Museo del Prado
Raimundo Madrazo, 1887
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María Cristina de Habsburgo-Lorena (Moravia, 21 de julio de 1858-Madrid, 6 de febrero de 1929) nació archiduquesa de Austria y murió regente de España. Fue esposa y madre de reyes pero, antes de eso, ya era una joven inteligente y culta, una buena pianista, hablaba varios idiomas y tenía profundos conocimientos políticos y económicos.

Su vida sufrió un cambio brusca cuando el presidente del gobierno español, Antonio Cánovas, sugirió a Alfonso XII, viudo de su prima María de las Mercedes de Orleans, que se casara nuevamente, ahora con una Habsburgo. María Cristina resultó la candidata. El matrimonio de Estado se concertó en Arcachon y se celebró en la basílica de Atocha de Madrid, el 20 de noviembre de 1879. Se trataba de dar un heredero al trono español.

Antes de cumplirse el año del enlace la reina dio a luz una infanta -María de las Mercedes (11 de septiembre de 1880)- a la que enseguida siguió María Teresa (12 de noviembre de 1882). Alfonso XII no privó de sinsabores a su esposa, joven tímida y discreta, lanzado a una sucesión de aventuras, frecuentemente escandalosas. Cuentan los próximos a la corona que ella solo le reprochó si entendía que el escándalo podía afectar a la corona.

Estaba embarazada cuando murió Alfonso XII, el 25 de noviembre de 1885. El 27 de diciembre juró la Constitución ante las Cortes como regente, sin precisar el nombre del sucesor, que habría de nacer el 17 de mayo de 1886. Un niño que nacía ya rey, con el nombre de Alfonso XIII. María Cristina ejerció la regencia hasta la mayoría de edad de su hijo.

La regente era apenas conocida por los españoles, carecía además del desparpajo de su marido y de su predecesora en el trono. Sus enemigos, todos los reyes que se precien tienen enemigos, la tildaron de necia e ignorante. Ella se ganó el respeto de unos y otros por su conducta personal intachable y por la dignidad con la que ejerció la regencia.

Cuando ya era inminente la muerte de Alfonso XII los dos grandes partidos de la Restauración, con Cánovas y Sagasta al frente, habían pactado alternarse en el poder. El acuerdo conocido como Pacto de El Pardo era un compromiso de solidaridad y de fidelidad a la corona, para evitar que los partidos extremistas a la derecha o a la izquierda parlamentaria aprovecharan la debilidad del momento para atacar al régimen parlamentario.

María Cristina, más próxima a Sagasta, respetó escrupulosamente la Constitución y con ello contribuyó a la democratización de la monarquía. Durante los cinco primeros años de regencia -periodo conocido como el gobierno largo de Sagasta- se aprobó el Código Civil, se establecieron los jurados y se sustituyó la Ley Electoral Censitaria de Cánovas por la de Sufragio Universal Masculino. Fueron años de auge económico, la crisis de la filoxera en Francia abrió nuevos mercados al vino español, que coincidió con el desarrollo industrial de Cataluña, todo ello reflejado en la imagen brillante de la Exposición Internacional de Barcelona de 1888, cuando la regente y el rey todavía niño visitaron la ciudad.

La situación empezó a quebrarse en 1893, con la primera guerra de Melilla, sofocada por Martínez Campos, a la que seguiría dos años después el levantamiento del secesionismo cubano y luego el filipino, que en 1898 concluiría con la pérdida de las últimas colonias españolas. María Cristina trató de evitar la guerra con Cuba, solicitando la mediación de los Estados europeos que podían hacer alguna presión; acudió incluso a la reina Victoria de Inglaterra, con la que mantenía buenas relaciones personales, pero toda mediación resultó inútil ante la decidida voluntad de Estados Unidos de intervenir en la isla. España se negó a vender Cuba y en la Paz de París se decidió la independencia de Cuba y Puerto Rico y la conversión de Filipinas en protectorado norteamericano.

El 17 de mayo de 1902 Alfonso XIII fue declarado mayor de edad y prestó juramento ante el presidente Sagasta, el mismo que lo había recibido de María Cristina en 1885. La regente cedió sus poderes pero su mantuvo cerca de su hijo, aconsejándole en las sucesivas crisis de los primeros años de reinado. Se mostró contrario a la dictadura de Primo de Rivera, cuyo desenlace no llegó a ver.

El 6 de febrero de 1929 un infarto acabó con su vida. En el traslado de sus restos al monasterio de El Escorial le acompañó el fervor popular que se había ganado por mérito propio, pero no pudo impedir que dos años después su hijo fuera destronado en las urnas y partiera al exilio, de donde nunca volvió.

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