Detesto los culebrones. Todo tipo de culebrones. Y, sin embargo, me he pasado un año leyendo una historia delirante sobre una familia poderosa. Si bien se mira, todas las historias se resumen en una lucha de poder. Así es la vida. La de los poderosos y la de los que no lo son ni lo han sido ni lo serán.

He conocido en este tiempo a una familia muy poderosa. La quintaesencia del poder. El desideratum. Unos padres con mando en plaza. Cinco hijos, peones para afianzar ese poder y ese mando. Un chico y cuatro chicas. La mayor y el hijo, favoritos de la madre. La menor, favorita del padre. La cuarta les ha salido modosa y sumisa. La tercera, preguntona e inquieta. Lista y aplicada. Una intelectual inconformista.

Los padres van casando a los chicos siguiendo el mapa de sus intereses. A la mayor la casan con el heredero del jefe de otro clan, para afianzar el negocio por el oeste; al heredero, con la hija de un superjefe como prenda de su amistad. A la pequeña la prometen con el hereu del que llevaba los fletes marítimos. Así sucesivamente.

A la inconformista la emparejan con un pollo que, sin ser un mindundi, es lo más parecido: un chiquilicuatre centroeuropeo que solo tenía una empresa de segunda. Antes de salir de la casa paterna le recordaron la consigna familiar, a saber: tu obligación es barrer para el negocio de tus padres. La chica dijo que naturalmente. Y marchó a casarse.

El chiquilicuatre resulta ser un niño consentido, además de un cabeza loca. Otro culebrón en sí mismo. Se ha quedado medio huérfano a los cinco años, cuando su madre se cayó del caballo. En su familia, la del dinero era ella, y el padre el del título. Esos cruces se repiten entre ricos y nobles desde el principio de los tiempos. Total, que la criatura se queda en la parte de la madre, con unos tutores que se dedican a atender los negocios de la casa y dejan al niño que haga su santa voluntad. Cuando al mozo empieza a salirle la barba a los tutores les entra el miedo de que le dé por meterse en los asuntos familiares y los desaloje de los despachos así que se dedican a llevarle de acá para allá para que estuviera entretenido. Un día a jugar al tenis, otro a hacer carreras, otro a participar en torneos y, entre pasatiempo y diversión, le van presentando a las chicas del lugar para que vaya aprendiendo lo que es bueno; todo menos dedicarle a cosas de provecho. Con estos antecedentes es fácil colegir que el chico resulta más aficionado a la diversión que al negocio. Se especializa en deportes al aire libre y en actuaciones de alcoba. Así es como puede iniciar a la inconformista -convertida ya en santa esposa- en unos conocimientos que nada tenían que ver con los negocios que interesaban a sus padres. De este modo, la chica descubre que, además de los negocios familiares, hay un mundo desconocido y muy apetecible. Todo legal. El resultado de ese adoctrinamiento connubial son seis niños en una década.

Pero, como es sabido, los ricos también lloran. Y los poderosos, otro tanto. A los padres de la saga se les van arruinando los planes como si los dioses del Hades se la hubieran jurado. Primero se les muere el hereu, según las malas lenguas por dedicarse full time a lo mismo que su cuñado y su hermana, pero así como la inconformista ha salido con una salud de roble, el chico resulta más bien enclenque y a los seis meses de revolcón intensivo la palma, dejando a su chica preñada de una criatura tan frágil como el padre, que no llega a vivir. A la madre le dan la noticia con cuidado pero así y todo, a poco le da el parasiempre.

2 thoughts on “Una de culebrones (I)”

  1. Culebrón culebrón, voy a ir dejando de bichear por el Internet que me está quitando de leer libros interesantísimos como el tuyo, y seguir buceando en su historia.

    Un beso

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