El fatal accidente de un niño de dos años al caer en un pozo estrecho y profundo ha desvelado la bondad y generosidad de tanta gente, habitualmente olvidada en beneficio de los voceros del rencor y la insidia, los profesionales de la adversidad.

La desgracia del niño de Totalán ha proporcionado una radiografía aproximada de la sociedad española, desgarrada entre una ciudadanía aplicada a cumplir con sus obligaciones, y una minoría empeñada en meter cizaña y cuñas, en marcar la agenda con banalidades y confrontaciones.

Cierto es que se han evidenciado algunos excesos por parte de los medios de comunicación, empeñados en convertir en espectáculo hasta la intimidad más personal, como el dolor por la pérdida de un hijo, y de algunos políticos sin escrúpulos ni empacho en rentabilizar ese dolor.

En lo que ha habido unanimidad es en la necesidad de rescatar al niño, si aún viviera, o de inhumarlo si hubiera muerto. Rubén Amón lo resume muy bien en su artículo El reloj de arena enterró a Julen, publicado en El País.
Se han puesto todos los medios económicos, logísticos, humanos. «No podíamos consentirnos abandonarlo. Había que rescatarlo para volverlo a enterrar, pero esta vez con una lápida, un epitafio, un lugar de memoria menos abstracto que el monte desventrado de Totalán«.

Es difícil no estar de acuerdo con sus palabras. No podíamos consentirnos abandonarlo. Me pregunto por qué entonces consentimos que miles de familias sigan sin poder rescatar a sus familiares abandonados en cunetas para ser enterrados dignamente, como se ha reclamado para Julen.

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