La historia la escriben los vencedores, que siempre son hombres, y acaban hablando de sus cosas y de ellos mismos. Por esta razón las mujeres han recibido un maltrato generalizado o, en el mejor de los casos, han sufrido el olvido de la historia. Julia Álvarez Resano ha padecido ambas recetas: fue maltratada políticamente en vida y olvidada después de muerta. El que fuera pionera en la enseñanza y en la política no le ayudó gran cosa.

Julia había nacido en la localidad navarra de Villafranca el 10 de agosto de 1903, en una familia burguesa que le permitió estudiar. Ella aprovechó esta oportunidad, que entonces no era habitual; estudió Magisterio y Derecho. Obtuvo el número uno en las oposiciones a maestra y ejerció en Navarra y Vizcaya. En 1934 aprobó la oposición a dirección de escuela graduada y fue destinada al Grupo Escolar Rosario de Acuña de Aluche, razón por la que se traslada a Madrid. Al tiempo, asesora legalmente a la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra de la Unión General de Trabajadores. Dos años después es nombrada inspectora interina de primera enseñanza de la provincia de Madrid.

Interesada por la política y con inquietudes sociales, se afilió al Partido Radical Socialista, de donde pasó al Partido Socialista Obrero Español; fue secretaria general de la agrupación de Villafranca. En las elecciones de 1933 se presentó a las elecciones al Congreso de Diputados sin ser elegida. Lograría el acta en las elecciones de 1936 por Madrid.

Fueron esos meses un tiempo glorioso pero breve. En diciembre de 1935 se había casado con Amancio Muñoz de Zafra, abogado murciano, socialista como ella, que también sería elegido diputado en 1936. Era el primer caso de un matrimonio de diputados, lo que les valió el apodo de los Reyes Católicos. Manuel Azaña los recordará en sus memorias sentados juntos y caminando de la mano por los pasillos del Congreso. Julia intervino el 8 de marzo de 1936 en el mitin de celebración del triunfo del Frente Popular en la plaza de toros de las Ventas junto a Pasionaria, entre otros oradores. Ese instante en el que, rodeada de miles de personas, levanta el puño, será durante décadas la única imagen de Julia Álvarez. Es el momento que marca la débil frontera entre el triunfo y la desgracia.

Después del alzamiento militar del 18 de julio de 1936, el marido marcha al frente: dirige las milicias de Cartagena que toman Albacete, después es comisario del Ejército del Sur y, ya enfermo, delegado del Gobierno en la Trasatlántica. Navarra queda en el lado de los rebeldes, que hacen pagar a la familia de Julia lo que consideran agravios de la diputada socialista. Un hermano de su madre, Juan Resano, dueño de una tienda de ultramarinos en Villafranca, será humillado públicamente. Los rebeldes le obligan a insultar a su sobrina y, luego, lo fusilan.  

En julio de 1937, durante el gobierno presidido por Juan Negrín, Julián Zugazagoitia, ministro de Gobernación, nombra a Julia Álvarez gobernadora civil de Ciudad Real, considerada entonces una trinchera en la defensa de la República. Es la primera mujer en desempeñar este cargo, en el que permanecerá ocho meses, hasta febrero de 1938.

Es un tiempo difícil, el partido socialista se divide entre partidarios y contrarios de la unión de las izquierdas. Julia es nombrada jueza interina de Alberique (Valencia) y en agosto de 1938 magistrada interina del Tribunal Central de Espionaje y Alta Traición, cargo en el que permanecerá solo un mes. Las diferencias entre los propios socialistas son evidentes. En septiembre conoce que su marido se encuentra gravemente enfermo de una lesión pulmonar y se desplaza a Gerona. Amancio Muñoz muere en el mes de octubre en el sanatorio de Nuria y ella le sustituye en la Diputación permanente de las Cortes.

El 28 de marzo de 1939, cuando ya es pública la derrota de la República, parte al exilio desde el puerto de Alicante. Se instala primero en Francia, donde colabora en el Servicio de Evacuación de los republicanos huidos y en la Unión Nacional Española, una organización antifascista que pretendía aglutinar a la oposición frente al gobierno de Franco. Álvarez, alineada en el ala socialista de Negrín y Lamoneda partidaria de la colaboración con el Partido Comunista, quedó en minoría frente a la opción de Prieto, Largo Caballero y Besteiro, que descartaban cualquier colaboración con los comunistas. En los años 1944 y 1945 dirigió la versión de El Socialista que se editaba en Toulouse. En 1946, el grupo minoritario socialista, una treintena de militantes encabezada por Negrín, fue expulsado del PSOE. Sola, sin familia ni partido, se trasladó a México y se instaló como abogada. En ese despacho la encontró la muerte el 19 de mayo de 1948.

Para entonces ya había sido condenada al olvido y al desprecio. Como miles de maestros, en España ha sido depurada como personal docente y suspendida de empleo y sueldo como directora. Solo el periódico de la provincia donde había sido gobernadora, Lanza -fundado y dirigido por el jefe provincial de Falange, José Gutiérrez Ortega- publicó un cruel obituario: “Nuestra provincia aparte de tener la desdicha de haber estado sometida al yugo rojo, tuvo la desgracia de tener una gobernadora marxista. Pues bien, Julia Álvarez Resano ha fallecido en México, según noticias fidedignas”.

En el año 2008, el XXXVII Congreso del PSOE acordó readmitir de manera honorífica y a título póstumo a los militantes socialistas expulsados en 1946.

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