Josefa Estévez García del Canto (Valladolid, 1830-Vitoria, 1890) era una mujer inteligente y dócil que destacó como poeta a pesar y por encima de su modestia. Sus padres -Francisco Estévez y Bernarda Ramos- le proporcionaron la educación reservada a una señorita de buena familia. Ella dio muestra de inteligencia y afición al estudio: a los cinco años leía y escribía con soltura. También estudió música, era una buena pianista y compuso alguna pieza.

Tenía veinte años cuando conoció a Antonio García del Canto, militar y escritor, quien durante un tiempo fue su profesor de retórica y poesía. En 1852 empezó a publicar sus primeros versos en el Correo Salmantino. En 1854 Pepa -como era conocida- casó con Antonio García del Canto y a partir de ese momento le siguió allí donde le llevaron sus destinos profesionales. Residió en Filipinas durante cuatro años, donde el marido fue gobernador militar de Mindanao. En 1873 el matrimonio se estableció definitivamente en Salamanca.

Como era costumbre en la época, buena parte de su obra se publicó en los periódicos: El Correo de la Moda, El Romancero español, ambos de Madrid, o El Diario de Manila. Cuando en 1864 la pareja viaja por primera vez a Filipinas el padre de Josefa le pide que escriba para él un diario del viaje; ella convertiría esta petición en un relato tan interesante que sería publicado en el Adelante de Salamanca y seguido con gran interés por los lectores.

Josefa llegó a publicar varios libros en prosa y verso. El romancero de San Isidro (1886); Máximas y reglas de conducta aplicables a los diversos estados y condiciones de la vida sacadas de las obras de Santa Teresa de Jesús (1888); Mis recreos (poesía, 1888); El mejor amigo (infantil, 1888); Memorias de un naufragio (novela, 1888).

El Bello Ideal era un semanario escrito exclusivamente por mujeres, cuyos ingresos se destinaban a la beneficencia. Allí publicará Josefa sus versos y otras colaboraciones en prosa y en esa revista se publicará su primera biografía ya en 1862, a lo que ella con “su natural modestia se prestó con disgusto”. “Es muy pequeña mi personalidad literaria para que nadie se ocupe de ella, alegaba la escritora.

Sea por la inclinación de su carácter, sea porque así lo imponía la sociedad, sea porque realmente admiraba a su marido, Josefa estimaba más la aportación de García del Canto y el concepto del deber familiar que su propio valor. “En literatura, Antonio es y ha sido mi único maestro. Todo cuanto escribo lo consulto con él. Él me corrige y me aconseja. ¿Dónde podría yo hallar un censor más inteligente, más imparcial y más interesado a la vez en el mejor éxito de mis obras?”, escribe a su padre, “Ya sabe que no soy una mujer dedicada por completo a las bellas letras, por más que las tenga grande amor, sino al cuidado de mi marido y de mi casa. El deber es antes que todo, usted me lo ha dicho muchas veces”. Tan estrecha fue la relación que ella es conocida como Josefa Estévez García del Canto, tomando como segundo apellido el del marido.

El primero de sus libros, el poema La esposa (1877), fue prologado por Antonio Grilo, entonces joven periodista y poeta que trataba de triunfar en Madrid. El prólogo habla más de la sociedad de aquellos años que de la escritora. “Vivimos tan a escape en este revoltoso período de fiebre, que parece que anda con las alas de las locomotoras, que bastan seis u ocho años para que nos parezcan la síntesis de un siglo. Un siglo parece que ha trascurrido efectivamente, y son seis u ocho años, poco más ó menos, los que han pasado desde aquellas preciosas reuniones literarias, que usted tan gallardamente presidia en su casa de la calle del Caballero de Gracia. Allí, en aquel envidiado santuario de la inteligencia, acudíamos todos, no sólo para dar a conocer los primeros frutos del pensamiento, sino para saborear las producciones intelectuales con que usted nos embelesaba, y algunos de aquellos inolvidables sonetos del que, con su corazón, le dio su nombre y su aureola de poeta; de mi laureado tocayo García del Canto, a quien acabo de abrazar después de tanto tiempo, suplicándole me conceda la honra de estampar cuatro frases a la cabeza de este libro, que será desde hoy el verdadero devocionario del hogar”.

Esto es, Josefa mantenía un salón literario en su domicilio madrileño donde leía sus versos y los escritos del marido, a quien el prologuista pide escribir el prólogo del libro escrito por su mujer. Grilo expresa paladinamente cuál es el papel social de las mujeres, incluso de aquellas que escriben: “Usted, insigne amiga mía, haciendo un paréntesis en los dibujos de la aguja sobre el bastidor, trocando el lienzo por la cuartilla de papel, ha vertido, a intervalos aprovechadísimos, todos los jugos de su maravillosa inteligencia y todas las ternuras de su alma, para trazar este cuadro bendito”(…) “El poema de usted es altamente moral y filosófico, exuberante de pensamientos profundos, más propios de la severidad y del análisis de un grave y consumado moralista, que de la florida imaginación de una mujer”. Grilo acaba proclamando a Josefa “poeta, y poeta de primer orden, es la que nos pinta tan magistralmente la desenfrenada lucha del bien y del mal”.

La esposa es un catálogo de sentimientos en la vida de una mujer casada: el dolor de la separación de los padres, el de la muerte del hijo, las relaciones con la suegra, los celos… Sin perder la docilidad que le era propia a la poeta y que se esperaba de las mujeres del siglo XIX. Entre tanto arrobo, apenas un verso para expresar su sentimiento más profundo: Mi madre tiene razón / y mi marido también; / mas entre tantas razones / la mía temo perder.

Josefa Estévez fue, en fin, una mujer inteligente, hábil escritora, absorbida por el rol social que creía le era propio. Cuando en 1886 murió el marido decidió ingresar en el convento de las Salesas de Vitoria. Siguió escribiendo pero se dedicó sobre todo a recopilar y publicar los escritos del marido. Murió cuatro años después.

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