Juana I de España

Nació para llevar la vida discreta de una infanta y acabó siendo la primera reina de España. Fue la tercera de los cinco hijos nacidos en el matrimonio formado por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, a quien una suma de desgracias condujeron al trono de Castilla, un trono al que no aspiraba y una corona que no le complacía.

Juana de Trastamara nació en Toledo el 6 de noviembre de 1479. Antes que ella han nacido Isabel, primogénita de los Reyes Católicos, y Juan, el heredero de los reinos de sus padres. A ella le seguirán María, que será reina de Portugal, y Catalina, reina de Inglaterra. Todos ellos servirán a los reyes para tejer una tupida red de relaciones diplomáticas dirigidas a aislar a Francia, que también aspiraba a dirigir la política de los estados europeos. La alianza con el emperador Maximiliano de Austria cuajó en un doble enlace: el príncipe Juan casó con Margarita de Austria y Juana con Felipe, duque de Borgoña y archiduque de Austria.

Aún no había cumplido Juana los diecisiete años cuando en agosto de 1496 embarca en Laredo para casar con Felipe. Viaja acompañada de una nutrida comitiva y dotada con un riquísimo ajuar, como corresponde a una infanta de grandes reinos. Nadie espera a la expedición a su llegada a Flandes, ni siquiera el novio, que tardará un mes en presentarse. La historia posterior se empeñará en presentar a Juana como una mujer rendida y enamorada pero los documentos contemporáneos presentan a una pareja con escasas afinidades personales y políticas, cada uno dedicado a representar y defender los intereses que les habían sido encomendados, los de Borgoña y los Países Bajos, en el caso de Felipe, los de Castilla y Aragón en el de Juana. La infanta castellana descubrirá en su país de adopción una forma distinta de vivir y de entender la vida de la que había conocido en España. Una sociedad más abierta y tolerante, especialmente en materia religiosa. Disfrutará de esa libertad y del confort y lujo que era habitual en la corte borgoñona y se empeñará en conjugar el papel de embajadora de los Reyes Católicos con el de duquesa de Borgoña.

La historia de Juana empezó a quebrarse con la temprana muerte de su hermano Juan, el 4 de octubre de 1497, y la de la primogénita Isabel, un año después, de sobreparto de un niño, Miguel de la Paz. Por esas jugadas que tiene la historia, ese niño pudo haber significado la unión de los reinos peninsulares: Castilla, Aragón y Portugal. Pero Miguel morirá el 20 de julio de 1500 cargando a Juana la herencia de los reinos paternos.

Juana y Felipe serán jurados en Toledo el 22 de mayo de 1502 como herederos de Castilla y en Zaragoza el 27 de octubre como herederos de la corona de Aragón. A partir de ahí surge el primer problema para Juana. Mientras ella y Felipe quieren volver a Flandes, donde los esperan sus hijos Leonor, Carlos e Isabel, los reyes quieren que se centren en sus responsabilidades comomento príncipes, que conozcan a sus súbditos y sean conocidos por ellos, que aprendan a reinar. Felipe vuelve a los Países Bajos y Juana, que está otra vez embarazada, accede a los deseos de su madre de posponer su vuelta hasta dar a luz. Pero nace el infante Fernando y pasa el tiempo sin que la reina acceda a consentir el viaje de su hija. Hasta que Juana se rebela y se dispone a abandonar Medina del Campo, donde se encontraba, para reunirse con su marido y sus hijos. Isabel da orden de impedirlo y Juana se enfrenta a su madre con durísimas palabras antes de abandonar Castilla. El retorno no es fácil para la princesa heredera: comprueba al mismo tiempo la infidelidad del marido y su ambición por ser el rey titular, no solo consorte. Las malas relaciones conyugales de la pareja son la comidilla de las cortes europeas y la preocupación de los Reyes Católicos.

La muerte vuelve a interferir en la vida de Juana llevándose a la reina Isabel el 26 de noviembre de 1504. La difunta no quiere a Felipe, por francófilo y por desconsiderado con Juana. Para evitar que el reino quede en manos de los flamencos establece algunas cláusulas en su testamento. También señala que si Juana no pudiera o no quisiera reinar lo hiciera en su nombre el rey Fernando. El resultado no pudo ser peor. Su padre y su marido se enzarzarán en una disputa sin cuartel por la corona, sin que ella tenga opción siquiera de opinar. El propósito de ambos es deshacerse de Juana, encerrarla en alguno de los castillos castellanos. Ambos sostienen que no está capacitada para reinar, que está loca. ¿Lo estaba? Es difícil afirmarlo o negarlo. En la familia Trastámara -y en otras casas reales- hay precedentes de desequilibrio mental que no impide a los afectados ceñirse la corona: ni su tío Enrique IV, ni su abuelo Juan II pueden ser considerados modelos de cordura; su abuela Isabel había muerto en Arévalo después de años de enajenación. Juana era sin duda una mujer extravagante para el tiempo en que le tocó vivir. Defendía su libertad para elegir, su personal modo de entender el cumplimiento de las obligaciones religiosas, tenía un escaso apego al poder y se había enfrentado duramente a su madre, una suma de gestos que resultaban de todo punto incomprensibles para sus contemporáneos, especialmente el enfrentamiento con la reina Isabel, a quien los cronistas contemporáneos habían sacralizado en vida. A todo ello hay que añadir que entonces y ahora es más creíble el testimonio de un hombre que el de una mujer. Si el padre y el marido habían decidido que estaba incapacitada para gobernar, no había más que discutir. No obstante, cuando Felipe acude a las Cortes de Castilla para pedir la inhabilitación de la reina los nobles encargados de comprobar su cordura no son capaces de encontrar ningún gesto que la incapacite para la gobernación. De lo escrito por los cronistas se deduce que Juana es presentada como cuerda cuando accede a las pretensiones de su padre, de su marido, de su hijo, de los hombres de la familia, en suma, y es presentada como desequilibrada cuando se opone a esas pretensiones.

La alianza entre Fernando y Felipe concluye cuando las Cortes de Valladolid juran a Juana y Felipe como reyes de Castilla. Fernando es obligado a volver a Aragón y marcha a poner orden en Nápoles acompañado de su nueva esposa, más joven que sus hijas. No ha llegado aún a su destino cuando le llega la noticia de la muerte de Felipe el Hermoso, ocurrida en la Casa del Cordón de Burgos el 25 de septiembre de 1506.

Juana está de nuevo embarazada y totalmente sola en la corte. Los nobles se dividen en partidarios de su padre y partidarios de su marido. El arzobispo Cisneros maniobra a sus espaldas y asume la regencia contra la voluntad de la reina, que tampoco da señales de querer gobernar. Reunidas las distintas facciones bajo la autoridad de Cisneros llegan a un pacto temporal de no agresión y concluyen que es necesario encontrar un nuevo marido para la reina que se haga cargo de la gobernación.

Ella se opone a un nuevo matrimonio. Es consciente de ser cabeza de una nueva dinastía -la Casa de Austria- que habrá de transmitir a su hijo Carlos. Se dispone, pues, a cumplir la voluntad testamentaria de su marido de ser enterrado en Granada junto a la reina Isabel, como expresión de la continuidad entre Trastamaras y Austrias. El cadáver de Felipe es para ella el escudo protector frente a los pretendientes y en defensa de los derechos de su prole. En Burgos acecha la peste, que aquellos años provocó una gran mortandad en todo el reino. Juana revoca las mercedes y privilegios concedidos por Felipe entre la nobleza, ordena extraer el féretro del marido difunto depositado en la cartuja de Miraflores y el 20 de diciembre de 1506 emprende el camino hacia Granada.

El día de Nochebuena llega a Torquemada, villa palentina, donde se dispone a esperar el parto, que ocurre el 14 de enero de 1507. Nace Catalina, hija póstuma, sexto de los hijos del matrimonio. Allí permanecerá la comitiva real hasta que de nuevo la peste se acerque a la villa, que es abandonada apresuradamente el 14 de abril. Los traslados se realizan siempre de noche siguiendo las enseñanzas de San Jerónimo, para quien las viudas virtuosas no han de pasearse a la luz del sol después de haber perdido el sol de su esposo, sino que han de evitar ser vistas. El Hornillos del Camino permanece hasta el 24 de agosto, cuando sale hacia Tórtoles de Esgueva para reunirse con su padre el día 29 de ese mes.

De lo que se habló en ese encuentro solo se conoce la versión proporcionada por el rey Fernando y transmitida por los cronistas a su servicio, según la cual Juana encomendó a su padre que se hiciera cargo de la gobernación del reino. Ninguno de los narradores se interesó por la versión de la reina. No obstante, el Rey Católico siempre temió que ella se decidiera a ejercer el poder por sí misma o a instancia de la nobleza. Así que decidió encerrarla en algún lugar poco accesible lo que llevaría a cabo después de dejar a su hija en Arcos de la Llana para poner orden entre los nobles levantiscos.

En los primeros días de marzo de 1509 la reina llega a Tordesillas acompañada de su hija Catalina, de dos años. El Rey Católico se lleva al infante Fernando, lo que es duramente reprochado por su madre. En Tordesillas permanecerá la reina hasta su muerte, ocurrida el 12 de abril de 1555. Como en ese tiempo Fernando ha conseguido la anexión de Navarra a la corona castellana, Juana puede reclamarse como primera reina de España. Cuando Fernando el Católico muere, el 23 de enero de 1516, vuelve Cisneros a asumir la regencia del reino, al alimón con el flamenco Adriano de Utrecht, embajador de Carlos de Austria. A lo largo de 1518 y 1519 las Cortes de los reinos hispanos juran a Carlos rey junto a su madre. El hijo no solo no la libera del duro encierro sino que coloca como gobernador del palacio y la villa de Tordesillas a Bernardo Sandoval y Rojas, marqués de Denia, quien tomará a la reina como rehén y no le ahorrará sinsabores ni humillaciones.

Durante medio siglo, mientras España se afianza como un imperio donde no se pone el sol, la reina permanece recluida, maltratada por quienes están encargados de su protección. Sus hijos ocuparán el poder que ella despreció. Leonor será reina de Portugal y luego, de Francia; Carlos llegará a emperador; Isabel, reinará en Dinamarca; Fernando sucederá a su hermano como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico; María reinará en Hungría y Bohemia y será gobernadora de los Países Bajos; Catalina será reina de Portugal.

Los románticos del siglo XIX recuperarán para su causa a la pobre reina presentándola como víctima de los celos, loca de amor por su marido muerto. Nada de eso se deduce de las crónicas. Los documentos de su época la presentan como una mujer inteligente y culta, que hablaba fluidamente latín ya desde niña, amante de la música. De esos documentos se deduce también que Juana fue una mujer menospreciada, privada de recursos propios, encerrada por su madre, maltratada por su esposo, por su padre, por su hijo y por la historia. Su culpa no solo fue ser mujer sino aspirar a ser una mujer libre.

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