Cuando en marzo de 2011 la periodista Ana Pastor, entonces en TVE, entrevistaba al presidente de Irán, Mahmud Ahmedineyah, el velo que cubría su cabeza fue deslizándose lentamente hasta caer del todo sobre los hombros sin que la entrevistadora hiciera ademán de colocárselo de nuevo. Muchos elogiaron aquel gesto como signo de valentía frente a la intolerancia religiosa del dirigente iraní. Los periodistas más veteranos recordamos a Oriana Fallaci despojándose del chador que había tenido que vestir obligatoriamente para entrevistar al ayatolah Jomeini. La Fallaci, así nos gustaba llamarla, fue una referencia para las jóvenes periodistas de mi generación. Sus entrevistas nos parecían insuperables. A las nuevas generaciones de periodistas ese nombre apenas les suena. 

La Fallaci tuvo una vida desmesurada. Nacida en Florencia en 1929, ya en la adolescencia se dedicó al transporte de municiones para los partisanos antifascistas cuando las tropas nazis ocuparon su ciudad, lo que le valió el reconocimiento del ejército italiano al término de la Segunda Guerra, con solo catorce años.

Enseguida se dedicó al periodismo y a escribir libros relacionados con su trabajo, que le valieron fama internacional. El primero de ellos, Los siete pecados capitales de Hollywood (1957), en el que recogía las interioridades del mundo del cine, fue prologado por Orson Welles que en aquellos momentos estaba en la cumbre de la fama. Fue la primera italiana corresponsal de guerra y, como tal, cubrió la de Vietnam, desde donde escribió unas crónicas muy críticas para los dos bandos. En verdad, no hubo acontecimiento en las décadas de los sesenta a los ochenta en el que no apareciera la periodista más famosa del momento, fuera la llegada de los americanos a la Luna o la matanza de Tlatelolco en México, donde fue herida de gravedad.

Escribió para los principales periódicos europeos y americanos: Le Nouvel Observateur, el Corriere della Sera, Life, The New York Times… y fue considerada “una de las escritoras más leídas y amadas del mundo”.

En los años 70 conoció a Alexandros Panagoulis, opositor a la dictadura de los coroneles en Grecia, que había sido torturado y encarcelado y que moriría en un enigmático y sospechoso accidente de circulación en 1976. De aquella relación íntima nacieron sus dos libros más conocidos y también más personales: Carta a un niño que no llegó a nacer y Un hombre. La muerte de Panagoulis, que ella siempre consideró un asesinato, influyó en ella de manera definitiva.

Instalada en Nueva York, se dedicó a combatir la expansión islamista y lo que ella consideraba cobardía occidental. Enferma de cáncer, regresó para morir a su Florencia natal, hecho que ocurría el 15 de septiembre de 2006.

Había entrevistado a todo personaje que hubiera destacado en cualquier campo, desde Nenni a Kissinger, de Haile Selassie a Fellini, pasando por Andreotti, Hussein de Jordania, el arzobispo Makarios, Arafat, el Sha de Persia, Indira Gandhi, Golda Meir, Ali Bhutto, Nguyen Van Thieu, Den Xiaoping, Willy Brand, Muamar el Gadafi o Sean Connery.

El segundo de los doce libros que escribió – de los que vendió veinte millones de ejemplares- es una aproximación a la vida de las mujeres en oriente: El sexo inútil, viaje en torno a la mujer. La periodista observa a las mujeres que entrevista con mirada de entomólogo y escasa compasión. Hablando con la Rajkumari de Kapurtala, cita a Gandhi, quien sostenía que “la revolución más grande de un país es la que cambia a las mujeres y su sistema de vida. No se puede hacer una revolución sin contar con las mujeres”. En Hong Kong, se entrevista con la directora del Standard, el primer periódico de la ciudad, Aw Sian, quien recuerda que han quedado atrás los tiempos en que Confucio decía que “la ignorancia es en la mujer prueba de profunda virtud”. En Japón señala que las mujeres debían respetar “el Sendero de las Tres Obediencias: al padre antes del matrimonio, al marido después del matrimonio, al hijo en caso de viudez”. En ese país, hasta mediado el siglo XX había estado prohibida por ley toda la actividad pública “a los niños, a los locos y a las mujeres”. En Haway anota que la gente “añora el pasado como si el pasado equivaliera al concepto del bien y odia el presente como si el presente constituyera la síntesis del concepto del mal; ignorando deliberadamente que en el pasado se comportaban exactamente lo mismo”.

Al término de su periplo por Pakistán, India, Indonesia, Hong Kong, Japón, Haway y Nueva Yord concluye que “el gran estribillo que obsesiona a las mujeres del mundo entero se llama Emancipación y Progreso”, un estribillo que les había sido enseñado por nosotras -las mujeres occidentales, se supone- como les habíamos enseñado a mascar chicle, sin advertirlas que el chicle produce dolor de estómago. Constataba, en fin, que en su viaje “había seguido paso a paso la marcha de las mujeres en torno a una obsesionante y estúpida desdicha”.

Las mujeres del mundo entero seguimos buscando obsesivamente la emancipación y el progreso y, sobre todo, la igualdad pero El sexo inútil está escrito en 1961 y ha envejecido mal. Al releer a la Fallaci, se constata que no solamente han pasado casi seis décadas, sino que el mundo que conocimos ha periclitado definitivamente y nos hemos adentrado en una época nueva. Está por ver si mejor o peor, pero distinta, sin duda. Para avanzar en ella hemos de encontrar armas nuevas porque casi ninguna de las que aprendimos a utilizar nos van a servir para nada, partiendo de la base de que el feminismo sigue estando vigente y siendo necesario.

La Fallaci escribió sobre la realidad que encontró, ayer mismo, una realidad que ahora nos parece muy lejana.

2 thoughts on “Oriana Fallaci”

  1. Yo leí bastante a la Fallaci, sus crónicas y algunos de sus libros. Me pareció una gran mujer y una gran profesional, hasta que algo pasó, y no recuerdo muy bien qué, que hizo desilusionarme.

    En cualquier caso me ha gustado este documentado recuerdo tuyo.

  2. Su nombre es para mí casi mitología, una mujer que estaba en todas partes, una mujer que escribía, que vivía y a la que nadie parecía capaz de callar, me lancé por el libro que reseñas y … me dejó tan fría como el agua de este Cantábrico que contemplo sin meterme, quizás el tiempo ha sido cruel con él, pero sin duda ella sigue siendo un referente.
    El feminismo sigue siendo necesario, sin duda, aunque precisamos rescatarlo de mucho, incluso de nuestro olvido.

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