María Josefa de la Soledad Alonso-Pimentel y Téllez-Girón, condesa-duquesa de Benavente, duquesa de Osuna
Hacia 1785.
Museo del Prado
https://bit.ly/2GIodsr

Nacimiento: 26 noviembre 1752, Madrid

Muerte: 5 octubre 1834, Madrid

Sus apellidos y sus títulos nobiliarios no caben en una tarjeta de presentación. Por simplificar, María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel fue condesa-duquesa de Benavente y Mayorga, duquesa de Béjar y otros lugares, marquesa de Jabalquinto, princesa de Anglona y Esquilache, etc, heredera única de uno de los primeros linajes hispanos. Por si fuera poco, se casó con el heredero del ducado de Osuna, una Casa que constituía en sí mismo un Estado dentro del Estado.

Es una de las mujeres más influyente de su época: inteligente, culta, mecenas de artistas. Una ilustrada a la altura de Campomanes o Feijoo, que defendía reformas económicas y sociales para modernizar España de forma pacífica y no revolucionaria. Pero nació mujer en el siglo XVIII y su memoria no pasa de anecdótica.

En los retratos que nos han llegado de ella y en la descripción de quienes la conocieron se nos presenta como una mujer no hermosa pero agradable de aspecto y elegante. Fue una VIP avant la lettre y en ese terreno rivalizó con la reina María Luisa y con la duquesa de Alba, todas ellas inmortalizadas por Francisco de Goya y Lucientes. El pintor, que tan certeramente reflejaba en sus cuadros el alma de quienes retrataba, la muestra como una mujer serena y elegante.

La duquesa de Osuna, Goya

Vivió en los reinados de Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y Fernando VII en cuyas cortes brilló con mérito propio, lo que no siempre resultó fácil. Mantuvo un salón literario y con María Isidra de Guzmán y de la Cerda fue una de las dos primeras mujeres en ingresar en la Real Sociedad Económica Matritense. La incorporación de ambas damas fue recibida con hostilidad por los defensores de la prevalencia masculina, lo que aconsejó a la Sociedad a crear una Junta de Damas de Honor y Mérito, de la que la duquesa de Osuna fue nombrada presidenta. No consta que a la rama masculina le fueran exigidos ni honor ni méritos especiales.

María Josefa representa un momento histórico en el que las mujeres conquistaron cierto espacio social. Las mujeres nobles, se entiende, pues las clases bajas percibieron muy poco los cambios sociales. Ella tuvo acceso a una formación muy superior a la que era normal incluso entre la nobleza, donde no era raro que las mujeres apenas supieran leer y escribir. Hablaba varios idiomas y siempre se mostró interesada por el arte, la música, la literatura y los avances científicos; abrió las puertas de sus salones a lo más florido de la intelectualidad en su larga vida.

En la Junta de Damas -que presidió durante tres mandatos entre 1787 y 1808- María Josefa se rodeó de otras mujeres nobles como ella -las condesas de Montijo, de Trullás, las marquesas de Sonora y de Fuerte-Híjar y algunas más- empeñadas en transformar la beneficencia en una acción social más eficaz en beneficio de las mujeres. Las Escuelas Patrióticas, el Montepío de Hilazas, el Colegio de Educación, la Inclusa, el Colegio de la paz y la Asociación de Presas de la Galera fueron su campo de acción.

Las Escuelas Patrióticas se fundaron en 1776 para dar instrucción y ocupación a un sector inactivo de la población, especialmente de mujeres. En 1783 se estableció la obligatoriedad de la enseñanza gratuita a las niñas, lo que dio lugar a la apertura de cuatro escuelas: San Ginés, San Sebastián, San Andrés y San Martín, donde las niñas de familias pobres recibían instrucción básica y aprendían a cardar, hilar y tejer, obteniendo a la vez formación y un oficio con el que ganarse la vida, a la vez que se promocionaba la industria textil nacional. La Junta de Damas introdujo nuevos métodos pedagógicos y tecnológicos de aprendizaje.

Importante fue asimismo la intervención en la Inclusa de Madrid, creada en 1567, que en el siglo XVIII sufría una terrible tasa de mortalidad superior al 90% de los niños. Las Damas cambiaron de edificio, de administradores y de métodos de alimentación, higiene y enseñanza de los acogidos, llevaron a las Hermanas de la Caridad, introdujeron médicos-celadores, buscaron vías de financiación y lograron una mejora tal que en un año la mortalidad infantil se redujo al 50%.

Cambios similares introdujeron en la cárcel de mujeres de La Galera, que luego se extendieron a otras prisiones femeninas. Enseñaron oficios a las presas, les pagaron por sus trabajos, proporcionaron cuidados a las enfermas y a las embarazadas, se opusieron a los castigos penales infamantes, en todo lo cual resultaron muy avanzadas a las costumbres de su tiempo. Otro tanto cabe decir respecto a las campañas a favor de la vacunación contra la viruela -descubierta por Edward Jenner en 1796-, a la que se oponían los sectores más tradicionales y, por extensión, la sociedad.

La condesa-duquesa de Benavente quiso trasladar a sus dominios zamoranos la experiencia ilustradora de la Sociedad Matritense de Amigos del País y la Junta de Damas en beneficio de las campesinas castellanas. Los duques establecieron premios para la promoción agrícola, para la instalación de basureros públicos, también a los discípulos de las Escuelas de Benavente que destacaran en destreza al leer y escribir y a los maestros que tuvieran más alumnos. De todo ello solo se salvó una Escuela de Niñas y de manufacturas de hilos. El resto de proyectos fueron a chocar con la suspicacia campesina, la ociosidad y desidia de los locales, según se lamentaba el duque, y a la falta de estímulo del clero, en queja de algunos miembros de la Sociedad.

Los duques de Osuna y sus hijos
1787 - 1788. Óleo sobre lienzo sin forrar, 225 x 174 cm.
Museo del Prado
https://bit.ly/2SrAQto
Los duques de Osuna y sus hijos. Goya

María Josefa tuvo una vida personal apacible, no exenta de sinsabores. Casada en diciembre de 1771 con su primo Pedro de Alcántara Tellez-Girón, duque de Osuna, militar, hombre afable, tolerante, leal y bondadoso, ilustrado como ella pero sin la inteligencia de su mujer. El inicio de su vida matrimonial no pudo ser más triste, pues vieron morir a sus cuatro primeros hijos, cosa harto frecuente entonces, incluso entre las clases pudientes. El matrimonio se encargó del cuidado de los cinco hijos que sobrevivieron aplicando modernas medidas de higiene, cuya educación fue encomendada a Diego de Clemencín, los niños, y a Madame Saint Hilare, las niñas.

Su casa fue el prototipo de la alta nobleza que competía en lujos con la misma corte. En su mantenimiento diario trabajaban doscientos criados, además de un equipo sanitario formado por médicos, cirujano, boticario, enfermera y sangrador.

La duquesa siguió a su marido en sus destinos militares -Menorca- o diplomáticos -Italia, Francia-. Sobre estos viajes escribió una correspondencia abundante, en la que se muestra su agudeza, capacidad de observación y sentido del humor. Pero fue en sus salones madrileños y luego en Cádiz donde se reveló como la mujer cosmopolita y acogedora que fue. Intelectuales españoles y diplomáticos o visitantes extranjeros fueron tertulianos de María Josefa: Leandro Fernández Moratín, Ramón de la Cruz, Agustín de Betencourt, Martínez de la Rosa, el general Castaños, Mariano Urquijo, entre los primeros, Humboldt, Washington Irving, entre los segundos. Escritores, músicos, pintores, cómicos, tonadilleras, toreros…

Fue mecenas de los pintores Agustín Esteve, Antonio Carnicero, Ducker o Carafa. Goya pasaba temporadas en casa de los Osuna. Ramón de la Cruz falleció en ella. Iriarte le dedicó una Epístola jocoseria que iniciaba así: Tu generosidad, gracia y viveza, / desembarazo, espíritu, franqueza, / afable trato, igual y verdadero, / materia dan para un poema entero.

Allí se hablaba de la actualidad nacional, de teatro, de música, se contaban chismes y se cantaban las coplillas famosas, pero también se presentaban los últimos libros, se comentaba sobre la política internacional, los avances científicos. Todo a gran escala. Su Capilla Musical -dirigida por Boccherini con un sueldo de mil reales mensuales- competía con la orquesta privada de Carlos IV, los Osuna encargaron partituras a Haydn para amenizar sus veladas.

María Josefa introdujo en España a los autores Fenimore Cooper o Walter Scott. La biblioteca familiar sumaba 60.000 ejemplares: manuscritos hebreos y judíos,franceses, italianos, obras manuscritas de Calderón, Lope de Vega, Tirso de Molina o fray Bartolomé de las Casas, incunables, una colección de biblias, primeras ediciones de joyas literarias, obras de Voltaire, Rousseau o Diderot, cuya lectura requería permiso especial de la Inquisición. Muchos de aquellos manuscritos fueron comprados por la Biblioteca Nacional en el siglo XIX.

Pero si por algo se recuerda a la duquesa de Osuna es por su creación más personal: la finca El Capricho, bautizada con propiedad pues fue capricho de María Josefa y ella quien lo impulsó, cuidó, decoró y disfrutó. Situada entonces en las afueras de Madrid, convertida hoy en parque urbano en el distrito de Barajas, la propiedad fue adquirida al conde de Priego en 1783 para convertirla en una villa siguiendo el modelo francés de moda, espacios abiertos a la luz, jardines, fuentes, a la altura de los Reales Sitios, en opinión de Pascual Madoz.

Las obras de reforma en la residencia de Priego se prolongaron de 1784 a 1796 para convertirlo en un palacete. Fue decorado con la prodigalidad y el buen gusto que caracterizaba a la duquesa. A la abundancia de plata de la Platería Martínez, porcelana de Sevres y del Buen Retiro, cristal y bronce se añadieron las numerosas pinturas encargadas por María Josefa a sus artistas amigos y protegidos.

Francisco de Goya intervino directamente en su decoración con pinturas al temple, retratos de la familia y de algunos de sus miembros, pinturas de temas diversos y los famosos grabados de brujas, un asunto al que eran aficionados el pintor y la duquesa. En 1803, la duquesa le compró los Caprichos, en los que el pintor criticaba sin piedad al clero y a la nobleza, pagando por ellos 1.500 reales. Cuando el nieto de los Osuna, Mariano Téllez-Girón, quebró su inmenso patrimonio se inventariaron en el palacete 23 cuadros del pintor de Fuendetodos.

La duquesa encomendó el ajardinamiento del Capricho en primer lugar a Pablo Boutelou, que había realizado los jardines de La Granja y Aranjuez. A partir de 1787 contrató a Jean Baptiste Mulot, responsable del espacio del Petit Trianon de Versalles con un compromiso de exclusividad: no podría intervenir en ningún otro jardín español. En 1795 contrató a Pedro Prevost, quien fue asesinado al defender la propiedad durante un asalto ocurrido en 1810. Le sustituyó Juan de Milla, procedente del Jardín Botánico de Madrid. A su llegada contabilizó 5.833 árboles entre frutales y ejemplares de adorno: chopos de Canadá, árboles del paraíso, castaños de indias, falsos ébanos…

El Capricho es el legado de la duquesa: un rincón del siglo XVIII que pervive en el XXI, 14 hectáreas para la serenidad y el sosiego con un palacete francés, una exedra, que preside la Plaza de los Emperadores, un templete, una ermita, fuentes y una abundante y variada vegetación. Con influencias inglesas, francesas e italianas, dispone de su propio acuífero: una fuente que surge bajo el salón de baile, ante la mirada pétrea de un jabalí a la manera del porcelino florentino. El manantial conforma un pequeño canal que une el salón de baile con el estanque, por el que en su tiempo navegaban pequeñas barcas en las que se desplazaban la duquesa y sus invitados.

Al estanque se asoma un pequeño pabellón conocido como Casa de Cañas, en cuyo interior se conservan algunos murales originales. Junto a él se levanta un pequeño puente de hierro para salvar la ría. Construido en 1830, pasa por ser el más antiguo de los que se conservan en España.

En un parque caprichoso, el capricho de la duquesa fue la llamada Casa de la Vieja, que imita una casa de labranza de la época habitada en sus días de gloria por dos autómatas: una anciana y un joven labriego a los que luego se les unió el de un labrador mayor.

Finalizado en 1839, cinco años después del fallecimiento de Maria Josefa, sus descendientes descuidarían la finca que, arruinada la familia, acabaría subastada a finales del siglo XIX. Pasó entonces a manos de los banqueros Bauer y en 1946, al quebrar la banca del mismo nombre, fue adquirida por la Inmobiliaria Alameda de Osuna con el propósito de levantar un hotel en el recinto.

Durante la República fue declarado Jardín Histórico y durante la guerra civil se levantaron en él varios refugios antiaéreos, de los que aún quedan restos, la posición Jaca, sede del Estado Mayor del Ejército del Centro, mandado por el general Miaja. En 1943 fue declarado Jardín Artístico lo que no impidió su abandono. En 1974 fue comprado por el Ayuntamiento de Madrid y en 1985, declarado Bien de Interés Cultural. Una Escuela Taller se ha encargado desde entonces de devolver el pasado esplendor a este jardín romántico perdido en el callejero madrileño.

Moderna de toda modernidad, tuvo María Josefa su “cortejo” en Manuel de la Peña, marqués de la Bondad Real. Esta figura había sido importada de Francia, era un acompañante de la dama, consejero y amigo. Algunos historiadores sostienen que no implicaba relación sentimental, una especie de carabina para mujeres casadas, y otros lo ven como un desahogo matrimonial de la alta sociedad, una mutua concesión de libertad entre cónyuges, pues el cortejo era admitido por el marido.

Carmen Martín Gaite, en su libro Usos amorosos del dieciocho en España, describe el cortejo como: “un amigo cuya función era la de asistir al tocador de las damas, darles consejos de belleza, acompañarlas al teatro y a la iglesia, traerles regalos y conversar con ellas, es decir, hacerles caso. Por primera vez en la historia de las mujeres españolas, alguien se dedicaba, con el visto bueno de una parte de la sociedad, a entretener sus ratos de ocio y el menester era considerado como una función social importante. Los maridos se dividían en dos sectores: los que admitían la moda del cortejo, más o menos a regañadientes, y los que, apoyados por la opinión mayoritaria de moralistas y predicadores, no pasaban por ella. La primera actitud se consideraba de buen tono; la segunda, anticuada”.

La Ilustración empezó a resquebrajarse con la Revolución Francesa y se quebró con la invasión de las tropas de Napoleón en 1808. El duque de Osuna no alcanzó a verlo pues murió en 1807. La duquesa y su familia buscaron refugio en Cádiz, donde permanecieron cinco años. Allí reanudó María Josefa su vida social de anfitriona exquisita. Las penalidades sufridas en esa época -penalidades muy relativas- la hicieron evolucionar hacia posiciones más conservadoras.

Una persona tan activa e influyente en la vida social hubo de tener claros y oscuros. Los tuvo. La misma María Josefa que introdujo métodos modernos de crianza infantil y nuevas especies de jardinería y ornamentación, tan moderna y dinámica, tan mecenas de sus amigos, fue también codiciosa y rácana en la administración de su patrimonio, pleiteó hasta la extenuación con molineros, ganaderos y campesinos y con otros nobles por herencias que creía que le correspondían -los llamados pleitos de Tenuta-.

A propósito de las querellas es preciso puntualizar que, siendo ella la propietaria de los bienes de los Estados de Benavente, tuvo que ser su marido quien pleiteara en su nombre pues el Consejo de Castilla no admitía los litigios presentados por una mujer, por muy Grande del Reino que fuera.

Fue autoritaria y controladora. Con unas finanzas en quiebra, en un país al borde de la bancarrota despilfarró hasta la locura y, al final de su vida, la mujer ilustrada y afrancesada se replegó en la defensa de sus derechos de clase, los de la aristocracia medieval, latifundista y privilegiada, convertida en servidora de un rey tan nefasto para España como fue Fernando VII.

Además de ver cómo desaparecía la sociedad en la que tanto había brillado, aún vio morir a su hija mayor y a muchos de sus amigos queridos. En 1833 asistió al entierro de Fernando VII y a la proclamación de Isabel II. El 5 de octubre de 1834 moría en su casa de la Puerta de la Vega, a los 82 años, en plenas facultades y con la misma curiosidad intelectual, disfrutando del telescopio que acababa de recibir de París.

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