Juana I de España

Una de las ventajas de la edad es que casi todo te pilla experimentada. Si miro a la espalda, antes de ahora he escrito sobre inmigración femenina, sobre las mujeres argelinas enfrentadas a la intolerancia dentro de su propio país; incluso sobre un barco hospital que navega por aguas del caladero canario-sahariano prestando asistencia a los pescadores que faenan en aquellas aguas.

En 1994, cuando España se disponía a cruzar la frontera que separa un país emigrante de un país de inmigración, una mujer extraordinaria, Nani D’aolio, me propuso que analizáramos el fenómeno entonces incipiente de la inmigración femenina en España. Lo titulamos “Inmigración en España: femenino y plural“. En esencia, hablaba de las mujeres extranjeras que venían a cubrir el hueco que dejaban las mujeres españolas que se incorporaban al mercado laboral. Un hueco en el servicio doméstico. Intentamos explicar que la inmigración es un proceso enriquecedor a condición de que vaya acompañado de una adecuada integración social. La explicación no era ociosa: el año anterior un grupo de fascistas xenófobos españoles había asesinado a Lucrecia Pérez, una mujer dominicana.

Aquella publicación se iniciaba con una cita de Eduardo Galeano, amigo personal de Nani. “La historia está escrita por los blancos y los ricos, los militares y los machos”, sostenía el escritor uruguayo. Quisimos hacer visibles y dar voz a aquellas trabajadoras que eran explotadas y se dejaban la vida por ser mujeres y pobres.

Por una confluencia de casualidades, hace unos meses me encontré con la historia de Juana I de Castilla, mal llamada la Loca. Una historia tan novelesca que bien podría confundirse con un culebrón televisivo, salvo porque son sesudos cronistas quienes se encargaron de relatar lo que sucedió en aquellos años convulsos de la historia. Primero tomé notas para un post, para varias entradas, pero las notas se me fueron acumulando y cuando me di cuenta había escrito un libro. No es un libro de historia, ni siquiera una novela histórica, es el relato de una periodista que se hace preguntas sobre la vida de una mujer que, por una sucesión de malaventuras, acabó siendo la primera reina de España.

Esta mujer, soberana de unos reinos por primera vez unidos en una sola corona, fue privada de recursos, expoliada, maltratada, ignorada y, finalmente, recluida y olvidada. Pero los cronistas dieron por buena la versión proporcionada por sus padres, por su marido, por su hijo, y aceptaron de forma acrítica que la reina estaba loca. Loca de amor por un marido que le faltaba al respeto, la encerraba y la maltrataba en privado y en público y a quien ella se enfrentaba tenazmente.

¿Qué podía interesar a una feminista convencida de una reina nacida en el siglo XV? Me lo pregunté con frecuencia mientras espulgaba una tras otra las crónicas de aquellos siglos. Unas crónicas que nunca la tuvieron por protagonista, que nunca recogieron sus pensamientos, sus inquietudes, sus proyectos. Ni siquiera sus penalidades o sus protestas. De Juana I sabemos lo que contaron los hombres que escribieron sobre sus padres, sobre su marido y sobre su hijo porque nadie se molestó en escribir sobre ella. No fue protagonista ni siquiera de su propia historia.

La triste vida de Juana, la primera que puede reclamarse propiamente reina de España, demuestra que la misoginia no afecta solo a las mujeres pobres y que la violencia machista no es un fenómeno reciente. Su peripecia vital demuestra con crudeza que en la historia de España -seguramente también fuera- la misoginia es estructural y transversal, desde la base hasta la cima de la pirámide social.

Razón tenía Eduardo Galeano al sostener que la historia la escriben los hombres, pero ¿qué hubiera ocurrido si la historia la hubieran contado las mujeres? Esa es la pregunta que he tratado de responder en “Juana I de España. La reina cautiva”.

Si queréis conocer algo más de la soberana podéis leerlo en este enlace, tanto en papel como en versión digital