María Antonia Fernández, La Caramba

María Antonia Fernández (Motril, 9 de marzo 1759-Madrid, 10 de junio 1787) fue una actriz y cantante que triunfó sobre los escenarios pero que tuvo además la habilidad de ser prescriptora de moda y costumbres de su tiempo. Conocida como La Caramba, murió convertida en beata, admirada y querida por el público.

Poco se sabe de sus primeros años de vida, salvo que era hija de Bernardo Vallejo y María Manuela Fernández, así que la leyenda se encargó de llenar esta etapa con una vida de aventuras románticas, acorde con el personaje en que pronto se convirtió. Se cuenta que se fugó del hogar familiar para dedicarse a la farándula, que en 1775 debutó en Cádiz, a la sazón una plaza teatral muy acreditada, que surtía de primeras figuras los escenarios del país, de donde pasó a Zaragoza dejando tras de sí el recuerdo de su gracia y estilo personal como intérprete y, sobre todo, como cantante de tonadillas y sainetes. La tonadilla era una especie de comedia musical, de moda en el siglo XVII, que mezclaba texto recitado y fragmentos cantados, precursora de la zarzuela. La presentación en Madrid, como sobresaliente de música, tenía por escenario el del coliseo de la Cruz en la Pascua de 1776, dirigida por el actor y autor Manuel Martínez. Había nacido una estrella.

El apodo de La Caramba le vino dado por una tonadilla que interpretaba, en la que ella figuraba ser una maja cortejada por un petimetre, al que respondía con el estribillo: “Usted quiere… ¡Caramba! ¡Caramba!» Y como La Caramba ha pasado a la historia con todas las de la ley. Porque su triunfo no se limitó al éxito sobre las tablas sino que ella misma se convirtió en un modelo para las mujeres de la época, fueran nobles o plebeyas. Cualquier cosa que ella se pusiera o utilizara pasaba a ser tendencia. Hoy sería una influencer.

Eso es lo que ocurrió con una especie de moña de colores o lazo que se colocó sobre la cofia, bautizado como caramba e imitado inmediatamente por las madrileñas. Hasta tal punto se puso de moda el adorno que sesudos caballeros se aprestaron a inmortalizar el adorno… o a criticarlo. Goya retrató a varias damas con el susodicho aderezo, Cadalso se hizo eco de la moda en sus Anales de cinco días y el siempre circunspecto Jovellanos censuró a las damas de la aristocracia “que olvidando su orgullosa suerte / baja vestida al Prado cual pudiera / una maja con trueno y rascamoños, / alta la ropa, erguida la Caramba, / cubierta de un cendal más transparente / que su intención, a ojeadas y meneos / la turba de los tontos concitando”. El compositor Pablo Esteve plasmaría el fenómeno en una tonadilla escrita para la propia María Antonia: “La Caramba / ha hecho iguales / majas y usías”, rezaba.

Estaba en la cima de la fama cuando la actriz conoció a Agustín Sauminque, joven escritor francés, que pretendía retirarla del espectáculo, con el que acabó casada el 19 de marzo de 1781 después de haber falsificado sus documentos. En joyas, vestuario y mobiliario, la dama aportaba como dote al matrimonio la suma nada desdeñable de 165.233 reales de vellón. La experiencia fue breve, duró cinco semanas, el tiempo justo para comprender que no estaban hechos el uno para el otro. María Antonia cogió sus enseres y se fue a vivir con su madre.

También en la gestión de sus asuntos personales resultó avanzada María Antonia, salvo que, a falta de televisiones donde airear sus amores, la boda y la inmediata separación, ella lo hizo directamente sobre el escenario. Su retirada fue relatada en la tonadilla Garrido de luto por La Caramba, -donde Miguel Garrido era un cómico famoso, compañero artístico de la actriz- y su retorno en La venida de María Antonia. No se limitaba a burlarse de su propia experiencia sentimental, la tonadillera también utilizaba las tablas para referirse a los amores de las damas nobles con los toreros, caso de las duquesas de Alba con Costillares y de Benavente con Pedro Romero. Estas alusiones, muy celebradas por el público, le valieron sendas denuncias, que no fueron a mayores por la enorme fama de la cantante, pero por las que fue procesado el compositor Esteve.

La Caramba estaba en el esplendor de su belleza y fama, compartiendo cartel con otra actriz igualmente famosa, María Rosario Fernández, La Tirana, cuando, en septiembre de 1785, se dirigía al paseo del Prado, lugar de lucimiento de la sociedad madrileña, donde ella sentaba sus reales, momento en que se desencadenó una tormenta que la obligó a refugiarse en el convento de los capuchinos de San Francisco justo en el instante que desde el púlpito, un fraile conminaba a los feligreses a arrepentirse de sus pecados, de manera tan convincente que allí mismo María Antonia decidió convertirse para siempre.

Abandonó el teatro y, con el mismo entusiasmo que había disfrutado de la vida, se aplicó a hacer penitencia y mortificar su cuerpo hasta el punto de que dos años después era difunta. En su testamento, dejó como herederos a su madre y al empresario Manuel Martínez. Fue enterrada en la capilla de la Virgen de la Novena, patrona de los actores españoles, de la iglesia de San Sebastián. Y, tal como el público la había venerado como cantante, lo hizo como beata. Su muerte fue proclamada en coplas de ciegos por todo Madrid. Muchos años después aún era añorada: Nadie el talento tuvo de la Prado, / ni el gracejo especial de la Caramba / que surgen entre nieblas del pasado…

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