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Margarita de Parma. Antonio Moro. Museo del Prado

Margarita es una de las hijas habidas por el emperador Carlos antes de contraer matrimonio, cuando acababa de ser nombrado emperador. Se alojaba el joven en el castillo de Carlos de Lalaing, barón de Montigny, y allí conoció a Juana van der Gheynst, dama de la baronesa de Montigny. La niña fruto de aquellos amores nació el 10 de diciembre de 1521 en Tournai. “Estando en estas partes de Flandes, antes que me casase y desposase, hube una hija natural que se llama Madama Margarita”, recordaba el padre en su testamento. El mismo padre que tardó siete años en reconocer a la criatura y luego encomendó su crianza y educación a la quien había cuidado de él y de sus hermanos en su niñez: Margarita de Austria, entonces regente de los Países Bajos.

En 1530 murió la gobernadora y la niña fue confiada a su tía, María de Hungría, hermana de Carlos, la nueva regente. María, que era joven y viuda y no tenía hijos, educó a su sobrina como a una infanta. Hizo que la niña aprendiera francés, italiano, flamenco y castellano, además de latín, pintura y música. Tocaba el arpa y era una buena amazona.

Entretanto, Carlos V y el papa Clemente VII -Julio de Médicis en el mundo laico- habían acordado emparentar entre ellos, casando a Margarita con un hijo del papa: Alejandro de Médicis, duque de Florencia. Tan pronto como cumplió los catorce años se celebró la boda. El novio resultó ser un tipo corrupto y violento que ignoraba totalmente a su esposa y seguía viviendo con Taddea Malaspina, madre de sus dos hijos. Margarita decidió que no quería soportar la situación y se refugió en la residencia de Elena de Toledo, hija del duque de Alba, virrey de Nápoles. No tuvo que esperar mucho porque en 1537 el marido era asesinado en una conjura familiar. Los Médicis resolvían así las cosas por entonces.

Viuda a los dieciséis años, Margarita tuvo pretendientes a cual más ilustre: Cosme de Médicis, Carlos de Angulema, Alfonso d’Este. Pero en el organigrama de Carlos estaba que esta hija suya sería el enlace con el papado, así que en 1538 ya estaba prometida con Octavio Farnesio, nieto del nuevo papa Pablo III -antes Alejandro Farnesio-. El novio, de solo trece años, era prefecto de Roma. La novia protestó pero le sirvió de poco.

Carlos V casó a la hija y se llevó al yerno a la batalla de Argel, de donde no volvió hasta dos años después, momento que el abuelo papa aprovechó para conceder a su hijo el ducado de Parma y Piaceza y al nieto, el ducado de Castro. Margarita daba a luz el 27 de agosto de 1545 dos mellizos: Alejandro y Carlos, que murió todavía niño.

En 1557 Margarita asiste a la abdicación de los derechos de Carlos V en su hermanastro Felipe II y acompaña a este a Londres donde va a casarse con María Tudor. En el viaje de vuelta consiguió que Felipe ofreciera su protección a los Farnesio frente a sus adversarios, los otros nobles italianos, y que colocara una guarnición española en la fortaleza de Piecenza. El acuerdo incluía que el joven Alejandro Farnesio se educara en España con su tío Juan de Austria.

Cuando el duque de Saboya dimitió como regente de los Países Bajos, Felipe II le ofreció el puesto a la duquesa de Parma, su hermanastra Margarita, con instrucciones secretas y precisas de que no tomara ninguna decisión importante sin consultarle previamente. Ella aceptó y el 7 de agosto de 1558 era recibida por los Estados Generales. Eligió como secretario a Tomás de Maquiavelo, hijo del autor de El Príncipe. Felipe había conferido también una posición de privilegio a Antoine Perrenot, obispo de Arrás y luego cardenal Granvela, y asignado a su hermana un secretario de la confianza real, Tomás de Armenteros.

Margarita tuvo que bandearse entre aquel conjunto de nobles ambiciosos y no siempre leales, ejerciendo el poder con prudencia, tacto político y habilidad diplomática, según le reconocieron sus propios adversarios. Estas cualidades, que en cualquier varón serían modelo de virtudes, para algunos historiadores son una muestra de falta de energía de la regente.

Tuvo que lidiar la gobernadora con una crisis financiera derivada de las guerras con Francia, una crisis laboral ocasionada por la prohibición de Isabel I de Inglaterra de exportar lana cruda para la elaboración de paños, y con una crisis religiosa desatada entre las abadías ricas y los obispos por la reorganización eclesiástica de los Países Bajos impuesta por Roma, en un momento de avance de las tesis calvinistas; además de gestionar los desacuerdos de los nobles con las decisiones adoptadas por el rey desde España, que acabaron con el cese de Granvela.

Cuando los nobles se rebelaron, Margarita consiguió apaciguarlos y aconsejó al rey clemencia para sosegar la confrontación. Felipe II desatendió sus consejos y optó por reafirmar su autoridad, enviando al duque de Alba con un abundante ejército. En agosto de 1567, cuando los diez mil soldados llegaron a Bruselas, Margarita recibió al duque de Alba, abandonó el gobierno de los Países Bajos y volvió a Italia. En 1572 fue nombrada gobernadora de los Abruzos y en 1578, muerto Juan de Austria, Felipe II le propuso el gobierno civil de los Países Bajos, dejando el mando militar en manos de su hijo, Alejandro Farnesio. No le gustó este reparto al hijo y amenazó con irse si le obligaban a compartir el mando. El rey volvió a plegarse al criterio masculino y en 1581 otorgó al sobrino el mando civil y militar. Margarita se trasladó a Namur y pidió permiso para volver a Italia; Felipe se tomó dos años para concederlo.

Margarita de Parma volvió por fin a Italia, levantó un palacio en la ciudad de Orona, donde la encontró la muerte el 18 de enero de 1586. Sobre su tumba de la iglesia de San Sixto de Piacenza mandó escribir: Aquella que gobernando Bélgica en nombre de Felipe, rey de las Españas, consiguió la Paz”.

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