Ernestina de Champourcin

Ernestina de Champourcin (Vitoria, 10 de julio, 1905 – Madrid, 27 de marzo, 1999) fue la primera mujer entre la generación de poetas del 27, Gerardo Diego la incluyó en su antología de Poesía española contemporánea en 1934. Como tantas figuras de su generación, tuvo que salir al exilio al término de la guerra civil. Ella volvió a España y siguió escribiendo hasta el final de sus días, en soledad y olvidada, refugiada en sus creencias religiosas.

Ernestina vino a nacer en una familia aristocrática, tradicional y culta que le permitió crecer entre libros, leer y escribir en francés e inglés y disponer de una amplia biblioteca. Tenía diez años cuando la familia se trasladó a Madrid. Cursó el bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros. No fue a la universidad porque entonces las mujeres menores de edad debían ir acompañadas por una persona adulta y ella pretendía acceder en condiciones de normalidad.

Descubre la poesía como vehículo de expresión en primer lugar con Humberto Pérez de la Ossa, entonces prometedor poeta, con el que mantuvo una breve relación amorosa, rota a petición de la familia. Con él conocerá también otros ambientes sociales menos tradicionales y privilegiados de los que le eran habituales. En 1923 empieza a publicar en revistas madrileñas. Desde 1926 colaborara con el Lyceum Club Femenino. Allí coincidirá con Carmen Baroja, una de las socias mayores, quien la verá como “una muchacha un poco rara que hacía muchos gestos por algo histérico que sin duda tenía y que se casó con un gamberro, que creo que también hacía versos y se llamaba Domenchina”.

Ese mismo año publica su primer libro, costeado por su padre: En silencio. El poemario obtuvo buenas críticas, excepto en el ámbito familiar. Pasado el tiempo, ella renegará de este libro que considera malo sin paliativos. En el ambiente elegante y exquisito en el que ella se desenvuelve, que una mujer se dedique a escribir es una rareza. Nina, como es conocida en familia, cuenta que un joven de su círculo le preguntó un día: “No juegas al bridge, no bailas, entonces, ¿para qué sirves?”.

Poco tiempo después, conoce a Juan Ramón Jiménez. Con él y con Zenobia Camprubí, su mujer, establecerá una amistad duradera y fructífera. Jiménez la habla de los poetas que vale la pena conocer: Alberti, Aleixandre, Cernuda, Guillén, Lorca, Carmen Conde, grupo al que ella se une enseguida, y también otros extranjeros. Con Carmen Conde, que en ese momento vive en Cartagena, inicia una correspondencia y una amistad que, con algún altibajo, durará toda la vida. En esas cartas ambas expresan sus preocupaciones, sus sueños y los problemas que encuentran en su camino para conseguirlos.

Por indicación de Juan Ramón, Ernestina empieza a publicar en algunas revistas importantes de la época, críticas literarias que ella se resiste que sean ubicadas en secciones consideradas “femeninas”, sino en las que correspondía a su condición de escritora. En 1928 publica su segundo poemario: Ahora, al que en 1931 seguirá La voz en el viento. A pesar del reconocimiento público que obtiene su poesía, ni ella ni ninguna otra mujer es incluida en la primera edición de la Antología de la poesía española contemporánea que Gerardo Diego publica en 1932, considerada como el registro de la Generación del 27. En la segunda edición (1934) Diego incluirá a Ernestina, a requerimiento de Juan Ramón Jiménez, y a Josefina de la Torre, defendida por Jorge Guillén.

La llegada de la República supone una ruptura con su familia, monárquica y conservadora, pues ella, aunque no milita en ningún partido, se considera una mujer moderna, partidaria de la igualdad entre mujeres y hombres y de su propia autonomía personal. Todo ello sin perder el sentimiento espiritual, que no abandonará nunca.

Tras un periodo de silencio, en 1936 vuelve a publicar, ahora por partida doble. Aparece su cuarto poemario –Cántico inútil-, en el que canta al amor humano, y su única novela –La casa de enfrente-, recibidos ambos con buenas críticas. En su novela, Ernestina utiliza a la protagonista para hacer un análisis de la educación y socialización de las niñas burguesas en los primeros años del siglo XX, apostando por la educación de las mujeres para conseguir la igualdad.

En ese tiempo mantiene una relación con el crítico y escritor Juan José Domenchina, que es también secretario de Manuel Azaña. A su amiga Carmen Conde le confiesa que no piensa casarse porque no le atrae el matrimonio burgués, extremo que escandaliza a su familia. No obstante, la pareja se casa el 6 de noviembre de 1936.

La guerra civil rompe dramáticamente su progresión literaria. “Fue como si los caminos normales se hubieran cerrado y nadie supiera con seguridad por dónde tenía que andar… solo sé que Madrid se transformó súbitamente y que los yos de todos eran unos yos distintos con los que no sabía uno como enfrentarse”, escribirá años después en La ardilla y la rosa: Juan Ramón en mi memoria. Podrá comprender cabalmente cuánto han cambiado las cosas cuando se ve forzada a abandonar el cuidado de los huérfanos de guerra en la Junta de Protección de Menores cuando un cartero la reconoce como una aristócrata y Zenobia Camprubí le pide que no vuelva. Pasó entonces a trabajar como enfermera en el hospital de sangre con Dolores Azaña.

Domenchina es nombrado jefe del Servicio Español de Información y, en 1938, secretario del Gabinete Diplomático de Azaña. Acabada la guerra, la pareja opta por el exilio, primero en Toulouse y, con ayuda de Alfonso Reyes, en México, donde llega en 1939. Por razones diversas, el matrimonio no es bien aceptado por el exilio español. Domenchina, especialmente, se siente desplazado, no consigue arraigar, cae en un estado de apatía. Ernestina es quien busca trabajo para sostener a la familia -con ellos han viajado la madre, una hermana y dos sobrinos del marido-. Aprovecha su buena formación y hace traducciones, es contratada por el Fondo de Cultura Económica, consigue salir adelante.

En 1949, en un viaje a Estados Unidos entra en contacto con un grupo religioso, recuperando así su vida espiritual, que había atravesado una crisis. En 1952 ingresará en el Opus Dei. El equilibrio espiritual le conduce de nuevo a la escritura; en adelante, su poesía cantará al amor divino. En 1952 publica Presencias a oscuras, su primer libro en el exilio, al que seguirán Cárcel de los sentidos y El nombre que me diste en 1960. La muerte de Domenchina en 1959 acentuará su misticismo en la poesía y su entrega a obras sociales, algunas relacionadas con las mujeres indígenas.

En 1972 vuelve a España, donde ya solo le espera la soledad y la ausencia. En parte porque el país vive su propia búsqueda, en parte porque han desaparecido quienes fueron sus amigos y, en no menor medida, por su adscripción a un grupo religioso que es observado con suspicacia por su hermetismo y su afán de poder, Ernestina no encuentra compañía ni reconocimiento y se siente exiliada en un país que ya no reconoce como suyo. En 1978 publicará Primer exilio, pero será en los sucesivos poemarios donde expresará su sentimiento de soledad, la añoranza por lo perdido, la amargura de la vejez: La pared transparente (1984), Huyeron todas las islas (1988), Los encuentros frustrados (1991), Del vacío y sus dones (1993), Presencia del pasado (1996).

En 1989 recibió el premio Euskadi de Literatura en la modalidad de poesía; en 1991, el premio Mujeres Progresistas, y en 1997, la medalla al Mérito Artístico del Ayuntamiento de Madrid. En 1992 había sido nominada al Príncipe de Asturias de las Letras, que recibió Francisco Nieva.

Morirá sola, el 27 de marzo de 1999. “Cuando a alguien le interesan las cosas que cuento, me siento feliz. Pero esto ocurre pocas veces”, había escrito en su diario.

Si te interesa el personaje quizá te guste:

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.