Lavinia Fontana, la pintora olvidada

Lavinia Fontana (Bolonia, 1552-Roma, 11 de agosto de 1614) vino a nacer en el momento y lugar adecuados para florecer como la notabilísima artista que resultó ser. Fue la primera pintora mujer en abrir taller propio. Pintó retratos individuales y de grupo y obras de temas religiosos y mitológicos con abundantes desnudos, algo insólito en una mujer. Murió rica y admirada, a pesar de lo cual los historiadores de arte han sido cicateros en reconocer su valía. El Museo del Prado le dedica una exposición compartida con otra pintora igualmente olvidada: Sofonisba Anguissola, nacida veinte años antes.

Lavinia nació en una ciudad culta -la Universidad de Bolonia es la más antigua de Europa y la primera en admitir mujeres en sus aulas-, en un momento favorable para la educación de las mujeres nobles que, siguiendo la orientación de El Cortesano de Baltasar Castiglione, debían ser instruidas en las letras y las artes -pintura y música- para ser las compañeras adecuadas de sus maridos. Era hija de Próspero Fontana, pintor, protegido por el papa Julio III, y de Antonia de Bonardis, de una familia de impresores, miembros ambos de la pequeña aristocracia local; la pareja tuvo dos hijas: Emilia, fallecida en 1568, y Lavinia.

Autorretrato tocando la espineta. Lavinia Fontana

En el taller paterno debió de aprender la niña las iniciales nociones de pintura. Sus primeras obras conocidas datan de los años setenta y en ellas apunta ya un estilo personal, próximo al manierismo, del que se iría desprendiendo para adoptar los postulados clasicistas de Carracci y el brillante colorida de la escuela veneciana. Aunque no hay constancia de que conociera a Anguissola, por entonces ya una pintora consagrada, Fontana tuvo como modelo el autorretrato de Sofonisba, en su Autorretrato tocando la espineta. En ambos lienzos las pintoras exponen su habilidad artística al tiempo que se presentan como mujeres virtuosas y nobles. Una y otra consiguieron sostener a sus familias con el producto de su trabajo.

Autorretrato en el estudio. Galería de los Uffizi, Florencia

Cuando ya había conseguido ser reconocida como artista Lavinia se casó con un hombre acomodado de Ímola, que frecuentaba el taller paterno: Giovanni Paolo Zappi. Parece que el marido resultó poco apto para el arte pero, en cambio, fue un buen compañero de vida, se dedicó a administrar la economía familiar, a representar a su mujer y a ayudarle en la atención a la abundante prole familiar. Tuvieron once hijos, de los que solo tres sobrevivieron a su madre. Así pudo ella dedicarse plenamente a la pintura.

Hasta el momento se han identificado 32 obras de las al menos 135 que realizó. Destacó en su maestría para el retrato, individual o de grupo, en los que utiliza abundantes elementos simbólicos en distintos planos, donde realza la riqueza de telas y joyas y deja constancia de la sociedad opulenta, sofisticada y moderna de su tiempo. Simultáneamente, realiza obras también de tema religioso destinados a capillas privadas y a iglesias lejanas. Un ejemplo es la Virgen del Silencio, adquirido por Felipe II para el monasterio de El Escorial, por el que el rey pagó mil ducados.

Lavinia Fontana se atrevió igualmente con lienzos de temática mitológica, algo absolutamente inusual entre las pintoras, a quienes les estaban vedados los conocimientos de anatomía, más aún si se tiene en cuenta que la contrarreforma censura cuanto tiene que ver con los excesos de la carne. También en eso resultó adelantada Bolonia, que supo conciliar los mandatos religiosos y la alegría vitalista e imaginación que emanan de los lienzos de la artista, con obras de excelente factura y gran sensualidad.

Una muestra de esta temática es el cuadro Marte y Venus, adquirido por la Casa de Alba en 1816 en Nápoles, atribuida entonces a Paolo Veronese, luego, a su hijo Carletto y, desde 2008 aceptado finalmente como obra de Lavinia Fontana. Cabe preguntarse cuántas obras más salidas del taller de esta o de otras artistas siguen atribuidas a notables caballeros.

Fontana abandona Bolonia en 1603, después de la muerte de su padre, y se traslada a Roma, donde es elegida pintora oficial de la corte del papa Clemente VIII y miembro de la Academia de San Luca. Muerto Clemente VIII, pasa a ser pintora de su sucesor, Paulo V. Gozó de riqueza, que le permitió allegar su propia colección de arte, y reconocimiento público. En 1611 se acuñó una medalla en su honor.

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