No quiero ser princesa

La cotilla que llevo dentro va por la calle pegando la oreja a las conversaciones ajenas. Me gusta oír otros acentos, extranjeros y nacionales, distinguir los tonos de ellos y ellas, comprobar lo distintas que son las preocupaciones de los mayores a las de los pequeños. Lo divertidos y aleccionadores que pueden ser los niños.

Hace unos días, a la altura del puente de Santa María de Burgos, un padre le preguntaba a un niño como de cinco o seis años. Si en una hora recorres seis kilómetros, ¿cuántos recorrerás en seis horas? El niño le contestó enseguida: seis kilómetros. No, seis kilómetros es lo que andas en una hora, te pregunto cuánto andarás en seis horas, insistió el padre. Seis kilómetros, insistió a su vez el hijo. Escúchame bien lo que te estoy preguntando, volvió el padre, ya con un tonillo de impaciencia. Te he escuchado bien desde la primera vez, respondió la criatura, pero es que yo soy un niño pequeño y no puedo estar andando seis horas porque no lo resistiría y además, si mamá se enterara te echaría una bronca. Me hizo tanta gracia que le miré al padre con intención de solidarizarme con él -una es madre de dos criaturas y abuela de otra, muy creativas todas ellas y me conozco bien ese tipo de respuestas- justo a tiempo de oírle decir: hay que joderse con el enano.

Aunque lo mejor fue ayer. En la plaza del Rey San Fernando, esto es, la de la catedral de Burgos, hay varios establecimientos de recuerdos para turistas en las que, como cabe esperar, el Cid reina como el Messi de la historia. Ante el escaparate de uno de esos establecimientos, un abuelo y dos nietos, niño y niña, ella como de siete u ocho años y él algo menor. El niño señala una figurilla y pregunta al abuelo, ¿a ti te gusta “el” Rodrigo Díaz de Vivar? El abuelo responde: Pché. Verás la abuela cuando le diga que no te gusta el Cid, dice el niño. El abuelo recula como si hubiera sido cogido en falta: que sí que me gusta, si es muy majo. Pues entonces, cómprame ese de Famobil, propone el chaval. El abuelo mira el escaparate y luego a la nieta: ¿Tú que quieres? La niña mira también la formación de muñecos y de cajas al otro lado del cristal y responde: Yo es que no quiero ser princesa, quiero ser arquitecta. A poco me lanzo a dar un beso a la criatura.

Hoy, ya sin testigos, me he parado con más detenimiento ante el mismo escaparate y, efectivamente, no hay muchos modelos para elegir si eres chica. O princesa, o nada. Todas las figurillas son de chicos: bomberos, militares, músicos… He entrado en la web de Playmovil, empresa que vende esas miniaturas y, en efecto, los médicos, los zoólogos, los deportistas en sus variadas modalidades, los legionarios, los piratas, los faraones, los exploradores son ellos. Ellas aparecen como matronas romanas o paseando cochecitos de bebés o cocinando o cuidando niños o luciendo modelito. Me ha entrado la duda de con qué herramientas piensan los diseñadores de Playmobil que trabajan esos profesionales para que no puedan hacerlo las chicas pero la cuestión no es para bromas, esos son los primeros mensajes que reciben los críos: que el mundo es de ellos y a ellas les está reservado un papel subordinado. Luego, hay que invertir mucha energía y convicción para conseguir que el niño mire a su compañera como igual y que una niña se niegue a ser princesa…

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