Concepción Méndez Cuesta nació el 27 de julio del fatídico año 1898 y tuvo la mala fortuna de coincidir con una pléyade de personas ilustres, ilustradas y valerosas -la Generación del 27- que destacaron en los ámbitos literarios y artísticos. Pero tuvo, sobre todo, la mala suerte de haber nacido mujer porque, siendo todos ellos maltratados por la historia, las mujeres han sido directamente olvidadas. Para colmo, se relacionó con hombres brillantes cuya sombra la ha cubierto tan indebida como injustamente. Vivió la vida en sucesivos exilios: poéticos y reales.

Nacida en una familia acomodada, recibió una educación por encima de lo que era habitual en ese tiempo. Fue campeona de natación y también destacó en gimnasia. Como era costumbre entre las familias ricas de principio de siglo, veraneaba en San Sebastián. Allí conoció en 1919 a Luis Buñuel, que fue su primer novio y con quien mantuvo una relación de siete años. También conoció a Maruja Mallo y, a través de ella, a Rafael Alberti, Luis Cernuda y Federico García Lorca. Con la surrealista Mallo vivió lo que llamó el primer exilio; su influencia se percibe en las publicaciones de aquellos años: Inquietudes (1926), Surtidor (1928), Canciones de mar y tierra (1930).

Viajó mucho y sola, algo igualmente inusual en la época, a Inglaterra, Uruguay, Argentina. A través de Guillermo de Torre, escritor y crítico y cuñado de Borges, que dirigía la sección literaria del periódico La Nación de Buenos Aires, inició la publicación de un poema por semana en el periódico. Allí se hizo amiga de Consuelo Berges, periodista y escritora, y Alfonsina Storni, poeta modernista. Sería su segundo exilio.

Volvió a España tras la proclamación de la República y pronto se hizo un hueco en las tertulias literarias madrileñas. García Lorca le presentó a Manuel Altolaguirre con quien se casaba el 5 de junio de 1932, ambos vestidos de verde y con un ramo de perejil. Testigos del enlace fueron el propio Lorca, Aleixandre, Cernuda, Guillén, Jiménez y Moreno Villa. Al salir de la ceremonia Juan Ramón iba lanzando monedas a los niños, invitándoles a gritar: ¡Viva la poesía! ¡Viva el arte!.

Méndez y Altolaguirre crearon la imprenta La Verónica, donde editaban la revista Héroe, que publicó las obras de toda la generación del 27. Editaron poemarios y revistas como 1616 -evocando el año de la muerte de Cervantes y Shakespeare-o Caballo Verde para la Poesía, que dirigía Pablo Neruda. Además de poesía, Concha escribió en este tiempo pequeñas piezas de teatro, dirigidas principalmente a un público infantil.

En 1933 la pareja se trasladó a Londres, donde permanecieron dos años. Concha vivió en ese tiempo la experiencia de perder al hijo que esperaba, que luego plasmó en su libro Niño y sombra (1936). En 1935 nació su hija Paloma y vuelven a España. Cuando se produce el levantamiento militar de 1936 el matrimonio se declara a favor de la República pero Concha y la niña dejan Madrid y durante un tiempo se refugian en Bélgica, Francia o Inglaterra. A punto de finalizar la guerra civil Concha se reúne con su marido en Barcelona y juntos parten al exilio, esta vez real, primero en París y luego, en La Habana, donde estarán hasta 1943.

Durante su estancia cubana vuelven a constituir otra imprenta que llaman del mismo modo: La Verónica, en la que publicarán una colección de poesía que titulan El ciervo herido. En 1944 se trasladan a México y se rompe el matrimonio. Altolaguirre había iniciado una relación con la cubana María Luisa Gómez Mena. En 1959 la pareja muere en un accidente de coche en Cubo de Bureba (Burgos).

Concha había participado en la actividad de la imprenta al tiempo que mantenía su actividad poética por encima de vicisitudes: El Solitario (1938), Villancicos de Navidad, Sombras y Sueños (1944), pero a partir de 1944 paralizó la publicación de sus poemas, que no recuperará hasta 1976 con una Antología poética. Su último libro apareció en 1979: Vida o río. En 1966 había hecho un viaje rápido a Madrid pero enseguida volvió a México, donde murió el 7 de diciembre de 1986.

Rubén Darío la definió como “muy moderna, audaz, cosmopolita” y el retrato se ajusta fielmente a la personalidad de Concha, una mujer adelantada a su tiempo, aficionada al deporte, al cine, a la aventura, a los viajes. Sin embargo, siempre fue vista en función de los hombres con los que se relacionó: Buñuel, Altolaguirre; sus amigos: Lorca, Cernuda, Jiménez. Gerardo Diego no la incluyó en su Antología poética, a pesar de la indudable calidad de su obra. Ni siquiera se considera su papel como impresora a pesar de haber trabajado en las imprentas con la misma dedicación que su marido.

Su nieta, Paloma Ulacia Altolaguirre, recordaba las visitas que llegaban a casa de Concha en México interesándose por sus contemporáneos. “No recuerdo que fuera nadie a preguntarle quién era ella”, añadía. Así que en 1991 publicaba Memorias habladas, memorias armadas, donde recogía las conversaciones mantenidas con la escritora, con las que, según Paloma Ulacia, “quiso regresar a España y encontrar el lugar que le correspondía dentro de la historia literaria”.

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