Francisca Aguirre (1930-2019) es autora de unos versos profundos y desgarradores, ganadora del Premio Nacional de las Letras en 2018, a pesar de lo cual, apenas conocida. Ha tenido que morirse para que vengamos a recordar que, además, su vida muestra lo mejor y lo peor del país en que le tocó nacer.

Francisca -Paca- Aguirre nació en Alicante, primogénita del matrimonio formado por Lorenzo Aguirre, policía, caricaturista, escenógrafo, cartelista y pintor, que entonces ya empezaba a gozar de cierto prestigio como artista, y de Francisca Benito. El padre es nombrado director de la Escuela de Policía y en septiembre de 1936, jefe superior de Policía de Madrid. Después de Paca nacerán Jesusa -Susy- y Margarita. Sus primeros años fueron felices y luminosos, cerca del Mediterráneo. Todo se truncó con el levantamiento militar de 1936 y el triunfo del bando rebelde.

La familia Aguirre-Benito

Obligados a salir al exilio en Francia al término de la guerra civil, Lorenzo trató de encontrar pasaje para América, sin conseguirlo. En esa espera les sorprendió el inicio de la Segunda Guerra mundial y la familia decide volver a España, seguros de la inocencia del padre. Francisca y las niñas entran por Hendaya en febrero de 1940. Lorenzo, que tiene 55 años, se siente viejo y enfermo, espera hasta mayo. Es detenido en la frontera y encarcelado, primero en la cárcel de Ondarreta, en San Sebastián y luego en la de Porlier, en Madrid. Es acusado de falso artista, de auxilio a la rebelión (sic) y de rojo asesino, En la Causa General se le involucra en el asesinato de Calvo Sotelo. Finalmente, es condenado a muerte.

El 16 de julio de 1942, festividad de la Virgen del Carmen, Jesusa Aguirre, hermana de Lorenzo, mujer pudiente y de derechas, alquila un coche lujoso y se presenta en El Pardo con sus tres sobrinas y un ramo de flores, a felicitar a la hija del dictador Franco, Carmencita. Las hermanas Aguirre -de once, nueve y siete años- se disponen a pedir clemencia para el padre. Así lo contará Félix Grande años después en su libro La balada del abuelo Palancas: “Francisca Aguirre le recitó a aquella adolescente la felicitación por su onomástica y le entregó el ramo de flores, y entonces la hija del hombre todopoderoso vio con perplejidad cómo aquellas tres niñas se hincaban de rodillas ante ella y oyó cómo la mayor, arrodillada y mirándola fijamente a los ojos, le rogaba que transmitiese a su papá la súplica de cambiarle a Lorenzo Aguirre la condena de muerte por la de cadena perpetua”.

No sabemos si Carmencita transmitió a su padre la petición pero, si lo hizo, no tuvo ningún éxito. El 6 de octubre de ese mismo año el padre sería ejecutado a garrote vil. Las niñas, que han sido internadas en un colegio de monjas para hijas de presos políticos, conocerán la noticia ese mismo día. Una monja las llevó a la capilla a que rezaran para librar al alma de su padre del infierno. Estremece pensar en la escena, imaginar el pozo de maldad que hay que acumular, la ausencia total de misericordia, de caridad, de empatía de quien es capaz de tratar así a tres criaturas inocentes que acaban de perder al padre.

Francisca se prometió a sí misma no olvidar nunca. Y no olvidó. A los quince años entró a trabajar como telefonista. De formación autodidacta, se refugió en la lectura: Pablo Neruda, Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Blas de Otero, José Hierro, Antonio Machado… Luego, empezó a frecuentar las tertulias literarias madrileñas del Ateneo y del Café Gijón, donde conoció a Buero, Cortázar, Rulfo o Vallejo. También conoce allí a Félix Grande, con quien se casa en 1963. La pareja tendrá una hija, Guadalupe Grande, poeta también, y convertirán su hogar en lugar de acogida para poetas y músicos. Desde 1971 hasta su jubilación en 1994 Paca trabajará en el Instituto de Cultura Hispánica, donde será secretaria de Luis Rosales, su maestro y amigo.

La lectura de Kavafis le abrió una nueva perspectiva poética. En 1972 publicó Ítaca, su primera obra, donde trata de narrar la “odisea de Penélope”, la vida y la voz de las mujeres y de las personas obligadas al silencio, que le valió el premio Leopoldo Panero. En 1976 publica un poemario dedicado a su padre: Trescientos escalones, con el que gana el Premio Ciudad de Irún. Le sigue La otra música, dos años después.

Se tomará una pausa de diecisiete años hasta que en 1955 publique Que planche Rosa Luxemburgo, una recopilación de relatos breves, y Espejito, espejito, sus memorias. A estos libros en prosa le seguirán dos nuevos poemarios: Ensayo general (1996) y Pavana del desasosiego (1999) y en el 2000 una primera recopilación de su obra poética: Ensayo general. Poesía completa, 1966-2000. Ya en el nuevo siglo publicará La herida absurda (2006) y Nanas para dormir desperdicios (2007). Con Historia de una anatomía obtendrá en 2010 el Premio Miguel Hernández, y al año siguiente el Premio Nacional de Poesía. El mismo año publicaba Los maestros cantores y en 2012, Conversaciones con mi animal de compañía. Traducida al francés, inglés, italiano y portugués, en 2018 publicó una recopilación de toda su obra: Ensayo general y recibía el Premio Nacional de las Letras.

Aunque cronológicamente pertenece a la Generación del 50, ella se consideraba próxima a la Generación del 98 y a Antonio Machado. Declaró que para escribir la inspiró la guerra y el hambre. Definía la poesía como una herramienta del conocimiento que “sirve para sacar lo que llevamos dentro”. Y para contar su historia. La historia de una niña que sobrevivió a la maldad, la trocó en poesía y nunca olvidó a su padre.

Recuerdo que una vez, cuando era niña,
me pareció que el mundo era un desierto.
Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
las estrellas no tenían sentido,
y el mar no estaba ya en su sitio,
como si todo hubiera sido un sueño equivocado.

Sé que una vez, cuando era niña,
el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un socavón que se tragó a la vida,
un embudo por el que huyó el futuro.

Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
se me calló la sangre, como si de improviso,
sin entender por qué, me hubiesen apagado.

Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
Y un odio lacerante, una rabia homicida
que, paciente, ascendía hasta el pecho,
llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.

Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
y mientras él cantaba ante su caballete
se quedarían quietos los barcos en el puerto
y la luna saldría con su cara de nata.

Pero no volvió nunca.
Sólo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.

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