Catalina nació en un mundo hostil y la desgracia fue su compañera. Su padre había muerto cuatro meses antes y su madre huía de una corte empeñada en casarla antes incluso de que hubiera dado a luz el último vástago de su difunto marido. Fue a nacer en un pequeño pueblo de Castilla y sus primeros 18 años los pasó recluida con su madre. Ciñó la corona de Portugal pero vio morir a su marido, a sus hijos y a su nieto. Con ella Portugal pasa a España.

Su madre, la reina Juana de Castilla, había llegado a Torquemada la nochebuena de 1506 y el 14 de enero siguiente dio a luz allí una niña, que tomó el nombre de su tía Catalina, la reina de Inglaterra. Era el sexto vástago del matrimonio de Juana y Felipe de Austria, conocido como el Hermoso, hija póstuma del rey, quien había muerto en Burgos el 25 de septiembre de 1506.

Casa donde la tradición señala que nació la infanta Catalina

Juana se proponía llevar el cadáver de su esposo a Granada para depositarlo junto al de su madre, la Reina Católica, temerosa de que los borgoñones robasen el ataúd para trasladarlo a Flandes y mostrándolo como su escudo frente a quienes pretendían casarla para que Castilla tuviera rey y no reina.

Como por entonces la peste asolaba las tierras castellanas, la comitiva regia tuvo que salir de Torquemada, se trasladó a Hornillos de Cerrato, luego a Tórtoles de Esgueva y a Santa María del Campo para descansar, finalmente, en Arcos de la Llana. De allí saldrían madre e hija el 16 de febrero de 1509 camino de Tordesillas, donde Juana permanecería recluida hasta su muerte, el 12 de abril de 1555.

Primero su abuelo, el rey Fernando el Católico, y luego su hermano Carlos de Austria -I de España y V de Alemania- encomendaron la gobernación de la casa de la reina a gobernadores siniestros – mosen Luis Ferrer o Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia – que trataron a madre e hija con una falta de piedad cuyo recuerdo causa dolor. La niña es descrita por el historiador Manuel Fernández Álvarez como “de aspecto gracioso y dulce, con hermosos cabellos rubios”, pasa su primera infancia sin salir de palacio, en unas habitaciones mal ventiladas, mal vestida y soportando escasez en las comidas. Su vestimenta se reducía “a una saya de paño ordinario, una especie de manteleta de cuero y un adorno de cabeza de tela blanca”.

Tenía diez años cuando llegan de Flandes sus hermanos Leonor y Carlos, este con el propósito de ceñir la corona de su madre, un año después de la muerte de su abuelo Fernando el Católico. Carlos, que en ningún momento se apiadó de su madre, sí lo hizo de su hermana. En primer lugar quiso sacarla del palacio sin que su madre se percatase, sabiendo que ella no daría su permiso. Mandó abrir un hueco en el muro de la habitación que ocupaba la infanta y por allí fue descolgada hasta la calle la noche del 15 de marzo de 1518. Pretendía que la niña recibiera el trato y la educación correspondiente a su rango. Catalina, cuentan las crónicas, se debatió entre su amor filial y el natural deseo de vivir como cualquier niña de su edad y, finalmente, aceptó la propuesta de su hermano “no sin verter muchas lágrimas por no poder despedirse de su madre”.

Cuando la reina se percata de la ausencia de su hija pequeña -la única que no le habían arrebatado- llora, grita y promete no comer, ni beber, ni dormir hasta que Catalina vuelva a su lado. Carlos comprende que su madre no va a ceder y devuelve a la niña a Tordesillas pero introduce algunos cambios: manda traer pajes de la edad de la infanta para que se relacione con personas de su edad, mejora el estado de las dependencias que ocupa, nombra como maestro y tutor a Juan de Ávila -confesor de la reina- y autoriza algunas salidas de su hermana. Todo ello con el estricto control de los marqueses de Denia, que no se recatan de esquilmar a la reina y de maltratar a madre e hija, como relata Catalina a su hermano en 1522, burlando la censura de los marqueses.

Entre los niños que se instalan en el palacio de Tordesillas para acompañar a la infanta hay uno -Francisco de Borja- que alcanzará gran fama en la corte y en el mundo eclesiástico, cuya amistad conservará toda su vida y quien acompañará a la reina Juana en sus últimos momentos.

Catalina dejará a su madre el enero de 1525 para contraer matrimonio con su primo el rey Juan III de Portugal, hijo de Manuel el Afortunado y de María, hermana menor de la reina Juana. Carlos tenía en mente integrar a Portugal en la corona de Castilla por lo que previamente había tratado de casar al heredero portugués con Leonor, su hermana mayor, quien acabaría esposando con el padre, el rey viudo Manuel, que había estado casado con Isabel y María, hijas ambas de los Reyes Católicos. Carlos conseguiría sus propósitos con Catalina. Para financiar la boda y dotar a la novia, Carlos se había apoderado de una parte del joyero de su madre, sustituyendo los objetos de valor por piedras, robo que su madre conocerá tiempo después. La novia llega a una corte rica y floreciente, en plena expansión hacia Asia por el este y a Brasil por el oeste.

La pareja, nietos ambos de los Reyes Católicos, tuvo nueve hijos: Alfonso, muerto al poco de nacer; María Manuela, que casó con su primo Felipe II y murió al dar a luz al futuro príncipe Carlos, de trágica memoria igualmente; Isabel y Antonio, que murieron al año de nacer; Beatriz; Manuel, muerto a los seis años; Felipe, muerto a la misma edad; Dionisio, que no llegó a cumplir los dos años; entre los varones solo Juan Manuel, octavo de los hijos, nacido en 1537, proclamado heredero en 1539, alcanzó a cumplir los 15 años.

En ese momento -el 11 de enero de 1552- se concierta su boda con Juana de Austria, hija de Carlos I y de Isabel de Portugal; los novios son primos por partida doble. El matrimonio duró poco pues el príncipe era de naturaleza enclenque y murió el 2 de enero de 1554, dejando a Juana embarazada de un niño que nació el día 20 de ese mes y que reinaría como Sebastián I.

Carlos, poco dado a sentimentalismos familiares, mandó llamar a su hija para encomendarle la regencia de los reinos hispanos, cuando él viajó a Alemania para abdicar la corona imperial en su hermano Fernando y Felipe II estaba en Inglaterra preparando su boda con la reina María. Juana dejó al pequeño Sebastián, de solo cuatro meses, al cuidado de la reina Catalina -que era a un tiempo su suegra y su tía- y no volvió a ver a su hijo nunca más. De esa época es el retrato que el pintor Antonio Moro hizo de Catalina, que puede contemplarse en el museo del Prado.

El rey Juan III muere el 11 de junio de 1557, deja como único heredero a Sebastián, niño de tres años, y a Catalina como regente. Carlos hizo entonces algún intento de unir Portugal a su corona pero Catalina defendió con tesón los derechos de su nieto. Trató de casar a Sebastián con la infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, pero parece que el joven era poco inclinado a las mujeres y declinó la oferta.

En 1562 Catalina cedió la regencia a su cuñado, el cardenal Enrique, y se retiró a atender sus obras de caridad. Si su marido, Juan III, ha pasado a la historia con el apelativo del Piadoso ella no le quedó a la zaga. Esa religiosidad, mezcla de fe e intolerancia, le permitió resignarse a la muerte de siete de sus hijos sin haber superado la infancia, a la del heredero a los 17 años y la de su hija María Manuela a los 18. Mantuvo toda la vida la amistad con Francisco Javier, también con Ignacio de Lozoya, a quien la iglesia proclamaría santos. Favoreció la expansión de la Compañía de Jesús, que influyó grandemente en su nieto.

Escultura de la infanta Catalina en Torquemada, obra de Sergio García

Catalina murió en Lisboa a los 71 años, el 12 de febrero de 1578, siete meses antes de que su nieto, el rey Sebastián, perdiera la vida en la batalla de Alcazarquivir. Le sucedió en el trono el cardenal Enrique. Al morir este dos años después sin herederos las cortes portuguesas debían decidir quien de entre los aspirantes sería el rey. Felipe II no esperó a la decisión: ordenó la invasión militar amparándose en sus derechos sucesorios y al año siguiente fue reconocido como rey. La unión de Portugal con los reinos hispánicos duró sesenta años. En 1640 los nobles portugueses proclamaron como rey al duque de Braganza, con el título de Juan IV. España reconoció la independencia en 1668 mediante el tratado de Lisboa, firmado durante la minoría de Carlos II.

En Torquemada, una escultura del escultor palentino Sergio García recuerda desde 2007 que allí nació la infanta Catalina, niña infeliz y mujer poco afortunada, que llegó a ser reina de Portugal.

Si te interesa el personaje, puedes encontrar más información en este y otros libros:

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