Juana de Castilla, la Excelente Señora

En la frontera de los siglos XV y XVI dos son las mujeres que pueden llamarse con propiedad Juana de Castilla. Las dos fueron muy desgraciadas en su vida personal pero mientras una de ellas reinó, aunque solo fuera nominalmente, durante 49 años, la otra fue desalojada del trono mediante una revolución de los nobles y una campaña infamante. Ambas arrastraron apodos vejatorios: la Loca, una, Beltraneja, la otra.

La princesa cuyo recuerdo traigo hoy fue hija del rey Enrique IV de Castilla y de su segunda esposa, Juana de Portugal. Siendo aún príncipe heredero Enrique había casado con Blanca de Navarra, hija de la reina homónima y de Juan II, uno de los llamados Infantes de Aragón, que estuvo toda su vida empeñado en reinar en Castilla o, cuando menos, gobernar en ella. Acabó haciéndolo por persona interpuesta, la de su hijo, Fernando el Católico, nacido de su matrimonio con Juana Enríquez. Enrique era hijo, a su vez, de Juan II de Castilla y de la reina María de Aragón. A la muerte de ésta, el rey casó con Isabel de Portugal, con quien tuvo dos hijos: Alfonso e Isabel. (Anótese, para no perderse, que en ese siglo hubo un Juan II de Aragon, otro Juan II en Castilla y otro más en Portugal).

Este primer matrimonio de Enrique con Blanca de Navarra fue anulado alegando él que la novia le producía impotencia. Tan pronto como se vio soltero se casó con Juana de Portugal, de quien se destaca sobre todo su belleza y su ligereza de costumbres. Bien es verdad que en la pacata corte castellana del siglo XV cualquier cosa parecía ligereza, exceso y vanidad. Esta reina Juana viviría largas temporadas en Aranda, en la llamada Casa de las Bolas, donde se cree que fue engendrada su hija y donde tiempo después abortó un varón.

Todos los cronistas coinciden en que Enrique era poco aficionado el cumplimiento conyugal debido a una serie de enfermedades y alguna dificultad orgánica, razón por la que ha pasado a la historia como el Impotente. De hecho, Juana tardó siete años en quedar embarazada y, si hay que hacer caso al cronista viajero Jerónimo Munzer, el embarazo se produjo por inseminación artificial realizada por el médico judío Sumaya Lubel mediante una cánula. Comoquiera que fuese, la niña nació el 28 de febrero de 1462 sin que por entonces nadie pusiera en entredicho su origen y en su bautizo fue amadrinada por su tía la infanta Isabel, a la sazón de once años, luego llamada a muy altos destinos. En mayo de ese mismo año Juana fue jurada por las Cortes como princesa de Asturias, esto es, heredera del reino. Lo cual no era gran cosa en ese momento pues los nobles andaban soliviantados, y acostumbraban a manejar a los monarcas, incluido el propio Enrique, quien actuaba bajo el influjo y la tutela de Juan Pacheco, a quien había hecho marqués de Villena, y de su hermano Pedro Girón, maestre de Calatrava.

Enrique, débil de carácter y generoso con sus amigos, cayó bajo el influjo de un nuevo valido, Beltrán de la Cueva, a quien dio el título de duque de Alburquerque. Cuando los hermanos Pacheco-Girón se vieron desplazados del poder, organizaron una auténtica revolución con la complicidad de otros nobles y el apoyo del inevitable Juan II de Aragón. Como primera medida, en el Manifiesto de Burgos renegaron del juramento de fidelidad a la princesa Juana, asegurando que no era hija de Enrique sino del valido Beltrán de la Cueva -de ahí el apodo de la Beltraneja-, y proclamaron heredero a Alfonso, el hermanastro de Enrique. El nuevo heredero quedó en poder de Pacheco y a Isabel se pensó en casarla con Pedro Girón, con tan buen tino para el futuro de la novia que Girón murió enseguida. En junio de 1465 los nobles destronaron a Enrique, en la figura de un pelele, y coronaron al infante Alfonso, de once años, en la llamada farsa de Ávila.

Alfonso murió tres años después -probablemente envenenado- y los nobles enfrentados a Enrique IV nombraron sucesora a Isabel, ella se negó a ceñir la corona en tanto viviera su hermanastro pero reclamó su condición de heredera. Isabel coincidía con los nobles en el rechazo a su sobrina pero ella no porque dudara de su origen sino porque consideraba inválido el matrimonio de sus padres y deshonesta a la reina. Enrique, poco dado a la confrontación, llegó a un acuerdo con su hermana -el pacto de Guisando- por el que la reconocía como heredera a condición de que no se casara sin su permiso. No obstante, el rey en todo momento reivindicó su paternidad y trató a Juana como a su hija.

Enrique había planeado casar a su hermana con su cuñado Alfonso V, rey de Portugal, para así alejarla de Castilla, y a su hija Juana con un hijo de Alfonso, incluso con Fernando de Aragón, pensando que de esta manera acabaría heredándole. Pero Isabel, que tenía sus propios planes, el primero de los cuales era reinar en Castilla, en 1469 se casó en secreto con Fernando de Aragón -hijo del intrigante Juan II-. Cuando Enrique IV se enteró del enlace revocó el acuerdo de Guisando y volvió a nombrar como heredera a su hija Juana.

En 1474 murió Enrique IV. Al día siguiente, Isabel se proclamó reina de Castilla, contra cualquier consideración legal. La princesa Juana tenía doce años. Su madre, presa de una facción de los nobles, reclamó la ayuda de su hermano, el rey Alfonso V de Portugal.

Como primera medida, se acordó el matrimonio de tío y sobrina, enlace que tuvo lugar el 12 de mayo de 1475. Alfonso V entró en Castilla para defender los derechos sucesorios de su esposa, al mando de un ejército. Isabel y Fernando se dispusieron a defender el trono que creían les pertenecía. La guerra de sucesión se prolongó de 1475 a 1479 y se ganó más en las cancillerías europeas que en las armas, aunque la batalla disputada cerca de Toro en 1476 fue ganada por las tropas de Fernando. Éste negoció el apoyo de Francia y del papado, que revocó la dispensa matrimonial concedida con anterioridad a Alfonso, y, finalmente, ambos bandos suscribieron el Tratado de Alcáçobas por el que se reconocía a Isabel como reina de Castilla. El precio de la paz fue la princesa Juana a quien se dio a elegir entre esperar a casar con el heredero de los Reyes Católicos, entonces de un año de edad, o entrar en un convento. Tenía diecisiete años y eligió el monasterio de Santa Clara de Coimbra. Los portugueses acogieron con respeto a quien había sido su reina y le dieron el título y tratamiento de la Excelente Señora.

Los cronistas contemporáneos, sin excepción, defendieron el derecho de Isabel para reivindicar el trono. No hay que olvidar que los Reyes Católicos supieron rodearse de un equipo de redactores que conforman la mayor y más eficaz agencia de comunicación que han visto los siglos. Los historiadores modernos, sin embargo, presentan a Enrique IV como un hombre enfermo pero como un monarca moderno, autor de muchos de los programas que luego desarrollarían Isabel y Fernando: las Hermandades, la reforma monetaria, la Inquisición y, sobre todo, la unificación de los reinos, que era el objetivo de los Trastámara.

Para Isabel, que no debía de estar muy segura de su legitimidad, Juana fue la máxima obsesión durante toda su vida. Aunque se refería a ella despectivamente como “la mushasha”, puso especial empeño en vigilarla de cerca a través de sus propias hijas. Primero casó a su primogénita, Isabel, con el heredero portugués, Alfonso, y cuando murió éste, la casó con el rey Manuel, desoyendo las protestas de la princesa viuda, que quería ingresar en un convento. Tras la temprana muerte de Isabel concertó el matrimonio del viudo Manuel con la infanta María.

Por esas jugarretas del destino, cuando Isabel murió, el 26 de noviembre de 1504, su viudo, el rey Fernando, especuló -o permitió que lo hicieran en su nombre- con casarse con la Excelente Señora, a la que consideraba heredera de la corona, y de esta manera seguir reinando en Castilla. La hipótesis soliviantó no poco a su yerno Felipe el Hermoso, marido de la otra Juana de Castilla, hija y heredera de los Reyes Católicos. Como Felipe aspiraba también a reinar, suegro y yerno acordaron marginar a la reina Juana para repartirse la gobernación, declarando que su locura le impedía hacerlo a ella. El resto, es conocido. Muerto Felipe, Fernando se encargó de recluir a su hija en Tordesillas y de esta forma pudo, efectivamente, reinar sin obstáculos.

Juana, la Excelente Señora, vivió más fuera que dentro del convento, recibiendo siempre la consideración de la corte portuguesa. Así pudo conocer las sucesivas desgracias que padeció su tía, quien había usurpado el trono que le pertenecía. Ella, por su parte, firmó hasta el último día de su vida: “Yo, la Reina”. Murió el 12 de abril de 1530. El mismo día pero de 1555 le seguiría la otra Juana de Castilla, quien, con toda propiedad puede considerarse la primera reina de España.

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