Retrato de su mujer (1933), indica la foto de Wikipedia en la entrada de Lorenzo Aguirre (1884-1942), pintor y cartelista, padre de la poeta Francisca Aguirre, fallecida recientemente. ¿Quién era la mujer de Aguirre? Poco más que su nombre sabemos de ella, lo que no resulta extraño si se tiene en cuenta que fue la esposa de un represaliado político, condenado a muerte y ejecutado a garrote vil en la cárcel de Porlier el 6 de octubre de 1942. Habida cuenta también lo poquísimo que sabemos de su hija, a pesar de que llegaría a ser Premio Nacional de Poesía

Francisca Benito Rivas fue la segunda mujer del pintor y la madre de sus tres hijas: Jesusa, también pintora, Margarita, y Francisca. Los primeros años de matrimonio debieron de ser felices: Lorenzo tiene éxito como cartelista, caricaturista, escenógrafo y pintor, mientras permanece en su puesto de policía, al que había accedido por oposición. Militante del PCE, es nombrado director de la Escuela de Policía y en septiembre de 1936, jefe superior de Policía de Madrid.

Al término de la guerra la familia al completo parte al exilio. En la casa de Madrid han dejado la mayor parte de su obra. En París y luego en el Havre tratan de conseguir pasaje para América, sin lograrlo. La familia decide volver a España, Lorenzo es detenido en la misma frontera y encarcelado, primero en la cárcel de Ondarreta, en San Sebastián y después en la de Porlier, en Madrid.

En Porlier escribe tres relatos dedicados a sus hijas, adaptación de un cuento clásico al carácter de cada una de ellas –la presumida, la soñadora, la valiente– ilustrados con la maestría del pintor.

Las niñas, que han sido internadas en un colegio de religiosas para hijas de rojos, se arrodillan inútilmente ante la hija del dictador Franco pidiendo clemencia para Lorenzo. El 6 de octubre de 1942 es ejecutado a garrote vil en el patio de Porlier.

La madre logra sacar adelante a sus hijas, con grandes dificultades pero indemnes moralmente. De la casa familiar de Madrid, que ha sido asaltada, consiguen salvar algunos cuadros del padre, que serán su único patrimonio. Hay que tener una enorme fortaleza y un no menor fondo de bondad para salir de aquel trance sin odio y sin maldad y esa fue la labor de Francisca Benito. Jesusa, a quien llaman Susy, la retratará reiteradamente.

Francisca, la mayor, poeta, relatará aquellos años en un poema dedicado a la madre: El último mohicano.

No tuve nada y, sin embargo, de algún modo, / comprendo que lo tuve todo. / No teníamos nada, nada / salvo el miedo, el dolor, / el estupor que produce la muerte. / Cuando mataron a mi padre / nos quedamos en esa zona de vacío / que va de la vida a la muerte, / dentro de esa burbuja última que lanzan los ahogados, / como si todo el aire del mundo se hubiese agotado de pronto. / Ahí nos quedamos, / como peces en una pecera sin agua, / como los atónitos visitantes de un planeta vacío. / Nada teníamos, / aunque también es cierto que ya nada queríamos. / Recuerdo bien que a mi hermana Susy y a mí / nos dieron la noticia en el cuarto de aseo / de aquel colegio para hijas de presos políticos. / Había un espejo enorme / y yo vi la palabra muerte crecer dentro de aquel espejo / hasta salir de él / y alojarse en los ojos de mi hermana / como un vapor letal y pestilente. / Nada ha logrado hacerme olvidar aquellos ojos, / salvo algunas horas de amor / en que Félix y yo éramos dos huérfanos, / Y el rostro milagroso de mi hija. / Y nada más tuvimos / durante mucho tiempo. / Pero mamá tuvo menos que nadie. / Mamá quedó como un espejo sin azogue. / Lo perdió todo / salvo un hilo delgado que la unía a nosotras, / y por aquel inconcebible puente / -como tres hormiguitas- / íbamos y veníamos a su estatua de vidrio / restituyéndole el azogue. / Volvió a nosotras desde el país del hielo / y volvió tan absolutamente / que gracias a ella, nosotras, que nada teníamos, / lo tuvimos todo. / Mamá fue nuestro Espasa, / fue nuestro Guerrero del Antifaz, / el País de las Hadas, / la abundancia dentro de la miseria, / nuestro mejor amigo, / nuestro escudo contra los moros, / la enamorada de las bellas artes, / la que hizo posible que papá no muriera, / la que lo fue resucitando en cada uno de sus cuadros. / Mamá fue quien nos dijo que mi padre admiraba a los griegos, / que adoraba los libros, / que no podía vivir sin música / y que fue amigo de Unamuno. / Cierto que no tuvimos nada, / que muchas veces nos faltaba todo. / Pero aunque algunos días no comimos, / tuvimos una radio para oír a Beethoven, / y un día de Reyes de mil novecientos cuarenta y cuatro / mamá y los tíos fueron al Rastro: / nos compraron tres libros: / La cuesta encantada, Nómadas del Norte / y El último mohicano. / Dios sabe cuántas veces habré leído estos libros. / Mamá nos trajo El último mohicano / y de la mano de ese indio solitario / entramos en el mundo de lo maravilloso / y lo tuvimos todo para siempre. / Y ya nadie podrá quitárnoslo.

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