María de Molina, reina prudente

María de Molina ha pasado a la historia como prototipo de prudencia y sagacidad política, cualidades que, sin duda, le adornaron. Su azarosa existencia retrata la turbulenta vida de los reinos medievales en la península ibérica, cuando todos luchan contra todos y no hay lealtades duraderas. En este escenario, que daría para alimentar una larguísima y truculenta serie de aventuras o una telenovela de varias temporadas, solo ella se mantuvo firme en defensa del trono para su prole.

Nacida María Alfonso de Meneses (1264-Valladolid, 1 de julio de 1321) era hija del infante Alfonso de Molina y de Mayor Alfonso de Meneses, su tercera esposa. Se cree que en su infancia había vivido en Tierra de Campos, en el entorno del monasterio de Palazuelos, donde estaba enterrada su madre. En 1282 casa con su sobrino, el infante Sancho de Castilla, segundo hijo de Alfonso X el Sabio. El matrimonio tuvo mal comienzo. De entrada, no contaba con la necesaria bula papal, imprescindible dada la consanguinidad de los novios. A ello había que añadir que Sancho había contraído previamente matrimonio no consumado con Guillerma de Montcada, a quien las crónicas de la época describen como “rica, fea y brava”, hija del vizconde de Bearne, personaje de gran influencia. Todo ello hacía nulo el matrimonio de Sancho y María. Por si fuera poco, la pareja contaba con la oposición del rey, enfrentado a su hijo desde el fallecimiento de su heredero, el primogénito Fernando de la Cerda, ocurrido en 1275. Alfonso X prefería que el trono recayera en los hijos de Fernando, los infantes de la Cerda, pero una parte de la nobleza apoyaba las pretensiones de Sancho de suceder a su padre.

Sancho incorporó a María entre sus consejeros personales primero como infante y luego, como rey. Un año después de la boda nacía en Toro la infanta Isabel de Castilla. En abril de 1284 moría Alfonso X habiendo dejado como heredero a su nieto Alfonso de la Cerda, a pesar de lo cual Sancho IV fue proclamado rey en Toledo, María fue reconocida como reina y la pequeña Isabel, designada heredera de los reinos de Castilla, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén y del Algarbe. Entretanto, otra parte de la nobleza se alineaba con Alfonso de la Cerda, quien, además, contaba con el apoyo del rey de Francia.

El año 1285 nacía el infante Fernando, a los que seguirían Alfonso -muerto a los cinco años-, Enrique -fallecido a los once-, Pedro, Felipe y Beatriz, todos ellos infantes de Castilla. La corte castellana insistió ante el papado en reclamar la dispensa matrimonial, recibiendo sucesivas negativas hasta que en 1292, poco antes de morir el papa Nicolás IV, los reyes recibieron la bula Proposita nobis, que legitimaba su matrimonio. Aunque pasados cinco años se supo que el documento era falso sirvió para atenuar los efectos de la temprana muerte, en 1295, de Sancho IV, dejando como heredero al infante Fernando, niño de diez años, y señalando como tutora a María, quien en 1293 había recibido el Señorío de Molina. No le resultó fácil que la nobleza reconociera esta herencia pero la reina hizo gala de su prudencia y habilidad para sortear las intrigas de los nobles, las aspiraciones de los infantes de la Cerda, y las conspiraciones de los reinos vecinos: Aragón, Portugal y Francia.

Las Cortes de Valladolid nombraron tutor al infante Enrique de Castilla el Senador (hijo de Fernando III) pero la reina consiguió la custodia de su hijo. Tratando de conseguir una alianza con el país vecino, acordó el matrimonio del futuro Fernando IV con la infanta Constanza de Portugal, lo que no impidió que el rey luso se aliara con los enemigos de María, hasta que en 1296 se firma el tratado de Alcañices, que fijó las fronteras entre ambos reinos, que en buena medida son las que han persistido hasta ahora.

En esas luchas medievales entre el poder de la corona y los nobles cualquier medio era válido: desde la invasión del territorio, la confrontación bélica, el soborno o la acuñación de moneda falsa para desestabilizar las finanzas, como tuvo que soportar María de Molina en sus reinos durante 1297. En medio de la vorágine que le tocó vivir no perdió de vista la necesidad de legalizar su matrimonio. En un tiempo de gran hambruna en los reinos de Castilla y de León, consiguió que las Cortes de Valladolid -1300- y las de Burgos -1301- le aprobaran 10.000 marcos de plata que fueron enviados al Papa Bonifacio VIII para la obtención de la anhelada bula, después de que él mismo hubiera declarado falso el documento de su predecesor. Finalmente, el 6 de septiembre de 1301 el papa expidió sendos documentos en los que reconocía como válido el matrimonio de Sancho IV y María y legitimaba su descendencia.

Coincidía este reconocimiento con la mayoría de edad de Fernando IV, quien, al mismo tiempo, recibía la autorización para casarse con Constanza de Portugal. El enlace se celebró el 23 de enero de 1302 en Valladolid. Entonces, los nobles trataron de enfrentar a Fernando IV con su madre mediante acusaciones que se rebelaron falsas. María, por su parte, utilizó su ya proverbial habilidad para desarmar los levantamientos de los nobles contra su hijo. Este encomendó a su madre el gobierno del reino en las ocasiones que hubo de ir a guerrear con los reyes moros o los nobles cristianos.

El 13 de agosto de 1311 la reina Constanza daba a luz a un hijo, que reinaría como Alfonso XI de Castilla. Ese mismo año se producía una conspiración para destronar a Fernando IV y colocar en su lugar a su hermano Pedro, que fue derrotada una vez más por la intervención de María de Molina.

Fernando murió en Jaén el 7 de septiembre de 1312. Una parte de la nobleza pidió a María que se hiciera cargo del pequeño Alfonso, para impedir que se apoderara de él el infante Pedro, a lo que ella se negó, pidiendo que se llegara a un acuerdo con su hijo Pedro. Finalmente, aceptó compartir tutoría con sus hijos Juan y Pedro. A finales de ese año moría la reina Constanza, madre del pequeño Alfonso. En 1314 la Concordia de Palazuelos aprobó que la tutoría sería ejercida por los infantes Juan y Pedro de Castilla mientras que se encomendaba a María la custodia y crianza de su nieto, acuerdo que ratificaron las Cortes de Burgos en 1315.

Los infantes Juan y Pedro murieron en junio de 1319 en el llamado Desastre de la Vega de Granada, que dio paso a otro periodo de luchas intestinas entre la nobleza. María pidió entonces la mediación del papa Juan XXII, quien envió al cardenal Nicolás Caignet de Fréaville a poner un poco de orden. Se acordó que la tutoría de Alfonso XI sería compartida por su abuela, por su tío el infante Felipe y por don Juan Manuel, acuerdo que fue escasamente respetado.

En 1321 la reina se sintió enferma, convocó a los caballeros del concejo de Valladolid y los encomendó la protección de sus nietos Alfonso y Leonor; el niño habría de ser rey de Castilla y León y la niña, reina de Aragón al casarse con Alfonso V. María de Molina murió el 1 de julio de ese año y fue enterrada en el monasterio cisterciense de Santa María la Real de Valladolid, fundado por ella, también conocido como Las Huelgas. Había sido reina consorte, y tutora como reina madre y reina abuela. Fue el personaje más relevante de su época pero pudo disfrutar de pocos días de sosiego.

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