María Zambrano, filósofa errante

María Zambrano nació en Velez-Málaga el 22 de abril de 1904, en una familia de docentes. Su padre, Blas Zambrano, era amigo de Antonio Machado. A los cuatro años la familia se traslada a Segovia, iniciando una vida itinerante que la llevará a saltar de un continente a otro, en un exilio al que la guerra civil empujó a los intelectuales republicanos. Se relacionó con lo más granado de la intelectualidad de su época; con su obra, cimentada en el compromiso cívico y el pensamiento poético, se labró a pulso un prestigio que solo muy tardíamente fue reconocido en su propio país. Es una de las primera figuras de la cultura española del siglo XX.

Desde niña padeció diversas dolencias que arrastraría durante toda su vida. Estudió Filosofía en Madrid donde tuvo como maestros a Julián Besteiro, Manuel Bartolomé Cossío, Manuel García Morente, José Ortega y Gasset o Xavier Zubiri y se implicó en los movimientos estudiantiles; en 1927 participa en la tertulia de la Revista de Occidente, donde introduce a otros escritores jóvenes como José Antonio Maravall o Antonio Sánchez Barbudo. En 1930 publica su primera obra Horizonte del liberalismo. Imparte clases en el Instituto Escuela, que debe suspender al enfermar de tuberculosis. Al año siguiente ya ejerce como profesora auxiliar en la cátedra de Zubiri en la Universidad Central, colabora en publicaciones como Revista de Occidente, Cruz y Raya y Hora de España y mantiene amistad con miembros destacados de la Generación del 27: Luis Cernuda, Jorge Guillén, Miguel Hernández o Emilio Prados. El 14 de abril de 1931 asiste a la proclamación de la República en la Puerta del Sol pero, tras una penosa experiencia en la plataforma Frente Nacional, su compromiso político se centrará en la crítica a los excesos del racionalismo y a elaborar una razón poética integradora.

Su amiga Maruja Mallo la introduce en la tertulia de Valle Inclán, donde conoce a quien sería su marido, Alfonso Rodríguez Aldave. Ella misma creará su propia tertulia en su domicilio de la plaza del Conde de Barajas. En 1935 da clase en la Residencia de Señoritas y en el Instituto Cervantes, donde coincide con Antonio Machado, a quien tanto admira.

Cuando se produce el levantamiento militar del 18 de julio de 1936 María se suma a la Alianza de Intelectuales en Defensa de la Cultura. En septiembre de ese año se casa con Alfonso Rodríguez Aldave, historiador, que acaba de ser nombrado secretario de la embajada de España en Chile y juntos viajan a América. En una escala en La Habana imparte una conferencia sobre Ortega y Gasset y conoce a José Lezama Lima, quien se convertirá en uno de sus mejores amigos.

Al año siguiente, cuando se atisba el triunfo de los rebeldes y los intelectuales españoles empiezan a abandonar el país, Zambrano y Rodríguez Aldave vuelven a España. A quienes le preguntan por qué vuelve cuando puede perderse la guerra responde que por compromiso con la República. El marido se alista en el ejército republicano y ella participa en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. En octubre de 1938 muere su padre, a quien Antonio Machado dedicará un sentido obituario.

En enero de 1939 parte al exilio con su madre, su hermana Araceli, su cuñado y otros familiares. En París se reúne con su marido. Juntos viajan a Nueva York y La Habana; en México da clases de Filosofía en la Universidad de Morelia, a pesar de las maniobras de algunos de los exiliados. Allí frecuentará el trato con Octavio Paz y León Felipe. El exilio le empujará a una intensa actividad literaria: Pensamiento y poesía en la vida española, Filosofía y poesía. Pasará también por la Universidad de Puerto Rico antes de volver a París en 1946, donde conoce a Albert Camus.

Cuando María Zambrano llega a París su madre ha muerto y su hermana está desolada: las tropas nazis, siguiendo indicaciones del gobierno español, habían detenido a su marido, Manuel Muñoz, que había sido extraditado y ejecutado. Zambrano se comprometerá a no separarse de su hermana nunca más y lo cumplirá. En 1947 se reúne con ellas el marido de María pero la relación estaba ya rota y la pareja se separa. Martínez Aldave quedará con su hermano y Zambrano con Araceli.

En 1948 las hermanas Zambrano inician una peregrinación constante. Viajan a La Habana, a México, a Roma, a París, de nuevo a La Habana, donde María entablará una breve relación con el médico Gustavo Pittaluga. En 1953 se instalan en Roma, donde María desarrolla una actividad muy fructífera: El hombre y lo divino, Los sueños y el tiempo, Persona y democracia, España, sueño y verdad o La España de Galdós. Allí se relaciona con otros exiliados españoles: Rafael Alberti, Ramón Gaya, Jorge Guillén, y con intelectuales italianos. Como ya ocurriera en Madrid, su casa romana se convierte en lugar de tertulia, de cantes y de gatos. Los felinos acabarán ocasionándole problemas con las autoridades locales. En 1964 se traslada a Francia, donde se retira al campo y atraviesa un período místico que se refleja en sus obras: Claros del bosque o De la Aurora.

En España, será José Luis López Aranguren quien en 1966 reivindique su obra –Los sueños de María Zambrano– en la Revista de Occidente, iniciando con ello una recuperación de la filósofa en su propio país que será lenta y que en 1981 se plasmará con la concesión del premio Príncipe de Asturias y el nombramiento de doctora honoris causa por la Universidad de Málaga.

Cuando Araceli muere en 1972 viaja por Grecia e Italia, amparada en la generosidad y la compañía de Timothy Osborne y su esposa. Lezama Lima escribirá sobre este permanente viaje: “María se nos ha hecho tan trasparente / que la vemos al mismo tiempo / en Suiza, en Roma o en La Habana…” En 1981 se traslada a Ginebra. Su salud, siempre precaria, sufre un deterioro progresivo hasta el punto de que los médicos creen que no se recuperará. Pero se recupera y en 1984 vuelve a España donde escribe artículos y revisa la edición de algunas de sus obras. En 1988 el Ministerio de Cultura le concede el premio Miguel de Cervantes.

El 6 de febrero de 1991 muere en Madrid. Sus restos reposan en el cementerio de Vélez-Málaga, junto a los de su madre y su hermana. En 2002 fue declarada Hija Predilecta de la Provincia de Málaga. En 2006 el Ministerio de Fomento bautizó con su nombre la estación de ferrocarril de la capital malagueña y en 2008 hizo lo propio con el remolcador de salvamento marítimo. También lleva su nombre la biblioteca central de la Universidad Complutense de Madrid. En abril de 2017 fue declarada Hija Adoptiva y Predilecta de Segovia.

En la casa donde vivió sus últimos años, donde recibió los premios Cervantes y Príncipe de Asturias, una placa resume su pensamiento: “Solamente se es de verdad libre cuando no se pesa sobre nadie; cuando no se humilla a nadie. En cada hombre están todos los hombres”. En cada mujer, todas las mujeres, cabría añadir en memoria de quien sostuvo que todo extremismo destruye lo que afirma, en homenaje a quien tan alto llevó la inteligencia y el compromiso ético, María Zambrano, quien prefirió una libertad peligrosa a una servidumbre tranquila.

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