar exacto del Gólgota, mandó excavar en el sitio y allí apareció no solo la cruz verdadera -la Vera Cruz– sino el resto de adminículos utilizados para la crucifixión, los clavos, la corona de espinas y hasta la esponja con la que los soldados ofrecieron al crucificado agua y vinagre. También se le atribuye el hallazgo de los restos de los Reyes Magos, que se veneran en la catedral de Colonia, y los del apóstol Matías, depositados en Tréveris.

Elena mandó empaquetar todo ello y se lo llevó. De paso, puso los Santos Lugares en el mapa, haciendo de ellos un lugar de peregrinación hasta hoy. Ya de vuelta a casa, murió en el año 329. Este es el momento en que la iglesia decide tomarla como ejemplo y modelo y hacerla santa. El santoral católico la recuerda el 18 de agosto, el ortodoxo, el 21 de mayo. Es patrona de la arqueología y de los matrimonios difíciles.

El leño de la cruz fue troceado y distribuido por todo el orbe cristiano con tal minuciosidad que con las reliquias veneradas en miles de iglesias en grandes y pequeños pueblos se podrían recomponer varias cruces. La devoción creció hasta tal punto que la iglesia instituyó la festividad de la Invención de la Vera Cruz el 3 de mayo. Que, casualmente, coincidía con los festejos romanos en honor de la diosa Flora -la celebración de la primavera- en los que las calles y plazas se engalanaban con ramajes y flores. Así son de parecidas las ceremonias de la Invención de la Cruz y el “pingado del mayo” que de una y otra manera se celebra en muchos pueblos la renovación de la vida cada primavera.

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