Mercedes Formica, en el límite de lo imposible

Mercedes Formica pasó la vida tratando de conjugar sus ideas con la realidad de su tiempo. Fue falangista de la primera hora y crítica con la utilización que el franquismo hizo de la ideología de José Antonio Primo de Rivera; se declaró feminista y consiguió algún avance jurídico favorable a las mujeres en plena dictadura, siempre dentro del sistema que propiciaba esa desigualdad. Fue ensayista, escritora y jurista, defensora de los derechos de las mujeres. Representa cabalmente la voz de la burguesía culta y civilizada frente a la barbarie de la guerra y la dictadura en la que vivía, en el límite de lo imposible.

Mercedes nació el 9 de agosto de 1913 en Cádiz. El padre era ingeniero industrial; cuando ella tenía once años fue nombrado director de la Compañía de Gas y Electricidad, razón por la que la familia se traslada a Sevilla. La madre, Amalia Hezode, empujó a sus hijas al estudio para que tuvieran la independencia personal que ella no tuvo. Mercedes empezó en 1931 los estudios de Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla, que luego siguió en la de Madrid, estudios que fueron interrumpidos por la guerra civil y que acabó en 1948.

En 1933, sus padres se divorciaron. Fue un divorcio dramático para la madre, una mujer sin profesión ni recursos propios, tal como establecía la ley recién aprobada, los hijos permanecían con la madre pero la patria potestad era del padre. El único hijo varón, un niño de seis años, fue internado en un colegio de Gibraltar, estableciéndose que pasaría las vacaciones alternativamente con su padre o su madre, requisito que el padre impidió en lo que correspondía a la madre. Tampoco los bienes gananciales se repartieron equitativamente y, finalmente, la esposa quedó obligada a acogerse a la tutela familiar en Madrid.

Ese mismo año, Mercedes se afilia al Sindicato Español Universitario (SEU), que había sido creado por la Falange Española para oponerse a la Federación Universitaria Escolar (FUA), de ideología izquierdista. Elegida delegada del sindicato en la facultad de Derecho, se convirtió en ferviente falangista, activismo al que ella añadió una defensa de la participación de la mujer en la política. En 1936 Primo de Rivera la nombra delegada nacional del SEU femenino, lo que la convertía en miembro de la junta política del partido. Su militancia falangista no era obstáculo para su amistad con Pepín Bello, Ignacio Sánchez Mejías, Federico García Lorca o Jorge Guillén.

Vivía en Málaga cuando se produjo el levantamiento militar de julio de 1936. La experiencia revolucionaria previa y su peripecia personal hasta su traslado a zona rebelde en Sevilla quedó plasmada en su novela Monte de Sancha. Al año siguiente se casó con Eduardo Llosent y Marañón, director de la revista Mediodía, muy relacionado con los poetas de la Generación del 27, condiscípulo de Rafael Alberti y amigo de Miguel Hernández, a quien tratará de proteger, al término de la guerra.

Eduardo fue nombrado director del Museo Nacional de Arte Moderno. La pareja era lo que se entendía por unos modernos. Mantenían tertulias con los personajes más presentables del régimen, escritores, periodistas, artistas: César González-Ruano, Sebastián Miranda, Eugenio Montes, Edgar Neville, Leopoldo Panero, Luis Rosales, Rafael Sánchez Mazas, Luis Felipe Vivanco, Conchita Montes, Mary Navascués, Pilar Regoyos, Natividad Zaro. Los restos de la intelectualidad que no habían tenido que exiliarse.

Formica nunca abdicó de sus convicciones falangistas y criticó sin ambages la utilización que Franco hizo de la ideología joseantoniana y la unión con las ideas carlistas para conformar la Falange Española Tradicionalista, que luego se fusionaría con las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, netamente fascista. Mercedes, partidaria de la disolución de Falange, calificaría la mezcla como albondigón y acusaría a Franco, más o menos veladamente, de haber permitido la muerte de José Antonio.

En 1944 Mercedes dirigió la revista semanal Medina, órgano de la Sección Femenina, que, sin embargo, acogió en sus páginas firmas no alineadas en esta ideología. El sistema entendió también que la pareja representaba la cara amable y culta de una dictadura todavía sangrienta y en 1947 los envío a Argentina al frente de una embajada cultural: artes, literatura y teatro. Formica escribió con su nombre o con el seudónimo de Elena Puerto y utilizó los personajes femeninos de sus novelas para denunciar la desigualdad jurídica con que se abordaba el adulterio, que penalizaba exclusivamente a las mujeres mientras se mostraba complaciente con los hombres.

En 1948 se licenció por fin en Derecho; se disponía a hacer oposiciones a notarías o a abogado del Estado o ingresar en el cuerpo diplomático pero descubrió que todas eran profesiones vedadas a las mujeres. Se dio de alta en el Colegio de Abogados de Madrid -era la tercera de las mujeres ejercientes en la capital- y ejerció la abogacía sin dejar de escribir. 

Su inquietud y su sincera preocupación por mejorar la situación legal de las mujeres la llevaron a intervenir en iniciativas variadas. En 1948 ya trabajó en el Instituto de Estudios Políticos -de donde se nutría ideológicamente el franquismo- en una propuesta de reforma legal para que las mujeres pudieran acceder a puestos de responsabilidad. En 1950 Pilar Primo de Rivera, hermana del fundador y máxima dirigente de la Sección Femenina de Falange, le encomendó la redacción de una ponencia sobre la mujer en las profesiones liberales que había de ser presentada en el I Congreso Femenino Hispanoamericano Filipino, que se celebraba al año siguiente. Formica se rodeó de un plantel de mujeres licenciadas la mayoría antes de la guerra -arquitectas, periodistas, filósofas, médicas, pedagogas-: Carmen Llorca, Mercedes Maza, María de la Mora, Sofía Morales, María Ontañón, Carmen Segura, Matilde Ucelay, Carmen Werner. El texto reclamaba la incorporación de las mujeres al mundo laboral con tal convicción que la ponencia fue retirada por demasiado feminista. 

Aunque la auténtica campanada la dio Formica el 7 de noviembre de 1953 cuando el director de ABC -entonces Luis Calvo– se decidió a publicar su artículo El domicilio conyugal, que había sido retenido por la censura. A partir del relato de la peripecia vivida por Antonia Pernia Obrador, acuchillada por su marido, del que se resistía a separarse para no perder a sus hijos, bienes y casa, la abogada denunciaba la situación en que quedaba la mujer que osaba separarse de su marido. Mercedes, que conocía bien el fondo de la cuestión por haberla vivido en el espejo materno, denunció vehementemente la violencia machista que sufrían las mujeres y el nulo respaldo legal que encontraban. La vivienda familiar era siempre la casa del marido y la mujer que solicitaba la separación, fuera culpable o inocente, debía abandonar la vivienda y ser depositada en casa de sus padres o en un convento, tutelada por un depositario.

El artículo fue un revulsivo cuyos ecos llegaron a la revista Time. La famosa agencia Magnum, dirigida por Robert Capa, envió a la fotógrafa Inge Morath para retratar a Mercedes Formica en un reportaje -Mundo de mujeres- en el que la abogada estaba acompañada de la reina Federica de Grecia, la científica americana Eugenie Clark y la médica china Han Suyin. También la revista CNT, dirigida por Federica Montseny, se hizo eco del artículo. En el interior, el presidente del Tribunal Supremo aludió a la reclamación de la abogada en su discurso de apertura del año judicial. Hasta el general Franco -cuya madre había pasado también por el trance de la separación- la recibió en su palacio del Pardo. Tras la audiencia, Mercedes declaró haberse sentido comprendida, pero aún tendrían que pasar casi cinco años hasta que se reformara el Código Civil -promulgado en 1889-. La casa del marido pasó a ser el domicilio conyugal y se suprimió el depósito de la mujer. La mujer viuda dejaba de perder la custodia de sus hijos menores al contraer nuevo matrimonio y sus bienes privativos ya no pasarían al marido. La reforma, importante aunque limitada, fue conocida irónicamente como la reformicaTendrían que pasar casi dos décadas para que el feminismo, liderado en esta ocasión por María Telo, consiguiera que desapareciera del Código Civil la necesaria licencia marital y la obediencia al marido, al aprobarse la Ley 14/1975, de 2 de mayo.

Mercedes se separó de Eduardo y en 1960 su matrimonio fue anulado por el tribunal eclesiástico de la Rota, que era la fórmula utilizada por la burguesía para obtener los beneficios del inexistente divorcio. Dos años después se casaba de nuevo, ahora con José María González de Careaga, industrial vasco, que había sucedido a José María de Areilza en la alcaldía de Bilbao.

Su figura política se fue apagando mientras destacaba su actividad literaria. En 1975 obtuvo el premio Fastenrath, que concedía la Real Academia Española, por su obra La hija de don Juan Austria (Ana de Jesús en el proceso al pastelero de Madrigal), que había sido publicada en Revista de Occidente y prologada por Julio Caro Baroja. Publicó una novela autobiográfica –La infancia (1987) y recopiló sus memorias en tres volúmenes –Visto y oído (1982), Escucho el silencio (1984) y Espejo roto, espejuelos (1988)-. En Collar de ámbar (1989), analizó el influjo de la cultura hebrea en España.

A partir de los noventa del pasado se retiró a Málaga, afectada por el mal de Alzheimer. Murió el 22 de abril de 2002 totalmente olvidada. El franquismo, la democracia y el feminismo la miraron con parecida suspicacia. Mercedes transitó casi toda su vida en tierra de nadie. Prueba de ello es la peripecia vivida por el busto que Cádiz erigió en 2014 en la plaza del Palillero de la ciudad en reconocimiento a su lucha por los derechos de las mujeres. Al año siguiente, la nueva corporación municipal alegó su ideología falangista y dio orden de retirarlo al interior de la Fundación Mujer, en la biblioteca que lleva su nombre. Simultáneamente, el Ayuntamiento de Madrid, ideológicamente afín al gaditano, acordó dar el nombre de Mercedes Formica a una calle de la capital.

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