Hedy Lamarr, una mente para la ciencia

Hedwig Eva María Kiesler nació en Viena el 9 de noviembre de 1914 en una familia burguesa de judíos no practicantes. Su padre era banquero y su madre pianista. Fue una niña superdotada, muy estimulada por su padre, que ya en el colegio destacó por su inteligencia y brillantez. Tocaba el piano por imitación, al ver cómo lo hacía su madre y soñaba con ser actriz. Hubiera podido elegir cualquier profesión pues le atraían tanto las ciencias como las artes, pero a los 15 años se cruzó en su camino el director teatral Max Reinhardt, renovador de la escena alemana de entre guerras, uno de los fundadores del festival de Salzburgo, luego empresario y director cinematográfico. Reinhardt la llevó a Berlín para que estudiase interpretación.

Su primera película, Éxtasis (1933), tuvo un éxito fulgurante y polémico que le ocasionaría más problemas que satisfacciones. Parece que no fue del todo consciente de que su imagen desnuda, tomada de noche y con una cámara alejada, iba a ser identificada plenamente. Tampoco de que iba a pasar a la historia como la actriz que protagonizó el primer plano de un orgasmo. Fuera o no consciente, la película se convirtió en un escándalo total, hasta el Papa la condenó, fue prohibida y ella convertida en un sex symbol.

Mientras participaba en un musical sobre la emperatriz Sissi Fritz Mandl, uno de los magnates de la industria armamentística, mucho mayor que la joven Hedy, se enamoró de ella. Aunque las biografías oficiales aseguran que fue obligada por los padres a contraer matrimonio para lavar su imagen, más parece que ella fuera deslumbrada por las atenciones del maduro pretendiente. Se casaron y la experiencia no resultó bien. El marido empezó por comprar todas las copias disponibles de la película Éxtasis, y siguió por un control absoluto de su esposa hasta el punto de que solo podía bañarse en presencia de su marido. Obligada a vivir encerrada en su castillo de Salzburgo y a acompañar a su marido dondequiera que él fuera, como un trofeo más, se vio obligada a abandonar su carrera artística; ella aprovechó las reuniones de Mandl con sus influyentes colegas, a las que asistía obligatoriamente, para ampliar sus conocimientos sobre la tecnología armamentística nazi.

Cuando la vida se le hizo insoportable, -ella calificó ese tiempo como de esclavitud- la pareja optó por el divorcio. En 1937 Hedy abandonó la casa llevándose sus joyas y objetos de valor. La leyenda posterior adornó la separación con ribetes dramáticos de huida y persecución que, probablemente, trataban de lavar la mala fama de la joven actriz ante un público conservador como el americano. Llegó a París y de allí a Londres, donde conoció al productor cinematográfico Lois B. Mayer. Embarcó en el transatlántico Normandie con destino a los Estados Unidos en el mismo barco que viajaba Mayer, quien antes de desembarcar le había ofrecido un contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer con la única condición de que cambiara de nombre para no ser relacionada con el escándalo de Éxtasis. La esposa de Mayer eligió Hedy Lamarr como homenaje a la actriz de cine mudo Bárbara La Marr.

De esta manera entró en los estudios americanos por la puerta grande. Se instaló en Hollywood y rodó película tras película con directores del prestigio de King Vidor –Camarada C, Cenizas de amor-, Jacques Tourneur –Noche en el alma-, Robert Stevenson –Pasión que redime– y Cecil B. De Mille –Sansón y Dalida-. Menos acertada estuvo al rechazar su participación en Casablanca o Luz de gas. Por aquellos años fue considerada la mujer más bella de la historia del cine.

En realidad, Hedy siempre quiso ser considerada como una científica pero el cliché de mujer-hermosa=mujer-necia operó una vez más en contra de sus aspiraciones. Detestaba a Hitler y sus prácticas de limpieza étnica, también quedó muy impresionada cuando en 1940 un submarino alemán hundió el barco City of Benares, de pabellón norteamericano lleno de refugiados. Mientras rodaba la película Las chicas de Ziegfeld, con un reparto en el que aparecen Judy Garland, Lana Turner, James Steward o Tony Martin, entre otras primeras figuras, Hedy trabajaba sobre un proyecto para mejorar las comunicaciones militares y dirigir los torpedos más lejos y con más precisión mediante ondas de radio. Un sistema de transmisiones que fragmentaba los mensajes en partes pequeñas que eran enviados con arreglo a un patrón aleatorio. Al acortar los tiempos de emisión y espaciar las emisiones irregularmente se dificultaba la recomposición del mensaje si no se conocía el código del cambio de canales. El receptor se sintonizaba a las mismas frecuencias de la emisión, sincronizando el cambio de frecuencia con el transmisor.

Lamarr contó con la colaboración de George Antheil, compositor y pianista, seguidor de los movimientos dadaísta y futurista, que también tenía conocimientos de municiones. Antheil se había hecho una fama como músico estrafalario cuando en 1923 estrenó en París una obra que llamó Ballet Mécanique cuya orquesta estaba integrada por dos pianos, dieciséis pianolas sincronizadas, tres xilofones, siete campanas eléctricas, tres hélices de avión y una sirena, que concluyó con un escándalo descomunal. Cuando quiso estrenar la obra en Nueva York obtuvo otro fracaso, lo que le llevó a limitarse a componer y arreglar las bandas sonoras del cine.

Hedy utilizó la capacidad de Antheil de sincronizar distintos aparatos musicales para resolver el problema de sincronización del sistema de transmisión ideado por ella. Trabajaron juntos durante seis meses y cuando encontraron la solución lo llamaron Secret Comunication System; el 10 de junio de 1941 presentaron la solicitud de patente de “un sistema secreto de comunicación que consta de una estación transmisora incluyendo medios para generar y transmitir ondar portadoras de una pluralidad de frecuencias”. El procedimiento se conoce como transmisión en espectro ensanchado por salto de frecuencia (FHSS, Frequency Hopping Spread Spectrum). La petición fue formulada por H.K. Markey y otros, esto es, Hedwig Kiesler Markey, utilizando para la ocasión el apellido de su esposo en aquel momento, Gene Markey, de quien se divorciaría ese mismo año. Este dato contribuyó a que su aportación pasara inadvertida, a pesar de que en septiembre de 1941 el New York Times hablaba del invento de la actriz. El proyecto fue cedido generosamente a la Marina norteamericana que determinó que el sistema era poco adecuado para ser colocado en un torpedo y archivó el proyecto.

El ejército americano sugirió a la actriz que si quería ser útil aprovechara su belleza y su éxito artístico para obtener fondos con la venta de bonos de guerra. Ella puso en marcha una campaña personal ofreciendo un beso a quien aportase por encima de 25.000 dólares en bonos recaudó siete millones de dólares en una noche. En total, se calcula que recaudó más de 25 millones de dólares.

Aunque nunca dejó su actividad científica, mientras estuvo ligada a la MGM la mantuvo en secreto por creerse que perjudicaba a su imagen de diva del cine. Luego, creó su propia compañía con la que protagonizó varias películas de escasa calidad hasta que decidió retirarse. La extraña mujer fue su película favorita. El éxito y la fama no le proporcionaron una vida feliz. Se casó seis veces y los seis matrimonios acabaron en fracaso. Mientras estuvo casada con Markey adoptó un hijo. Con el tercer marido, John Loder tuvo dos hijos biológicos. Luego se casaría con Teddy Stauffer, con Howard Lee y con Lewis J. Boies. Aseguraba que solo fue razonablemente feliz mientras estuvo soltera. Le costó envejecer, se obsesionó con las operaciones de estética, que destrozaron su rostro, se hizo cleptómana, consumía pastillas sin control. Pasó sus últimos años recluida en su casa de Miami, aislada del mundo, preguntándose por qué nadie le agradecía su generosa aportación a la ciencia. Las memorias que en España se publicaron con el título Éxtasis y yo, no fueron escritas por ella; trataron de crear una imagen en base a estereotipos. George Osborne, actor, presentador de televisión e historiador cinematográfico, ofrece una imagen muy distinta de Hedy y de sus últimos años. “A la auténtica Hedy le gustaban las tertulias, los chistes, las excursiones, los inventos, reir y pintar”. Aseguró que nunca perdió su capacidad de inventiva, ni su ingenio, su ironía y humor.

En 1957 la empresa Silvania Electronics Systems Division desarrolló el sistema patentado por Antheil y Lamarr, convertido ya de un sistema mecánico a otro electrónico. El gobierno adoptó el invento para las transmisiones militares; se utilizó en 1962 durante la crisis de los misiles de Cuba y en la guerra del Vietnam. Las técnicas de FHSS sustentan las tecnologías inalámbricas utilizadas en la telefonía y transmisión de datos, como Wifi o BlueTooth o GPS.

Cuando, finalmente, se reconoció la aportación de Lamarr en el desarrollo de las comunicaciones no quiso que el público viera su decadencia y se negó a recoger ningún premio. “Ya era hora”, respondió cuando le concedieron el Pioner Award, en 1997. El mismo año fueron premiados Lamarr y Antheil. En 1998 la Asociación Austriaca de Inventores y Titulares de Patentes le concedió la medalla Viktor Kaplan y al año siguiente la Kunsthalle de Viena le brindó un homenaje a quien es considerada la actriz e inventora más singular del siglo XX.

Murió el 19 de enero del año 2000 en Caselberry, Florida. Pidió que una parte de sus cenizas se esparcieran por los bosques de Viena y otra parte se guardaran en un memorial también en su ciudad natal. Su última voluntad fue ejecutada por fin en 2014. En Austria el 9 de noviembre, fecha de su nacimiento, se celebra el Día del Inventor. En 2009 se hizo una estimación aproximada del valor comercial de su invento; solo en aplicaciones domésticas se calculaba en cerca de 30 billones de dólares. A pesar de lo cual sigue siendo conocida como el rostro más hermoso del cine.

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