Superado el luto oficial, los padres se apresuran a reorientar el negocio de cara al futuro poniendo en manos de la hija mayor los asuntos familiares. Más, hete aquí que de nuevo se les arruinan los planes porque la primogénita va a morir de sobreparto de su primer hijo. Dentro de la desgracia, les queda el consuelo del nieto, varón para más dicha. Pero, como sucede en la casa del pobre, esta vez la dicha dura poco en la de los poderosos y el nieto no llega a cumplir los dos años.

Por si no fuera bastante con la desgracia, llega el problema. A fuerza de ir corriendo el escalafón ahí están el mindundi y la inconformista herederos del holding familiar. La madre, que siempre ha mirado a la hija respondona con suspicacia, empieza a poner pegas: que dónde vamos con estos chicos sin cabeza, que mira a ver si hablas tú con él y los metes en vereda…

El padre toma al yerno como asunto propio y se dispone a meterlo en cintura. Pero de forma suave, no vaya a ocurrir que el chico dé la espantada y se queden sin candidatos a quien transferir el patrimonio familiar. Tan suave, que más parece que fuera padre que suegro. Y así, empieza a desplegar esos recursos que tienen los poderosos para atraer a los incautos. Solo que el yerno es mindundi pero no incauto y llega a la casa familiar con la lección aprendida. Tú solo que tienes que hacerme caso a mí que yo te iré diciendo, le susurra el suegro. Tú lo que tienes que hacer es ir por libre, que para eso eres el heredero, le murmuran sus consejeros.

A todo esto, la inconformista le ha cogido gusto a su chalet en centroeuropa, dotado con los últimos avances tecnológicos -jacuzzi a distintas temperaturas y wifi a todo meter-, a sus fiestas y saraos sociales, al adoctrinamiento connubial y, sobre todo, a estar lejos de la casa y del control familiar. Lejos de la vigilancia materna y de las murmuraciones y críticas de los asesores paternos, que son una panda de estirados que hasta la risa les parece fuera de lugar. Así que, siendo ella la heredera legítima, es quien menos interesada está en el asunto.

No obstante, la pareja deja sus negocios, su chalé y sus niños y viaja a la mansión paterna con el propósito de ponerse al día en los asuntos familiares. Cuando la madre ve a la inconformista se dice: esta se queda aquí para que yo le dé el cursillo. Parecido es lo que pensó el padre cuando vio al yerno. Y así es como va pasando el tiempo hasta que un día el yerno, harto de que le miren como si fuera el chiquilicuatre que de verdad es, se planta y después de los postres, anuncia que él ya sabe lo que tenía que saber y que se vuelve a su casa que también tiene un negocio que atender. El padre trata de convencerle de que lo mejor es que se quede con ellos. La madre se pone como una hidra. Agarra a la hija y le dice: tú te quedas aquí. Eso está por ver, dice ella. Como en ese tiempo la chica está embarazada otra vez, la madre llega a un pacto. ¿Cómo vas a ponerte de viaje, preñada como estás? Espera a parir y luego te vas.

Pasa el tiempo, pare la hija y la madre va atando cada vez más corto. Hasta que un día, el mindundi escribe a su chica: Que si vienes o no, que te estamos esperando. Hasta el niño mayor, que tiene cuatro años, ha puesto un whastapp a su madre: Mamá, ven, dice. La inconformista prepara su mochila loiusvoiton y dice: que me voy. La madre da órdenes al servicio: Que no salga de casa, se ponga como se ponga. La hija se pone hecha un basilisco, llega la madre y a poco tienen que separarlas los mossos de escuadra. Lo que sale por aquellas bocas no está escrito en los papeles. Mayormente por la de la hija. La madre se pone, esta vez sí que sí, al borde del parasiemprejamasamén. Tan al borde, que se va al otro mundo sin acabar el año.

Y a partir de ahí se arma la mundial.

3 thoughts on “Madre no hay más que una (II)”

  1. Una forma bien desenfadada y amena de volvernos a contar la historia

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