Leocadia Zorrilla

El día 2, día de sus días, amaneció a las cinco sin habla, que recobró a la hora, y se le paralizó el lado. Así ha estado trece días; conocía a todos; hasta 3 horas antes de morir veía la mano, pero como alelado; quiso hacer testamento, decía, en nuestro favor, y respondió su nuera que ya le tenía hecho. No hubo un momento después seguro, pues la debilidad le impedía escasamente entender lo que decía y disparataba; así ha estado trece días y falleció del 15 al 16 a las 2 de la mañana… Molina y Brugada le vieron morir y yo estuve en el cuarto hasta dos minutos antes, pero desde las 12 me faltaron las fuerzas para arrimarme a su cama a causa de la respiración fuera del vientre; pues a las 12 y media acabó tan sereno y se quedó como el que duerme y hasta el médico se asombró de su valor, dice éste que nada padeció; en esto vacilo…”. Así relataba Leocadia Zorrilla a Moratín los últimos días del pintor Francisco de Goya y Lucientes, muerto en Burdeos.

Lo confieso, no había oído hablar de esta dama hasta que me he topado con ella de refilón, en la reciente excursión francesa. Ignorancia más culpable en mi caso pues un retrato de Leocadia pintado por Goya aparece en la sala 34 del museo del Prado. Nacida en Madrid en 1788 en una familia acomodada, quedó huérfana muy niña, ejerciendo de tutora su tía Juana Galarza, madre de Gumersinda Goicoechea, nuera de Goya al casar con Javier, el único hijo que sobrevivió al matrimonio del pintor con Josefa Bayeu. Se cree que fue en esa boda, en 1805, cuando el pintor aragonés conoció a Leocadia, atractiva, pizpireta y altanera. Él tenía 59 años y ella 16. Hay quien cree que ya entonces se hicieron amantes pero el hecho es que dos años después la joven se casaba con Isidoro Weiss, aportando una cuantiosa dote que el marido se pulió en poco tiempo antes de acusar a su mujer de “infidencia, trato ilícito y mala conducta”, además de genio altanero y amenazador, denuncia que presentaba en 1811. En ese tiempo la pareja tuvo dos hijos: Joaquín y Guillermo. En 1814 Leocadia dio a luz una niña, Rosario, a quien el marido le da apellido Weiss pero cuya paternidad unos atribuían a Goya y otros a Arthur Wellesley, secretario del duque de Wellington.

En 1817 Leocadia, arruinada y acompañada de sus dos hijos pequeños, pasa a vivir en casa de Francisco de Goya -que había enviudado en 1812- como ama de llaves en la Quinta del Sordo. En 1824, tras la restauración del absolutismo de Fernando VII y la consiguiente represión de los liberales que habían apoyado la Constitución de 1812, Goya se exilia en Francia, primero en París en casa de Moratín, y enseguida en Burdeos. También Leocadia tiene que huir, empujada tanto por sus propias ideas liberales como por su relación con Goya. Acompañada de sus dos hijos menores se instalan primero en Bayona y luego en Burdeos, en la casa de la Cours Tourny donde también viven otros exiliados. Al año siguiente el pintor, Leocadia y Rosario se trasladan a otra vivienda donde Goya, ya enfermo y debilitado sigue pintando, ayudándose de anteojos y una lupa. A su lado permanece Leocadia y la joven Rosario, a quien el artista demuestra un afecto especial. Los amigos de Goya cuentan que Leocadia era “la turbulencia en persona”, amiga de diversiones y que atendía poco la casa. Más frecuente era ver a los tres divirtiéndose en las ferias de Quinconces (el área de distracción popular de Burdeos). Hasta que a primeros de año de 1828 Goya sufre una caída de la que ya no se recupera. En la casa donde le vino a buscar la muerte, en el número 57 de la calle Intendencia, se ha instalado el Instituto Cervantes y no se me ocurre en qué lugar mejor podía tener su sede.

Javier Goya, heredero único del artista de Fuendetodos, que detesta a Leocadia, despacha a madre e hijos, entregándole 1.000 francos y el cuadro La lechera de Burdeos, pintado un año antes, cuyo autoría es puesta en duda por algunos críticos de la obra de Goya. Los Weiss Zorrilla permanecen aún cinco años más en Burdeos en situación apurada como evidencia el hecho de que tuviera que vender el cuadro a Juan Bautista Muguiro. En 1933 Leocadia y Rosario vuelven a España, donde viven del trabajo de ésta como copista de las obras del museo del Prado.

Rosario fue aceptada en 1849 como académica de mérito de San Fernando y nombrada maestra de dibujo de las infantas Isabel -luego Isabel II- y Luisa Fernanda, con un salario de 8.000 reales. Pero Rosario muere repentinamente en 1843, del ataque de pánico sufrido al encontrarse con un motín popular que siguió a la caída como regente del general Espartero. Isidoro Weiss murió en 1850 en la miseria más absoluta.

Leocadia falleció en su casa del número 17 de la calle Desengaño de Madrid el 6 de agosto de 1856. Fue enterrada con sepelio de pobre en la fosa común de la parroquia de San Martín. La vida le fue hostil hasta el último instante de su existencia pero ella, como tantas otras mujeres obligadas a salir de España, luchó por sacar adelante a su familia y nos contó cómo fueron los últimos instantes de otro gran hombre, muerto también fuera de su tierra. 

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