Mari Paz, alfarera de Moveros

Moveros es un pueblo pequeño, de la comarca de Aliste en Zamora, lindando ya con Portugal. Desde tiempo inmemorial su principal industria -la única, realmente, con una escasa agricultura- era la alfarería. Con una particularidad, mientras los hombres se encargaban de preparar la tierra, de traerla de la vecina Ceadea o del término “El Barrero”, de orearla, triturarla, cribarla y dejarla dispuesta para ser amasada, eran las mujeres quienes trabajaban y modelaban el barro hasta transformarlo en útiles para la casa. En Moveros las alfareras, cacharreras se las llamaba, eran ellas.

Era un trabajo duro, pues el torno era aquí una rueda baja, lo que obligaba a trabajar de rodillas o en cuclillas, moviendo la rueda con la mano izquierda. No había talleres, las mujeres trabajaban en el zaguán o en la puerta de la calle, desde abril a San Martín, en noviembre. Una vez torneadas, las piezas se dejaban secar al aire libre y luego se cocían en los primitivos hornos de adobe o de piedra. Además de los hornos privados, había tres comunales. Los hombres se encargaban de vender las piezas por la comarca, transportándolas a lomos de mulos.

De la misma manera que no toda la tierra vale para la alfarería de Moveros, tampoco toda la madera vale para cocer en el horno. Solo la de brezo o de jara proporciona esos colores, esa gradación de ocres y dorados propia de las piezas de Moveros. La leña ha de ser cortada en el día de la cocción, aún con hojas y la humedad de la madera reciente.

La alfarería de Moveros es inconfundible por su color y por sus formas. Ese color ocre claro con el brillo de los minúsculos cristales de mica, esas formas que nos transportan a las culturas antiguas, a Grecia o a los bodegones del Siglo de Oro. Las piezas de Moveros no eran para el fuego sino para los líquidos, para el agua. Un botijo de Moveros era la mejor nevera para el estío. Un cántaro de Moveros era y sigue siendo una alegría para la vista aunque ya no se le encuentre utilidad, que a veces la tiene.

Cántaro griego del MAN

A mediados del siglo XX en Moveros trabajaban 25 alfareras. En la década de los ochenta, había seis o siete. El trabajo seguía siendo duro pero ellas hablaban de él con una mezcla de entusiasmo y de temor. Entusiasmo, porque se sabían herederas de una artesanía que acompaña al hombre desde el principio de la Humanidad; temor, porque sabían que su trabajo estaba amenazado.

Mari Carmen Prieto fue la última de esta saga de alfareras que trataron de modernizar la industria. Pasaron de la rueda al torno eléctrico. Lo que no pudieron evitar es la invasión de otros materiales menos frágiles y más higiénicos y la modernización de las cocinas que, en muchos casos, prohibían el uso de los cacharros o sustituían los botijos por neveras.

Sin embargo, la alfarería de Moveros lucha por sobrevivir. Sus hijos Mari Carmen y Paco Pascual mantienen abierta la industria tradicional y participan en las ferias de artesanía que proliferan en verano. Paco ha estado en Alfabur este año (las fotos de cántaros y botijos son de su web: http://www.alfareriapacomoveros.com). Le acompaña una jovencita, su hija Mari Paz, que ha cogido el relevo familiar. ¿Porque no te gusta estudiar o porque te gusta el barro?, pregunto. No, no, porque me gusta, asegura. Paco dice que apunta buenas maneras y me señala una menina, obra de Mari Paz.

Me he traído la menina a casa. Me gusta mirarla. Puede que la ornamentación ofrezca lo que ya no ofrecen los utensilios. Sonríe la menina. Quizá aún hay esperanza.

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