Las invitadas ausentes

El Museo del Prado ha organizado a bombo y platillo una exposición temporal con el título de «Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideologías y artes plásticas en España (1833-1931)» con el declarado propósito de “ofrecer una reflexión sobre el modo en el que los poderes establecidos defendieron y propagaron el papel de la mujer en la sociedad a través de las artes visuales, desde el reinado de Isabel II hasta el de su nieto Alfonso XIII”.

El museo asegura haberse convertido desde su creación en 1819 “en elemento central de la compra y exhibición de arte contemporáneo» y habet desempeñó «un papel sustancial en la construcción de la idea de escuela española moderna”, a pesar de lo cual en ningún momento de su existencia ha prestado atención a las mujeres artistas y cuando lo ha hecho ha sido a remolque (véase el caso de Rosa Bonheur).

Lo confieso, llego al Prado con la carabina cargada. Es evidente que cada museo puede elegir el objeto y el título de sus exposiciones según su criterio pero considerar invitadasa las mujeres artistas no parece la mejor tarjeta de presentación para explicar su ausencia secular. ¿Invitadas por quién? ¿En virtud de qué títulos de propiedad? ¿Quién o quiénes son los anfitriones?

Carlos Verger Fioretti, Falenas, 1920. Museo del Prado

Al acercarme a la explanada de Goya mi carabina se pone a punto de disparo. El cuadro que sirve de reclamo de la muestra presenta a una mujer que parece haber tenido una mala noche junto a un caballero que la mira con aire ausente. La obra se titula Falenas y el autor es un tal Carlos Verger Fioretti (1872-1929). Falenas, se aclaraba en el Heraldo de Madrid de 1920, con ocasión de la presentación de la obra a la Exposición Nacional, “son las mujeres de vida alegre que se agitan en los cenáculos elegantes de los placeres y de los dramas pasionales”. O sea, la carta de presentación es la imagen de una mujer de mala vida. Para completar la presentación, el catálogo de la muestra reproduce un óleo de Gutiérrez Solana: Las vitrinas, 1910. A este paso, ni siquiera invitadas, me digo al acceder a la exposicion.

Invitadas está comisariada por Carlos G. Navarro, presentado como especialista en pintura y dibujo del siglo XIX y de los epistolarios de artistas españoles, y se organiza en sucesivos apartados: Reinas intrusas, El adoctrinamiento de la mujer burguesa, Brújula para extraviadas, Desnudas hasta un límite, Censuradas, La Sociedad de Amigos del Arte y la edición castiza de la imagen de la mujer, Raimundo de Madrazo y las mujeres, Náufragas, Aficionadas, pintoras y miniaturistas en la España de la primera mitad del siglo XIX, La fotografía, Las señoras “copiantas”, Reinas y pintoras, Cuestión de género, Escultoras españolas entre 1833 y 1931, casi una ficción, Artistas pioneras en el tránsito a la modernidad, con un epílogo sobre Las mujeres y el cine.

Lo primero que llama la atención es que las primeras salas muestran obras, pintura en su mayoría y algunas esculturas, de artistas varones, algunas bastante mediocres, en mi muy discutible opinión. Estos deben de ser los anfitriones, comento al Colega. El mensaje es que la sociedad decimonónica consideraba a las mujeres como un objeto de consumo, reservando su tutela a los hombres -padres, hermanos, maridos, hijos- manteniéndolas alejadas de la formación académica y, por supuesto, de las artes. Es decir, como venía ocurriendo antes y después, en el Antiguo y en el Nuevo Régimen, ¿para qué ceñirse a ese período?

Enseguida caemos en los modelos recurrentes cuando se trata de arte/mujeres, esto es, prostitución, debilidad moral y desnudez, seres prestos a desviarse del buen camino. Estas salas evocan la hipócrita táctica del clero preconciliar, atentos a husmear en las imaginarias desviaciones sexuales de la juventud presentando ante sus ojos interminables modos de pecar, y vienen a dar la razón a las Guerrilla Girls cuando recuerdan que en el Museo de Arte Moderno de Nueva York menos del 5% de los artistas son mujeres, pero el 85% de los desnudos son femeninos.

Dos tercios de la exposición están dedicados a estos sesudos artistas, incluido el inevitable Pedro Sáenz y sus lienzos de pornografía infantil; todos ellos se esmeran en mostrar la perversidad de las mujeres desde su más tierna infancia, algunos de ellos premiados en sus Exposiciones Nacionales, donde se admite esa desnudez pero no la denuncia de la pedofilia, como ocurrió con el cuadro El sátiro (1906) de Antonio Fillol.

María Roësset Mosquera. Autorretrato, 1912.
Museo Reina Sofía

Hay que llegar al final de la exposición para encontrar, por fin, a algunas de las artistas que alcanzaron a descollar a pesar de tantos obstáculos. Se trata en su mayoría de perfectas desconocidas, a pesar de que las obras que se presentan están a la altura -y en bastantes casos por encima- de sus pares masculinos. Muchos de estos lienzos proceden de los fondos del propio museo, que los ha mantenido ocultos todo este tiempo y, es de temer, al término de esta “invitación” los devolverá a los almacenes de donde han sido extraídos pues la política de compras del museo se caracteriza por desdeñar la adquisición de nuevas obras de pintoras y las que tiene las guarda en los almacenes o depositadas en organismos diversos.

Todas las mujeres que están acreditan mérito suficiente pero, si se trataba de ceñirse al período 1833-1931, faltan nombres imprescindibles como Maria Blanchard, incluso Maruja Mallo. Me pregunto si las habrán marginado para no poner en evidencia la purrelilla que han repartido en las salas precedentes.

Me pregunto también qué ha pretendido el Museo del Prado con esta muestra, más allá de resumir lo obvio: que también en el arte lo masculino es lo canónico, la unidad de medida universal. El presidente del Patronato, Javier Solana, presenta la iniciativa como “un nuevo intento por parte del Museo del Prado de saldar una deuda histórica en lo que concierne al papel de la mujer en las artes y, en general, en la sociedad, a través, principalmente, de obras de sus propias colecciones”. Para su director, Miguel Falomir, la exposición “brinda una sugerente (sic) reflexión sobre el modo en que los poderes establecidos defendieron y propagaron el papel de la mujer en la sociedad, tarea en la que las artes visuales ejercieron un papel decisivo”. “El Prado jugó un papel esencial en la redefinición de las mujeres en el nuevo escenario artístico establecido por el régimen liberal”, constata su comisario Carlos G. Navarro.

A la vista de la casi simbólica presencia de las mujeres en la colección permanente del museo y, peor aún, del tenor misógino de sus cartelas, se diría que el régimen liberal se ha atrincherado y hecho fuerte en el Prado. Una exposición fallida, comento con el Colega al salir. Desafortunada, opina él. Desafortunadamente fallida.

Elena Brockmann de Llanos. Paso de una procesión por el claustro de San Juan de los Reyes. Museo del Prado

Imagen principal: Flora López Castrillo. Marina, 1912. Museo del Prado

2 thoughts on “Las invitadas ausentes

  1. El lunes pasado en un taller virtual, como son ahora los talleres, salió este tema, precisamente. Tras la sorpresa primero, e indignación después, por no hablar de fiascos varios, llegamos a la conclusión de que quizá haya que hacer una vez más de la necesidad virtud, y aprovechar esa mínima parte de la exposición que va de pintoras para hablar de ellas y darles todo el valor y el lugar en la historia que se merecen.

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