Guillermina, reina de Holanda

Guillermina recibió el trono de los Países Bajos por herencia paterna pero durante su largo reinado trató de ganárselo por méritos propios. Ocasiones no le faltaron pues ciñó la corona durante las dos guerras mundiales que asolaron Europa en la primera mitad del siglo XX. Haciendo honor al lema del escudo de los Orange-Nasau -Je maintiendra- con ella se inició un matriarcado monárquico en la monarquía holandesa que duró más de un siglo. 

Escudo en uno de los palacios de los Orange-Nassau en La Haya

Nació el 31 de agosto de 1880 y fue bautizada como Guillermina Helena Paulina María de Orange-Nassau. Fue la única hija de Guillermo III de los Países Bajos -que en ese momento tenía 63 años- y de su segunda esposa Emma de Waldeck-Pyrmont. El rey había tenido tres hijos en su primer matrimonio, de los que solo sobrevivía el príncipe Alejandro, quien murió sin descendencia cuando Guillermina tenía cuatro años.

El rey Guillermo murió en 1890, lo que convirtió a su única hija en reina con solo diez años. Hasta 1895 ejerció la regencia su madre. Guillermina se casó en 1901 con el príncipe Enrique Vladimiro, duque de Mecklemburgo-Schwerin, un matrimonio desgraciado casi desde el primer momento. El príncipe soportaba mal la subordinación a su esposa y carecer de funciones ejecutivas, que es, exactamente, el papel reservado a los consortes de los reyes titulares, como bien saben las mujeres que a lo largo de los siglos han representado ese papel. Tampoco mejoró la relación los sucesivos abortos de la reina y mucho menos las relaciones extra conyugales del príncipe, que tuvo varios hijos fuera del matrimonio. Finalmente, la reina dio a luz una niña, la princesa Juliana, nacida el 30 de abril de 1909. El príncipe Enrique murió en 1934, casi el tiempo que su suegra, la princesa Emma.

Guillermina se mantuvo dentro de los límites legales de su cargo pero dio muestra de autonomía personal y coraje en múltiples ocasiones. En octubre de 1900, en plena guerra anglo-bóer, desatendió el bloqueo naval británico y ordenó que un barco de guerra holandés rescatara a Paul Kruger, presidente de la república de Transvaal, ganándose con ello el afecto de sus conciudadanos y el respeto internacional.

Palacio de la Corte Internacional en La Haya

Poco antes había ofrecido uno de sus palacios de La Haya para que los Estados pudieran reunirse y resolver sus diferencias mediante un arbitraje imparcial que evitara la guerra. Aunque su iniciativa no prosperó como hubiera deseado sirvió de fundamento para la creación de la Corte Internacional de La Haya.

Durante la Primera Guerra Mundial Holanda se mantuvo neutral pero no interrumpió sus relaciones comerciales con Alemania, lo que fue mal visto por Gran Bretaña, que bloqueó los puertos holandeses. Guillermina, por su condición de mujer no podía mandar al ejército, pero sí inspeccionarlo y conocerlo. Su proximidad a la milicia le valió el apelativo de “reina de los soldados”.

Decidida en lo político, no lo fue menos en los negocios. Su olfato empresarial e inversor la convirtieron en una de las mujeres más ricas del mundo. Se calcula que poseía más de mil millones de dólares en inversiones.

Cuando terminaba la guerra, el socialista Pieter Jelles Troelstra quiso implantar en los Países Bajos de manera democrática la revolución bolchevique que había triunfado en Rusia, proyecto que se frustró en buena medida por la popularidad de Guillermina, que para la ocasión desplegó todos sus encantos populistas y reales en apoyo a los partidos monárquicos.

Se cuenta que en una visita de la reina a Alemania, antes de la primera gran guerra, el kaiser Guillermo II quiso presumir del poder de su ejército. “Mis guardias miden más de dos metros y los vuestros solo les llegan al hombro”, parece que dijo, a lo que la reina holandesa recordó que “cuando abrimos nuestros diques el agua llega a más de tres metros”. Sea cierta o no la anécdota, el kaiser recibió asilo en Holanda cuando abdicó al acabar la guerra. Los Aliados pretendieron juzgar a Guillermo II pero la reina defendió a su huésped, convocó a los embajadores y leyó ante ellos los derechos de asilo.

Su mandato coincidió con unos años de emergencia industrial del país. Se desarrolló el proyecto Zuiderzee, mediante el cual los ingenieros holandeses ganaron amplias superficies de terreno al mar, y las inversiones en pozos petrolíferos convirtieron a Holanda en un país influyente. Guillermina fue una reina que ejercía su poder y expresaba sus opiniones, discreta o privadamente, en las cuestiones que afectaban al Estado, al margen del parlamento, institución hacia el que mostraba más reticencia que entusiasmo.

En mayo de 1940 el ejército alemán invadió Holanda; la reina trató de atrincherarse en Zelanda, al sur del país y desde allí dirigir al ejército a la espera de ayuda exterior. Cuando se dirigía a La Haya a bordo de un barco británico, el capitán le informó que la aviación alemana estaba bombardeando la zona a la que se dirigían. La familia real en pleno fue evacuada al Reino Unido y, aunque la intención de la reina era volver inmediatamente a los Países Bajos, el ejército holandés se rindió a los pocos días. Guillermina presidió el gobierno en el exilio, primero en Londres y luego en Canadá. En agradecimiento al trato recibido durante su exilio al volver a Holanda envió a Ottava más de 100.000 bulbos de tulipán.

Aunque lejos, se mantuvo en todo momento en contacto con los holandeses a través de las emisiones de Radio Orange. Efectivamente, las fotografías de la reina se convirtieron en símbolo de resistencia frente a los invasores. Sus arengas radiofónicas estaban prohibidas -consideraba a Hitler el archienemigo de la Humanidad– lo que no impidió que fueran seguidas por los holandeses de manera clandestina, al igual que celebraban el cumpleaños de Guillermina, celebraciones también prohibidas.

En cambio, las fricciones con el gobierno en el exilio fueron constantes. Guillermina se consideraba con autoridad moral, en virtud de su experiencia y popularidad, para reclamar un mayor protagonismo. El enfrentamiento llegó a su punto álgido cuando el primer ministro Dirk Jan de Geer, persuadido de que los aliados serían derrotados por los ejércitos alemanes, pretendió negociar un acuerdo de paz con los nazis. La reina consiguió el apoyo de otros políticos en el exilio y depuso al primer ministro.

Durante su estancia en Londres estuvo a punto de morir cuando una bomba cayó cerca de su residencia y mató a varios de sus guardias. En 1944 recibió la Orden de la Jarretera, orden de caballería más antigua y la máxima distinción del Reino Unido. De ella dijo Churchill que era “el único hombre de verdad en los gobiernos exiliados en Londres”, lo que, al parecer, era el mayor de los elogios que cabía en la mente masculina del primer ministro británico.

La vuelta a Holanda no fue fácil para la reina. Durante casi un año viajó por el país, a veces en bicicleta, hablando con sus súbditos. Confiada en su triunfo sobre el depuesto primer ministro, creía que su popularidad le iba a permitir presidir un gabinete real formado por los líderes de la resistencia. Lo que ocurrió en realidad fue que, tras la liberación, los partidos políticos tradicionales volvieron a ocupar el espacio político. En 1947, la propia reina y los dirigentes económicos y políticos holandeses fueron muy criticados por la gestión de las revueltas en las colonias holandesas del sudeste asiático.

Esas críticas y las presiones internacionales para que se resolviera el conflicto colonial eran más de lo que Guillermina estaba dispuesta a aceptar, así que abdicó a favor de su única hija el 4 de septiembre de 1948. Se retiró a la vida privada con el título de princesa de los Países Bajos pero en 1953, cuando unas inundaciones arrasaron el país volvió a recorrer las tierras anegadas, alentando a quienes fueron sus súbditos a levantarse de nuevo.

Iglesia nueva de Delft

Guillermina de Orange-Nassau murió el 28 de noviembre de 1962 y fue enterrada en el panteón de la familia real en la iglesia nueva de Delft. Conocemos el carácter y las convicciones de la reina porque en ese tiempo escribió una autobiografía –En solitario, pero no sola– donde confesaba sus creencias personales y opinaba sobre los hechos que había vivido.

Juliana estaba fatalmente destinada a ser reina pero trató de adaptar la corona a los tiempos en que le tocó vivir. Como había hecho su madre, también ella se casó con un alemán, el conde Bernardo de Lippe-Biesterfeld, aristócrata que había perdido sus posesiones en la guerra. La boda se celebró el 7 de enero de 1937. El novio fue recibido inicialmente con recelo por los holandeses, que le atribuían una proximidad ideológica al gobierno nazi, pero acabó siendo aceptado y querido, pese a que en los últimos años de su vida sus turbias actividades empresariales y sus infidelidades matrimoniales empañaron la idílica imagen que se había construido.

La pareja tuvo cuatro hijas: Beatriz, Irene, Margarita -nacida en Ottava, durante el exilio- y Cristina. Beatriz trató de educarlas con arreglo a criterios democráticos, contrariando la opinión de su marido. Aunque el enfrentamiento mayor surgió a propósito de la hija menor, Cristina, que había nacido con graves problemas de visión. Buscando remedio para esta minusvalía de su hija, Juliana se dejó embaucar por una curandera hasta el punto de provocar una crisis que estuvo a punto de costarle la corona y el matrimonio, pues Bernardo lideró la oposición a la reina.

Juliana abdicó el 30 de abril de 1980 en favor de su hija Beatriz. Cuando murió, el 20 de marzo de 2004, llevaba años apartada de la vida pública, víctima de un proceso de demencia senil. Fue enterrada en la misma iglesia que su madre, en Delft. Pocos meses después moría el príncipe Bernardo.

A Juliana le sucedió su hija Beatriz, que reinó durante tres décadas -desde el 30 de abril de 1980 a la misma fecha de 2013. Siguiendo la tradición familiar, Beatriz se había casado con otro alemán: el diplomático Claus von Amsberg. La tradición matriarcal se rompió en la descendencia pues la pareja tuvo tres hijos: Guillermo Alejandro, Juan Friso y Constantino Cristóbal. El reinado de Guillermo abrió un paréntesis en este matriarcado. Casado con la argentina Máxima Zorraguieta, la pareja tiene tres hijas. Si para entonces aún perdura la monarquía en los Países Bajos, a Guillermo le sucederá su primogénita, la princesa Catalina-Amalia Beatriz Carmen Victoria de Orange-Nassau.

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