Isabel de Castilla, la mujer que quiso reinar

Es un ejemplo de voluntad capaz de domeñar al destino. Quiso ser reina y lo fue. Amaba el poder y lo ejerció. Solo tuvo un enemigo invencible: la muerte, que siempre le fue hostil y desbarató todos sus planes.

Isabel vino al mundo el Jueves Santo de 1451, 22 de abril, en Madrigal de las Altas Torres, hija primogénita del matrimonio de Juan II de Castilla y de su segunda esposa Isabel de Avis. Dos años después de ella nacerá Alfonso. Del matrimonio de Juan II y María de Aragón había nacido Enrique que reinará como Enrique IV, a la muerte de su padre, ocurrida cuando Isabel tenía tres años. La reina viuda y su prole son enviados a Arévalo, donde la niña establecería amistades que serían definitivas en su vida: Beatriz de Bobadilla o Andrés Cabrera.

En 1461 los niños son separados de su madre y trasladados a la corte, bajo la custodia de la reina Juana de Avis, esposa de Enrique, que entonces residía en Aranda. Los nobles inician una revolución contra Enrique IV y en la llamada farsa de Ávila, proclaman rey a su hermanastro Alfonso, de 12 años. Alfonso muere en 1468 y su hermana se niega a proclamarse reina en tanto viva su hermanastro pero reclama su condición de heredera. Sostiene Isabel que el matrimonio de Enrique y Juana no es válido y por esa causa Juana es ilegítima y no puede reinar. Los nobles afirman que la niña no es hija de Enrique IV sino de Beltrán de la Cueva. Isabel es proclamada heredera en la Concordia de Guisando. El rey acepta la situación en detrimento de su hija, poniendo como condición que Isabel no se casaría sin su beneplácito. Si los nobles que apoyaron su candidatura creyeron que iban a manejarla como habían hecho con sus hermanos pronto se percataron de su error. La princesa fue dirigiendo las opciones de matrimonio que se le presentaban: rechazó a Alfonso V de Portugal y eligió a Fernando de Aragón, un Trastamara como ella y el candidato masculino más próximo a la corona de Castilla. La boda se celebró en secreto el 19 de octubre de 1469 en Valladolid, falsificando para ello la bula papal, necesaria por la consanguinidad de los contrayentes.

Cuando Enrique IV se enteró del enlace revocó la declaración de heredera del reino a su favor y volvió a reconocer el derecho de su hija Juana, aunque luego hizo las paces con su hermana. Enrique murió el 11 de diciembre de 1474 y al día siguiente Isabel se proclamó reina propietaria de Castilla, sin esperar siquiera la llegada de su marido. Estalló entonces la guerra de Sucesión entre los partidarios de Isabel y los de Juana, mal llamada la Beltraneja, que estaba respaldada por el rey Alfonso V de Portugal, tío y prometido suyo. La contienda se prolongó de 1475 a 1479 y acabó con el Tratado de Alcáçovas donde se reconocía a Isabel y Fernando como reyes de Castilla y a Portugal los derechos territoriales que venía reclamando. La paz tuvo una clara víctima: Juana, la heredera legítima, fue obligada a elegir entre casar con el príncipe Juan o ingresar en el convento. Optó por acogerse a sagrado pero siempre se reclamó como reina de Castilla. Isabel trató de controlarla a través de sus hijas, casadas con el rey portugués.

Isabel y Fernando tuvieron cinco hijos: Isabel, Juan, Juana, María y Catalina. Con ellos tejieron una red de alianzas matrimoniales dirigida a aislar a Francia. Isabel casó con el heredero de Portugal y, a la temprana muerte de éste, con el rey Manuel. Cuando murió Isabel, concertaron el matrimonio de Manuel con María. Juan casó con Margarita de Austria y Juana con Felipe de Habsburgo, hijos del emperador Maximiliano. Catalina fue prometida al príncipe Arturo, heredero de la corona inglesa. Muerto Arturo, casó con su hermano, el rey Enrique VIII.

El reinado de Isabel fue trascendente en la historia de España. Se conquistó el reino nazarí de Granada (1492), se expulsó a los judíos (1492), se creó la Santa Hermandad, se estableció la Santa Inquisición (1480) y apoyó el proyecto de Colón de buscar un camino a las Indias Occidentales que le llevó a descubrir el continente americano. Por su decisión de identificar el reino con la fe cristiana en 1496 el papa Alejandro VI concedió a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos.

Sus hazañas, que fueron muchas y muy notables, fueron relatadas y publicitadas por un eficaz equipo de cronistas al servicio de la corona, el mejor de comunicación que vieron los siglos. Estos narradores han proporcionado una imagen de Isabel sacralizada en vida. Mártir de Anglería la describió como “fuerte, más que el hombre más fuerte, constante como ninguna otra alma humana, maravilloso ejemplar de pureza y honestidad. Nunca produjo la naturaleza una mujer semejante a esta”. Hernando del Pulgar escribió que “nunca se vio en su persona cosa incompuesta, en sus obras cosa mal hecha, ni en sus palabras palabra mal dicha”. Tan extraordinaria que “ni en los dolores que padecía de sus enfermedades, ni en los del parto, que es cosa de grande admiración, nunca la vieron quejarse, antes con increíble y maravillosa fortaleza los sufría y disimulaba”, según narró Lucio Maríneo Sículo. Andrés Bernáldez la retrató como “mujer muy esforzada, muy poderosa, prudentísima, sabia, honestísima, casta, devota, discreta, verdadera, clara, sin engaño”. En 1974 la iglesia católica la nombró Sierva de Dios.

Era rubia, de piel clara, ojos claros y agraciada, también inteligente. Aprendió latín ya adulta y procuró a sus hijos una educación lo más completa posible, llevando a la corte un plantel de personas sabias: Beatriz Galindo, apodada La Latina y las Puellae doctae, entre otras.

Isabel fue reina de Castilla durante treinta años y reina consorte de Aragón durante veintiséis. Fue poderosa pero infeliz. Tuvo que aceptar los frecuentes deslices de su marido, aceptó criar en la corte y se hizo cargo de los hijos extramatrimoniales de Fernando y vio cómo la muerte se llevaba a sus hijos favoritos: Isabel, educada a su imagen y semejanza,y Juan, el heredero. Conoció los problemas conyugales de Juana y Felipe de Austria. En su testamento quiso afianzar la unión de los reinos de Castilla y Aragón, sospechando quizá la fragilidad de la alianza. Efectivamente, antes de cumplirse un año de su muerte Fernando se había prometido a una joven, Germana de Foix, sobrina del monarca francés, empeñado en engendrar un heredero a quien ceder la corona aragonesa, que el destino no le concedió.

Murió en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504, a los 53 años. Descansa en la Capilla Real de Granada junto a su esposo, Fernando, su hija y heredera, Juana I, su yerno, Felipe de Austria, y su nieto, Miguel de la Paz, que, él sí, pudo haber representado la efectiva unión de los reinos peninsulares.

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