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Leonor López de Córdoba fue una mujer arrolladora, inteligente, ambiciosa y manipuladora, que tuvo el acierto de dictar sus vivencias a un notario y de esta manera conocemos una peripecia que más parece novela: “Vida y tragedias de Leonor López de Córdoba. Memorias. Dictadas en Córdoba entre 1401 y 1404. Estas peculiares memorias serán su única obra conocida y una interesante fuente documental sobre la Castilla del siglo XIV que ofrece detalles ajenos a la crónica oficial de un momento histórico convulso en Castilla.

Su nacimiento se sitúa entre los años 1362 o 1363, en Calatayud (Zaragoza), en una familia emparentada por vía materna con Alfonso XI de Castilla y vinculada por vía paterna a Pedro I. La madre, Sancha Carrillo, falleció pronto y cuando Leonor tenía siete años el padre, Martín López de Córdoba, concertó su boda con Ruy Gutiérrez de Hinestrosa, por razones políticas y económicas.

Al marido, señala Leonor en sus memorias, “le quedaron de su padre muchos bienes y muchos lugares; tenía hasta trescientos caballeros suyos, y cuarenta madejas de perlas tan gruesas como garbanzos, y quinientos moros y moras y vajilla por valor de dos mil marcos de plata; y las joyas y preseas de su casa no se podrían escribir en dos pliegos de papel. (…) A mí me dio mi padre veinte mil doblas al casarme”.

Cuando en 1369 Pedro I muere a manos de su hermano Enrique de Trastámara -luego Enrique II- Martín se encontraba en Carmona con su familia y dos hijas del rey asesinado, las infantas Constancia e Isabel. Rendida la plaza con falsas promesas, el nuevo rey ordenó ejecutar a López de Córdoba y apresar a toda su familia, incluida Leonor y su marido, en las Atarazanas de Sevilla.

Años después, Leonor relatará con toda crudeza las penalidades que los detenidos sufrieron en su encierro durante casi una década: aherrojados, hambrientos y enfermos. “Y nuestros maridos tenían cada uno sesenta libras de hierro en los pies, y mi hermano don Lope López tenía encima de los hierros una cadena en la que había setenta eslabones; él era un niño de trece años, la ciatura más hermosa que había en el mundo. Y a mi marido, en especial, le ponían en el algibe del hambre, donde le tenían seis o siete días sin comer ni beber nunca, porque era primo de las señoras infantas, hijas del señor don Pedro”.

En prisión ve morir a su hermano Lope y a sus cuñados, únicamente ella y su marido consiguen sobrevivir. Solo quedan la libertad cuando muere Enrique II. Mientras el marido se propone recuperar las riquezas perdidas, Leonor se refugia en casa de su tía María García Carrillo, cuya protección suscita algunos recelos entre sus primas y en la servidumbre, que ella combate a base de rezos. Todo lo que le ocurre lo atribuye a la intervención celestial en respuesta a sus oraciones, aunque algún suceso más parece obra humana: “Y sentí tal desconsuelo que perdí la paciencia; y la que más me llevó la contraria con mi señora tía, se murió en mis manos comiéndose la lengua”.

La escritora adopta un niño judío, Alonso, que ha quedado huérfano, para educarlo en el cristianismo, decisión a la que atribuye la recuperación de su fortuna, como premio divino. Pero cuando el niño enferma de peste encomienda su cuidado a los criados, quienes acaban muriendo, trece en total.

Ella sigue rezando con devoción todas las noches, “rogando a Dios que me quisiese librar a mí y a mis hijos; o que, si alguno se tuviera que llevar, se llevase el mayor porque era muy enfermizo. Y quiso Dios que, una noche, (…) vino a mí ese hijo mío, que le llamaban Juan Fernández de Hinestrosa como a su abuelo, que tenía doce años y cuatro meses, y me dijo: ‘Señora, no hay quien vele a Alonso esta noche’. Y le dije: ‘Veladlo vos, por amor de Dios’. Y me respondió: ‘Señora, ahora que han muerto otros ¿queréis que me mate a mí?’ Y yo le dije: ‘Por la caridad que yo le hago, Dios tendrá piedad de mí’. Y mi hijo, por no salirse de mi mandato, fue a velarle; y, por mis pecados, aquella noche le dio la peste, y al otro día le enterré”.

Finalmente, Alonso se salvó. Las primas acrecientan sus ataques por lo que Leonor se retira a su hacienda cordobesa, momento en que concluye el relato, hacia 1400.

La narración se inicia en un lenguaje oficioso, debido seguramente al escribano que recoge el dictado de la autora, quien parece más preocupada por el fondo -los hechos- que por la forma narrativa. En un tono evidentemente hagiográfico, el documento trasluce la perplejidad de quien se reconoce perteneciente a un linaje privilegiado y no acaba de comprender que la Providencia consienta las penalidades que le ha tocado padecer. Algunos críticos lo interpretan como un intento de lavado de imagen personal y familiar.

El documento notarial estuvo depositado en el monasterio de San Pedro de Córdoba, donde ella fue sepultada. El original se perdió y la copia que se conserva en la Biblioteca Colombina data del siglo XVIII. Olvidado durante siglos, hoy se considera el primer relato del pensamiento femenino y la primera autobiografía castellana, décadas antes del nacimiento del género, más propio del Renacimiento.

Todo hace suponer que estas memorias ante notario tenían alguna finalidad, sea hacerse un hueco en la corte de Catalina de Lancáster o recuperar los favores perdidos cuando tiempo después es expulsada por esta. Catalina era nieta de Pedro I, hija de aquella Constanza de Castilla, que se encontraba con Leonor en Carmona.

Se sabe que por entonces su situación era holgada, Enrique III y Catalina le habían concedido dos almonas -jabonerías, los supermercados del momento- en Córdoba. Cuando muere Enrique Catalina ejerce la regencia en la minoría de edad de quien luego será Juan II de Castilla y aprovecha su posición para favorecer a los seguidores del difunto Pedro I, su abuelo.

Ahí estaba Leonor para hacer valer su linaje, sus penalidades y sus méritos. Acabó siendo camarera mayor, consejera de la regente, la mujer más influyente de aquella corte. Los cronistas del momento dicen que en las decisiones políticas su opinión era más decisiva que la de los nobles o eclesiásticos de la corte. Por supuesto, ella aprovechó esta posición de privilegio en provecho propio para acrecentar su fortuna, fundando un mayorazgo en favor de su hija Leonor.

En 1412 algo ocurrió entre Leonor y Fernando de Antequera, cuñado de Catalina y luego rey de Aragón; como consecuencia de este enfrentamiento Leonor es alejada de la corte, aunque sigue manteniendo influencia ante la regente. Un año después, es Fernando quien acude a ella para que medie con la regente para obtener fondos con los que seguir la guerra.

La posición de Leonor junto a Catalina es ocupada por Inés de Torres, quien había sido introducida por la primera en la corte. Cuando la escritora trató de recuperar su valimiento con la regente quiso acudir a Fernando para que mediara pero Catalina prohibió al de Trastamara que la recibiera y amenazó a Leonor con la hoguera, obligándola a permanecer en Córdoba. Allí esperó a la muerte, que vino a buscarla en 1430. Fue enterrada en la capilla de Santo Tomás de Aquino del convento de San Pablo de la capital cordobesa.

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