Toda su vida luchó contra corriente, contra un entorno hostil a su clase y a su género, incluso contra sus correligionarios. Consiguió que las Cortes aprobaran el derecho al voto de las mujeres pagando por ello un alto precio personal, incluido el de morir lejos del país que contribuyó a modernizar, pero, casi nueve décadas después, Clara Campoamor sigue siendo la imagen y el legado de la República española. Las españolas tenemos con ella una deuda de gratitud.

Cuando nació, en Madrid, el 12 de febrero de 1888, las mujeres estaban subordinadas al poder masculino: a sus padres, a sus hermanos, al clero… eternamente menores de edad. Su padre, Manuel Campoamor, era contable en un periódico y su madre, María Pilar Rodríguez, costurera. La pareja tuvo tres hijos pero uno murió temprano.

La muerte del padre, cuando Clara tenía diez años, obligó a la niña a abandonar sus estudios para trabajar en oficios varios con los que ayudar a la economía familiar. Fue modista, dependiente, telefonista, hasta que en 1909 consiguió plaza de auxiliar femenina de segunda clase en las oposiciones al cuerpo de Telégrafos del Ministerio de Gobernación. Fue destinada unos meses a Zaragoza y luego a San Sebastián, donde permaneció cuatro años. Volvió a Madrid en 1914, cuando aprobó la oposición convocada por el Ministerio de Instrucción Pública. Como no había cursado el bachillerato se le encomendó la enseñanza de taquigrafía y mecanografía en las Escuelas de Adultas, enseñanzas que alternó con traducciones de francés y trabajos de mecanografía en el Servicio de Construcciones Civiles del mismo ministerio. También ejerció como secretaria de Salvador Cánovas, director del periódico conservador La Tribuna, donde empezó a interesarse por la política y por el periodismo y a publicar algún artículo.

Finalmente, obtuvo el título de bachillerato y en 1924 se licenció en Derecho. Cuando en 1925 se registró en el Colegio de Abogados de Madrid, ella y Victoria Kent eran las únicas mujeres abogadas. En 1928 tomó parte en la creación de la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas; en 1930 contribuyó a crear la Liga Femenina Española por la Paz y fue delegada de España en la Sociedad de Naciones. Trabajó en el Tribunal de Menores con Victoria Kent y Matilde Huici. Como abogada defendió dos de los casos de divorcio más célebres en su momento, el de la escritora Concha Espina de Ramón de la Serna y el de la actriz Josefina Blanco del escritor Valle Inclán. También fue la primera mujer en intervenir ante el Tribunal Supremo sobre cuestiones referidas a las situación jurídica de las mujeres.

En esos años se aproximó al PSOE, prologó el libro Feminismo socialista de María Cambrils, dedicado a Pablo Iglesias, pero su oposición a la dictadura de Primo de Rivera, con el que el partido socialista estaba colaborando, le alejó del partido. En 1929 participó en la organización de la Agrupación Liberal Socialista, que tuvo una corta vida. Intervino en la creación y formó parte del Consejo Nacional del partido Acción Republicana, con el que pretendía aglutinar a todos los partidos republicanos bajo la presidencia de Manuel Azaña, objetivo que no conseguiría. Acabó afiliándose al Partido Republicano Radical, fundado por Alejandro Lerroux, que se declaraba democrático, laico, liberal y republicano. Como abogada defendió a algunos de los implicados, entre ellos a su hermano Ignacio, en la rebelión de Jaca liderada por Fermín Galán y Ángel García Hernández.

En 1931 fue elegida diputada por Madrid por el Partido Radical y pasó a formar parte del equipo redactor de la nueva Constitución, formado por 21 diputados. En aquellas Cortes constituyentes tuvo un papel muy activo para que las nuevas leyes consagraran la igualdad entre hijos e hijas cualquiera que fuera la situación legal de sus padres, en favor del divorcio y, en general, por la no discriminación de género, pero muy especialmente por el sufragio universal, esto es, por el voto de las mujeres, que hasta entonces podían ser elegidas pero no electoras. Este es el único punto que no consiguió incorporar a la Constitución republicana, por lo que tuvo que volver a pelearlo ya en debate parlamentario.

Los partidos de izquierda se enfrentaban por aquellos días a una contradicción interna entre la defensa del derecho al sufragio de las mujeres y la creencia de que ese voto iba a estar manipulado en buena parte por el clero y los partidos conservadores y que serviría, por tanto, para mantener en el poder a las derechas. Solo una minoría de socialistas y algunos republicanos defendían la igualdad de derechos, independientemente de sus consecuencias. Y así se vio la confrontación de posiciones entre dos mujeres brillantes y comprometidas: Clara Campoamor, defensora del sufragio sin fisuras, y Victoria Kent, partidaria de posponer el reconocimiento de ese derecho. En aquel debate se esgrimieron argumentos como el carácter supuestamente histérico y sumiso de la mujer; se llegó a proponer que las mujeres pudieran votar a partir de los 45 años, una vez adquirida la serenidad aportada por la menopausia. Ella colocó a los diputados frente a su propio histerismo y les urgió a no cometer “un error que no tendréis suficiente tiempo de llorar”.

Busto de Clara Campoamor en el Congreso de los Diputados

La votación final se saldó con una victoria de los partidarios del sufragio femenino por 161 a favor y 121 en contra. Votaron a favor la mayoría de los diputados del PSOE, de Esquerra Republicana de Cataluña, de los partidos de derecha y pequeños partidos republicanos. Del partido de Campoamor solo cuatro votaron a favor. Como años más tarde recordó el periodista Isaías Lafuente -autor de una biografía imprescindible de Campoamor, La mujer olvidada– ella es “la única sufragista en el mundo que lo logró (el voto femenino) desde la tribuna de un parlamento”.

Efectivamente, en las primeras elecciones que pudieron votar las mujeres ganó la CEDA, coalición de partidos de derecha, y la izquierda culpó a Campoamor de su derrota. Ni ella ni Victoria Kent resultaron elegidas.

En diciembre de 1933 había sido nombrada directora general de Beneficencia. Cuando se produce la rebelión de Asturias, en 1934, se desplaza a Oviedo a ayudar a los hijos de los mineros muertos o presos, pero dimite del cargo poco después por discrepancias con el ministro. La dura represión en Asturias junto a la falta de interés que muestra el Partido Radical por todas las cuestiones referentes a la situación de desigualdad de las mujeres, la lleva a salir del mismo. Intentó afiliarse a Izquierda Republicana pero fue rechazada.

Clara relató aquellas vicisitudes en su libro Mi pecado mortal. El voto femenino y yo. Le siguió La revolución española vista por una republicana, escrito ya en París, donde expresa sus críticas a los partidos republicanos. “Estoy tan alejada del fascismo como del comunismo”, escribiría, y esta independencia de juicio, su distanciamiento de unos y de otros, habría de costarle caro. Su claridad de juicio le permitió atisbar el futuro tras el levantamiento militar: “La victoria total, completa, aplastante de un bando sobre el otro, cargará al vencedor con la responsabilidad de todos los errores cometidos y proporcionará al vencido la base de la futura propaganda, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras”.

Campoamor se exilió poco después del alzamiento militar, primero en París y luego en Buenos Aires. Se dedicó entonces a dar conferencias y a escribir. De esa época son sus biografías: El pensamiento vivo de Concepción Arenal, Sor Juana Inés de la Cruz, Vida y obra de Quevedo. Años después pensó en volver a España pero su condición de masona la colocaba bajo sospecha del Tribunal de Represión de la Masonería y se instaló en Lausanne (Suiza), ejerciendo su profesión de abogada. Allí murió el 30 de abril de 1972. Sus restos descansan en el panteón de la familia Monsó Rius del cementerio de Polloe de San Sebastián.

Hubo que esperar a la muerte del dictador Franco para que su propio país empezara a reconocer la aportación de Campoamor a la democracia española. Centros escolares y culturales, asociaciones y vías públicas empezaron a tomar su nombre. Correos le dedicó un sello al cumplirse el centenario de su nacimiento; en 2006, cuando se cumplían 75 años de la aprobación del voto femenino, se instaló un busto suyo en el Congreso de los Diputados; ese mismo año el ayuntamiento de Madrid instalaba otro busto de la diputada, obra del escultor Lucas Alcalde, en la plaza de la Guardia de Corps, obra que fue objeto de repetidos ataques vandálicos y, finalmente, robado en 2016; una réplica del mismo fue repuesta en 2018. En 2007, el Ministerio de Fomento bautizó con el nombre de Clara Campoamor uno de sus buques de salvamento marítimo; en 2011, la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre acuñó una moneda conmemorativa de plata con su efigie por un valor facial de 20 euros; ese mismo año el ayuntamiento de San Sebastián instaló una escultura de Campoamor, realizada por Dora Salazar, que puede contemplarse en la Plaza de Vinuesa, próxima al paseo de la Concha de la ciudad. En 2006 el ayuntamiento de Madrid creó un premio con el nombre de Clara Campoamor que, por una suerte de justicia poética, en su primera edición recayó en María Telo. En la reedición de la obra El voto femenino y yo, Concha Fagoaga y Paloma Saavedra citaban la carta en la que Campoamor confesaba a Telo: Creo que lo único que ha quedado de la República fue lo que hice yo: el voto femenino.

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