Josefa Amar de Borbón, ilustrada

Josefa Amar de Borbón (Zaragoza, 4 de febrero de 1749-21 de febrero 1833) es el ejemplo de mujer ilustrada, adelantada a su tiempo. Escribió profusamente sobre los beneficios de la educación de las mujeres y dio muestra de eficacia en las funciones públicas y sociales que le fueron encomendadas; fue miembro de asociaciones liberales de su tiempo.

Había nacido en una familia culta vinculada a la medicina. Era hija de José Amar, médico real, y de Ignacia Borbón, cuyo padre había sido médico de la Real Cámara, quien procuró la promoción de su yerno en Madrid. La quinta de una prole de doce hijos, Josefa recibió una educación superior a la que era normal en una niña de su tiempo. Tuvo eruditos preceptores -Rafael Casalbón y Antonio Berejo- con los que adquirió una formación humanística al tiempo que aprendía idiomas modernos. Estudió a Luis Vives, Antonio de Nebrija o fray Luis de León, humanistas españoles del siglo XVI, pero también a autores modernos como Gottfried Leibniz, Francis Bacon o John Locke, a quienes leía en latín. Hablaba además griego, francés, italiano e inglés. Defendía el laicismo, frente a la religiosidad militante oficial.

Tenía 23 años cuando casó con el abogado Joaquín Fuertes Piquer, hombre culto también, que ocupó cargos de relevancia en la Corte y fue depositario general del Monte de Piedad, fundado en 1702 por Francisco Piquer. El mismo año de su boda, el Consejo de Castilla, presidido por otro aragonés ilustre, el conde de Aranda, nombra al marido alcalde del Crimen en la Real Audiencia de Zaragoza.

La pareja se integra plenamente en la vida social zaragozana. Fuertes será el segundo director de la Sociedad Económica Aragonesa, constituida en 1776. Josefa mantendrá su curiosidad intelectual: ella será la primera mujer que acuda a la Biblioteca de San Ildefonso de la ciudad. En 1782 Josefa empieza la traducción de la obra del abate Francisco Javier Lampillas, Ensayo histórico apologético de la literatura española contra las opiniones preocupadas de algunos escritores modernos, escrito entre 1778 y 1781. Escrita en italiano, Lampillas rechazaba en ella los ataques contra el Siglo de Oro español realizados por críticos como Saverio Bettinelli y Girolamo Tiraboschi. En 1789 se publicó en Madrid una segunda edición de la obra de Lampillas, dedicada a la reina María Luisa.

Esta traducción, tan oportuna como conveniente, “y otros conocimientos y prendas bien notorias” le valieron el nombramiento como socia de mérito de la Sociedad Económica Aragonesa el 11 de octubre de 1782, distinción inusual en una dama muy culta pero no aristócrata. Josefa asistió a algunas sesiones, atendió los encargos que le hicieron y tradujo y publicó la obra del naturalista y botánico italiano Francisco Griselini: Discurso sobre el problema de si corresponde a los párrocos y curas de las aldeas el instruir a los labradores en los buenos elementos de la economía campestre. Atendió asimismo, con otras damas, las escuelas de hilar que había creado la misma Sociedad.

En 1786, cuando en la Sociedad Económica Matritense se suscita la conveniencia de permitir el acceso a las mujeres a la entidad, invitan a Josefa a participar en el debate. Envía entonces una Memoria sobre la admisión de señoras en la sociedad, donde plantea la querella de los sexos, lamenta la falta de instrucción de las mujeres y que no se las estimule a salir de su ignorancia. Rechaza que ellas carezcan de aptitudes para hacer lo mismo que hacen los hombres y argumenta los beneficios que la presencia de las mujeres ofrecería a la sociedad.

La respuesta suscitó una notable polémica. Fue publicada con el título “Discurso en defensa del talento de las mujeres y de su actitud para el gobierno” pero no condujo a ningún acuerdo efectivo salvo que la Sociedad nombró con carácter extraordinario a Isidra Quintana de Guzmán y a la condesa-duquesa de Benavente. Intervino entonces el rey Carlos III creando en 1787 una Junta de Damas dentro de la Sociedad Matritense, una de cuyas primeras socias fue la propia Josefa, quien para la ocasión escribió una Oración gratulatoria.

La Sociedad Aragonesa no siguió la recomendación de crear una junta de damas como la de Madrid pero la posición de Josefa en la entidad quedó debilitada, limitándose a atender la escuela de niñas o a las labores asistenciales en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza.

En 1790 publicó el Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres, donde se resume el pensamiento pedagógico y médico ilustrado. Amar defiende una práctica religiosa más privada y expresa su confianza en la capacidad regeneradora de la educación. Propone un plan de estudios que incluya lenguas modernas, historia, dibujo o música y labores manuales. Defiende la enseñanza doméstica con preferencia a la conventual y propone la atención a la salud como soporte a la educación moral.

Toda su obra se resume en la convicción de que hombres y mujeres son capaces de alcanzar los mismos logros si dispusieran de idéntica capacitación y formación. Mientras Rousseau y los revolucionarios franceses redactaban la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, olvidándose de las mujeres, Josefa Amar, en sintonía con Olympia de Gouges, reivindicaba un nuevo contrato social y una nueva asignación de los roles que la sociedad asignaba a cada género. Fue, sin duda, una visionaria y una feminista adelantada a su tiempo, cuyas propuestas serían rechazadas y olvidadas, como su obra.

No se sabe si siguió escribiendo pero no volvió a publicar nada más. En 1798 moría Joaquín Fuertes y ella se refugió en la vida privada y en sus actividades sociales. Como hermana mayor de la Congregación de Seglares Siervas de los Pobres Enfermos del Hospital de Nuestra Señora de Gracia, más conocida como la Hermandad de la Sopa, padeció el primer sitio de Zaragoza en 1808 y colaboró activamente en el traslado y salvamento de enfermos.

En 1810 sufrió la pérdida de su único hijo, Felipe, muerto en Quito, adonde había sido destinado como oidor de la Real Audiencia, cuando intentaba reprimir el movimiento independentista peruano. Todo ello vino a amargar más aún sus últimos años, aislada y olvidada, hasta su fallecimiento en la ciudad donde había nacido. Fue enterrada en el cementerio del Hospital de Gracia.

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