Las redes sociales se pueblan estos días con mensajes del tipo “Yo soy Juana” o “Juana está en mi casa”. No se refieren a ninguna de las Juanas de las que vengo hablando, infantas, princesas o reinas, sino a Juana Rivas, una madre que ha saltado a la actualidad por negarse a entregar a sus hijos a un padre anteriormente condenado por violencia machista.

Juana y sus dos hijos -de once y de tres años- han vivido una peripecia muy repetida entre parejas de distinta nacionalidad. Después de ser víctima de maltrato en el año 2009, que denunció y le valió al marido una condena de tres meses de prisión, la pareja decide darse una nueva oportunidad y se instalan en Italia, país del marido, donde la relación se torna difícil de nuevo. Ella decide -de común acuerdo- trasladarse a su país, España. Una vez aquí expone su situación, denuncia de nuevo al marido por violencia machista y reclama apoyo jurídico. En un primer momento, el juzgado español desatiende la denuncia y remite a Juana a la justicia italiana. Solo la insistencia de la asesora de igualdad del pueblo donde viven Juana y sus niños consigue que la fiscalía ordene al juzgado español que traslade al italiano la denuncia por violencia. Seis meses después, el expediente sigue paralizado en el juzgado español.

Entretanto, el padre ha reclamado a sus hijos, en lo que le ampara la justicia de ambos países. El plazo para la entrega de los niños al padre -un hombre maltratador reincidente- terminaba el 26 de julio. La madre opta por desaparecer con sus hijos antes que entregarlo. Las redes se llenan de mensajes de apoyo a Juana. Y ahora, ¿qué? Se mire como se mire las perspectivas de Juana no son nada optimistas. En la mejor de las hipótesis le quitarán a sus hijos y en la peor, le caerá una condena de prisión.

¿Y el Pacto contra la Violencia Machista? ¿Y la justicia? El primero, muy bien y muy fotogénico. La segunda, muy bien también, muy ocupada desbrozando el camino por donde haya de pasar el gran hombre.

Escribo estas líneas sujetándome ambas manos para no ir más allá de lo que la prudencia exige pero es inevitable recordar que el mismo día que Juana tenía que huir, sin que la justicia encontrara modo de amparar a sus hijos, los ciudadanos españoles veíamos cómo esa misma justicia doblaba el espinazo ante el presidente del gobierno, obligado a acudir como testigo en su condición de ciudadano, y contemplábamos, con rubor, que el presidente de la Sección Primera de la Audiencia Nacional, que deberá juzgar una parte del caso Gürtel, actuaba como si fuera el abogado defensor del testigo.

¿Justicia? ¿De qué justicia hablamos? ¿De la que pregunta a una mujer violada si apretó suficientemente las piernas? ¿De la que concede la custodia sobre los hijos a un padre maltratador? ¿La que no es capaz de amparar a las mujeres maltratadas, asesinadas por los mismos hombres sobre los que pende una orden de alejamiento? ¿La justicia que obliga a abandonar su hogar a las mujeres maltratadas mientras el agresor disfruta de la misma vida confortable que si fuera un hombre decente?

No, no soy Juana, ni ella está en mi casa. Pero soy capaz de imaginar la angustia de esa madre por tener que entregar a sus niños a un hombre maltratador. El maltratador, por si alguien lo ha olvidado, no es un loco, no, es un ser cobarde, una mala persona, probablemente lleno de complejos, que nunca levantará la voz a quien crea superior, a un policía, a un jefe, que solo se atreve a ser agresivo con quien cree inferior, esto es, su mujer y sus hijos. Un ser que disfruta con el dolor de quienes considera de su propiedad. A ver qué mujer -y qué hombre bien nacido- entregaría sus hijos a un ser así. ¿Tan difícil resulta de entender que un hombre maltratador no es, no puede ser un buen padre?

No soy Juana pero bien quisiera que los impuestos que pago -de buen grado si se aplicaran bien- sirvieran para amparar a sus hijos. Bien quisiera que la justicia estuviera tan diligente en proteger a las mujeres maltratadas como lo está en rendir pleitesía a los testigos de la corrupción que está devastando la vida ciudadana y al país.

Una última consideración. Si observáis bien, las redes están llenas de mensajes dirigidos a Juana Rivas por otras mujeres. Parece que a los hombres estas cosas les parecen nimiedades, cosas de chicas. Se les olvida que en el reparto de roles a las mujeres nos ha tocado ser las víctimas pero ellos son los asesinos.

3 thoughts on “Juana Rivas”

  1. Yo no soy Juana, pero por lo que sabemos de su situación no dejaría a mis hijos en manos de un hombre así.
    Escapar no parece la mejor opción pero quizás no ha sabido encontrar otra.
    Ojalá el revuelo sirva para salvar a Juana y a sus hijos, cuando la justicia no es justa ¿merece el nombre?

  2. No he seguido este caso con detalle, son desgraciadamente tantos y cada uno con su aquel, que esto es un no saber a qué acudir.

    Yo tampoco soy Juana, pero estas cosas me llegan muy hondo.

    Gracias, Mery, por ponernos voz.

  3. Bufff la justícia es tan ambigua, elástica, incomprensible y la mayoría de veces tan inujusta que da miedo en serio …
    la vida y sus vueltas me han puesto justamente en este sector, cada día veo y observo de cerca personas, situaciones y casos rocambolescos, visto lo visto yo creo que hubiera actuado igual que Juana.

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