El recuento electoral del 28 de abril ha arrojado un balance dramático para el Partido Popular. En tres años ha perdido más de la mitad de sus diputados: de 137 han pasado a 66, y los 7.941.236 votos de 2016 (el 33,01%) se han quedado en 4.356.023 (el 16,70%). Peor ha sido en el Senado, de 130 senadores han pasado a 56. Desde el hundimiento de UCD en 1982 no se había producido un cataclismo semejante.

Sin embargo, observado desde la perspectiva democrática, lo raro es que haya tardado tanto en hundirse. En un país con hábitos democráticos más asentados el Partido Popular hubiera sido ilegalizado hace tiempo. Los procedimientos de administración económica -financiación ilegal- y de praxis política -manipulación de nombramientos en el ámbito judicial, organización parapolicial- son incompatibles con un sistema democrático. Que el resto de partidos tengan algunas vergüenzas semejantes que taparse no merma la responsabilidad del primero.

Dos son las vías que han conducido al partido conservador a la situación en que se encuentra, una tiene que ver con el fondo y otra con las formas y ambas conducen al hombre que se ha comido el marrón del hundimiento electoral: Pablo Casado, un chico bien de provincias afiliado al partido en su etapa de estudiante, en 2003. Dos años después ya estaba presidiendo las Nuevas Generaciones del partido, cargo en el que permaneció entre 2005 y 2013. Es el momento del reinado de Esperanza Aguirre.

La historia de Aguirre está por escribir. Cuando alguien se ponga a ello descubrirá la indigencia intelectual y ética de los políticos conservadores de esta época. Solo así se explica que personas como ella pudieran llegar adonde llegaron. Eso, y la proverbial falta de escrúpulos del caciquismo hispano. Esperanza Aguirre es la representación icónica del cacique moderno. Rica por su casa, populista, dicharachera, maniobrera, ambiciosa, con un objetivo fijo: hacerse con los mandos, caiga quien caiga. El modelo hizo fortuna y se expandió por los feudos conservadores convertidos en virreinatos a cual más corrupto, como se vería luego.

Esperanza Aguirre Gil de Biedma se licenció en Derecho en 1974 y en 1977 ya había ganado la oposición a técnico de Información y Turismo. Que por entonces el mandamás del área fuera su tío Ignacio Aguirre es un detalle irrelevante. En 1983 ya era concejala del Ayuntamiento de Madrid por la Coalición Popular. Allí permanece hasta que en 1996 José María Aznar gana las elecciones, al frente ya del Partido Popular, y la nombra ministra de Cultura. En 1999 es elegida presidenta del Senado, la primera mujer en ocupar este cargo.

En 2003 deja la presidencia senatorial para presentarse a la de la Comunidad de Madrid, donde el PP quedó a un escaño de la mayoría absoluta. PSOE e IU llegaron a un acuerdo de gobierno que daba la presidencia al candidato socialista, Rafael Simancas. En el momento de la votación, se constató la ausencia de dos parlamentarios socialistas, Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez. Estas ausencias dieron la presidencia a Esperanza Aguirre. Eso son los cimientos de su lanzamiento.

El asunto, conocido como el Tamayazo, puso al descubierto prácticas internas poco edificantes en los partidos socialista y popular y dejó en el aire la sospecha de una compra de votos por parte del PP que nunca se pudo demostrar legalmente porque el fiscal general del Estado, a la sazón Jesús Cardenal, nombrado por Aznar, bloqueó la investigación. Cuando la nueva presidenta de la Comunidad de Madrid constató que no podía formar gobierno convocó elecciones en las que obtuvo una confortable mayoría absoluta. Mayoría que repetiría en otras dos elecciones sucesivas.

Las peripecias vividas por Aguirre en esta etapa dan para un volumen de muchas páginas, algunas divertidas, la mayoría bochornosas. Desde la presidencia del PP madrileño creó una peculiar corte de honor formada por los muchachos de las Nuevas Generaciones. El prototipo de este grupo es un universitario remiso a aparecer por las aulas, deseoso de medrar en política: el modelo conocido como carromerismo. Es la época en que por la sede del partido corría el dinero como el cava por San Sadurní de Noia.

La prueba de fuego, el viaje iniciático de la particular cohorte que rodeaba a la presidenta, era Cuba: Esperanza gustaba de enviar a la isla embajadas para contactar con la oposición a Castro. Uno de estos embajadores fue Ángel Carromero, quien, en julio de 2012, conducía el coche que sufrió un accidente de tráfico en el que murió el opositor cubano Oswaldo Payá y otro acompañante. Procesado por exceso de velocidad y conducción incorrecta con resultado de homicidio imprudente, fue condenado a cuatro años de prisión. La diplomacia española maniobró cuanto pudo para librarle de la acusación de financiación ilegal a la oposición y luego, para acelerar la repatriación de Carromero. A finales de ese año, estaba de vuelta en España para cumplir el resto de pena. En enero de 2013 ya disfrutaba del tercer grado penitenciario y en febrero ni siquiera tenía que acudir a prisión. El partido extendió su protección laboral a Carromero que, hasta donde se conoce, tampoco terminó sus estudios universitarios. Como tantos otros militantes convertidos en funcionarios de la política, su única experiencia laboral es la atender los requerimientos del jefe de turno.

Cuando ocurría esta historia Pablo Casado presidía Nuevas Generaciones, de quien Carromero era lugarteniente. El propio Casado, eterno estudiante de Derecho, había viajado a Cuba en 2007 y se había reunido también con Payá, como relató en prensa.

Este es el fondo del asunto, esta es la escuela en la que se han formado los dirigentes que están al mando del Partido Popular. Un entorno corrupto que ha generado políticos con escasa o nula formación académica e intelectual, sin recursos profesionales, con hábitos marrulleros, de una pobreza intelectual y dialéctica que los incapacita para sostener un debate solvente, más duchos en el manejo del insulto que del argumento. Al mismo apartado pertenece Santiago Abascal, patrocinado y mantenido por Aguirre, líder ahora de Vox. Hiperprotegidos por la lideresa, no han tenido que demostrar otro mérito que su docilidad al mando para tener la vida resuelta.

En cuanto a la forma, todos ellos son herederos del método Aznar sin complejos, el que utiliza la mentira, el insulto, la descalificación del adversario. El triunfo de la mala educación, en suma. Casado, procedente del rico caladero de Castilla y León, ha disfrutado de la protección de José María Aznar, de manera que si Aguirre fue su maestra, el ex presidente fue su tutor. Con esos avales, y con lo que ya se conoce, es difícil creer que nadie pueda llegar muy lejos.

En consecuencia, lo mejor que le podía haber ocurrido al PP es que la sentencia que condenaba al partido por financiación irregular hubiera contemplado la ilegalización de la organización. Alternativamente, que sus responsables hubieran tenido el coraje de cancelar la inscripción en el registro de partidos y fundar uno nuevo con los cimientos saneados. No ha sido así porque los partidos españoles -a la izquierda, a la derecha y al centro del espectro político- no han aprendido a reconocer y subsanar sus errores.

Si la política es el arte de cambiar el mundo, un elemento esencial es su valor didáctico. A través de la política la ciudadanía aprende formas de entenderse. En los últimos tiempos, los partidos conservadores españoles lo único que han sido capaces de enseñar son las distintas formas de insultar y descalificar a los ciudadanos no conservadores, tan españoles, por lo menos, como ellos mismos.

Salvo una parte de UCD, la España moderna nunca ha tenido un partido conservador homologable a la derecha europea. Un partido ilustrado, respetuoso, capaz de pactar las reformas necesarias sin renunciar a su ideología. Con un Partido Socialista todavía en fase de recuperación y Unidas Podemos en el decantador, la necesidad de ese partido conservador moderno, ilustrado y verdaderamente patriota, se presenta más necesario que nunca, pero, vistos los modos de Ciudadanos y descartado ese exudado de Atapuerca que es Vox, habría que empezar de cero.

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