Hijas mías: No puedo sufrir con paciencia el ridículo papel que generalmente hacemos las mugeres en el mundo, unas veces idolatradas como deidades y otras despreciadas aun de hombres que tienen fama de sabios. Somos queridas, aborrecidas, alabadas, vituperadas, celebradas, respetadas, despreciadas, y censuradas. El mas ceñudo filósofo suele alegrarse al ver una muger hermosa y el mas despreciable pisaverde, después que se ha estado esmerando en atraerse la atención de un concurso de damas, sale de allí, y á todas, una por una, las ridiculiza: se jacta de que ésta se muere por él, y que la otra rabia porque no la ha tributado obsequios: á la seria llama hipócrita melindrosa, á la alegre coqueta, á la que raciocina bachillera, y á la que como él, solo trata de fruslerías ignorante, siéndolo él en extremo. Mas que digo? me quejo de la injusticia de los hombres con nuestro sexo, porque á la verdad me sobran razones; pero también es cierto que nosotras, por no saber usar de las ventajas que nos concedió la naturaleza nos hemos constituido en este infeliz estado. Discurramos un poco, y veamos si me fundo”. Así discurría Inés de Joyes y Blake en 1798 en su Apología de las mujeres, sagaz análisis de las costumbres del Siglo de las Luces desde la óptica de una mujer ilustrada e inteligente, feminista avant la lettre.

Inés tenía en ese momento 67 años, había nacido en Madrid el 27 de diciembre de 1731, en una familia burguesa católica de padres de ascendencia irlandesa y francesa, Patricio, oriundo de Galway, e Inés, de Nantes, que se habían refugiado en España y que habían constituido una empresa financiera -Patricio Joyes e hijos- que les proporcionó una vida próspera y relaciones comerciales con personalidades influyentes de España y Europa. La joven Inés tuvo una educación superior a la que en esa época recibían las mujeres. Hablaba inglés y francés, además de español, y participaba en tertulias y actividades culturales ilustradas. El padre murió en 1745 y la madre se hizo cargo de los negocios.

La familia concertó su matrimonio, celebrado en 1752, con un pariente lejano, hombre de negocios, Agustín Blake, con quien tuvo nueve hijos. Inés se trasladó a Málaga, donde radicaban los negocios del marido, que prosperaron con las relaciones sociales y familiares de la esposa. Años después se trasladaron a Vélez-Málaga. En 1782 muere Blake e Inés se hace cargo de los negocios familiares, lo que, como en el caso de su madre, revela en ambas una buena formación. Intervino en pleitos por herencias y negoció los matrimonios de su prole. Según refiere Mónica Bolufer, en su testamento, otorgado en 1806, se muestra como mujer de religiosidad ilustrada, poco amante de rituales externos. Morirá en abril de 1808.

Aparte de las relaciones sociales derivadas de su posición de relativo privilegio y de su formación cultural la vida de Inés debió estar dedicada a sus responsabilidades familiares y empresariales. Poco se conoce de ella excepto que en 1798 tradujo del inglés Rasselas, Príncipe de Abisinia, escrita por Samuel Johnson. El autor, fallecido en 1784, era sumamente popular en Inglaterra; la obra es una novela filosófica escrita en 1759, que ha sido comparada con el Cándido de Voltaire, con el que coincide en tiempo y tema. Inés dedica la traducción a María Josefa Pimentel, duquesa de Osuna y condesa de Benavente, “como leve demostración de obsequioso afecto”. Pimentel, mecenas de escritores y artistas -Goya, entre ellos- representaba la aristocracia ilustrada de finales del siglo XVIII.

La traducción no pasaría de ser una obra más de las muchas que se escribieron en los prolegómenos de la Revolución Francesa, excepto porque Inés incluyó al término del texto traducido una aportación de su cosecha. Una treintena de páginas dirigidas a sus hijas en las que las alecciona sobre la falta de igualdad de las mujeres con los hombres, denuncia la marginación que sufren en el acceso a la educación o la doble moral de la sociedad en materia sexual, y las alienta a unirse para reivindicar la necesaria igualdad. Teniendo en cuenta su conocimiento del idioma inglés, cabe aventurar que Inés conociera la obra de Mary Wollstonecraft, Vindicación de los Derechos de la Mujer, escrita en 1792, pues su Apología sigue la misma doctrina que la feminista inglesa.

Oíd mugeres”, escribe, “no os apoquéis: vuestras almas son iguales á las del sexo que os quiere tiranizar: usad de las luces que el Criador os dio: á vosotras, si queréis , se podrá deber la reforma de las costumbres, que sin vosotras nunca llegará: respetaos á vosotras mismas y os respetarán: amaos unas á otras: conoced que vuestro verdadero mérito no consiste solo en una cara bonita, ni en gracias exteriores siempre poco durables, y que los hombres luego que ven que os desvanecéis con sus alabanzas os tienen ya por suyas: manifestadles que sois amantes de vuestro sexo, que podéis pasar las horas unas con otras en varias ocupaciones y conversaciones sin echarlos menos: y entonces huirán de vosotras los pisaverdes, y los hombres frivolos: ninguno de estos buscará vuestro trato porque perderá la esperanza de engañaros con fingidas adoraciones; pero los sensatos, los de crianza verdaderamente buena se hallarán bien en vuestra compañía, os respetarán, os estimarán; tendréis la gloria de reformar las costumbres haciendo amable la virtud; irá decayendo el luxo: vuestro exemplo hará moderados á los hombres: vuestros maridos os amarán y apreciarán: vuestros hijos os venerarán: vuestros hermanos se tendrán por dichosos con vuestro trato: viviréis felices quanto cabe en el mundo, y moriréis con la gloria de dexar una posteridad virtuosa”.

El optimismo de Inés se manifestó excesivo. . En 1791 Olimpia de Gouges proclamaba la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana pero sus postulados no fueron recogidos por las leyes hasta dos siglos después.

La obra de Inés fue olvidada hasta el punto de que ni siquiera aparece en posteriores ediciones de la novela de Johnson, y solo recientemente ha sido recuperada.

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