Catalina fue la hija menor de Isabel y Fernando de Trastamara, los Reyes Católicos. Nació en el palacio arzobispal de Alcalá de Henares el 16 de diciembre de 1485, tomó el nombre de su bisabuela Catalina de Lancaster, fue infanta de Castilla y de Aragón, princesa de Gales y reina de Inglaterra pero murió recluida en el castillo inglés de Kimbolton. La suya fue una vida de dignidad y tragedia, trufada de sinsabores.

Recibió una esmerada educación, muy superior a lah que era normal en la época incluso entre las reinas: estudió aritmética, derecho, filosofía, historia, literatura clásica, religión y teología. Hablaba y leía latín, griego, francés y castellano; bailaba, bordaba, dibujaba, tocaba algún instrumento. Erasmo de Rotterdam destacó de ella su inclinación a la buena literatura.

A los Tudor, cuya dinastía reciente y de orígenes bastardos no acababa de ser reconocida en las cortes europeas, le convenía enlazar con los Tratamara y a estos les venía bien la alianza con los ingleses para aislar al rey de Francia. Así, pues, siguiendo la política matrimonial diseñada por los Reyes Católicos, a los tres años había sido ya prometida con el príncipe Arturo, heredero del trono de Inglaterra, enlace que se celebraría el 14 de noviembre de 1501. La dote se había fijado en 200.000 coronas, de las que se pagaron 100.000 después del enlace. El príncipe tenía 15 años y era de natural enfermizo, de manera que ni siquiera había alcanzado a consumar el matrimonio cuando murió, cinco meses después, el 2 de abril de 1502.

Escultura de Catalina en Alcalá de Henares

Allí quedó la princesa de Gales, viuda y doncella con 16 años, sin que nadie supiera qué hacer con ella. Enrique VII, iba dando largas, entre otras razones, para no tener que devolver la mitad de la dote de Catalina. Primero se ofreció él mismo a casarse con su ex nuera (también pretendió casarse con su hermana, la reina Juana, tan pronto como enviudó de Felipe el Hermoso) y, finalmente, se acordó el compromiso con el heredero, Enrique, que era cinco años menor que la princesa. Catalina permaneció en Londres en estado de semi reclusión, sin medios de subsistencia autónoma. “Yo elijo en lo que creo y no digo nada, pero no soy tan simple como parezco”, se quejó ante su padre. En 1506, cuando su hermana Juana y su cuñado Felipe navegaban de Flandes a España, una tempestad los llevó a refugiarse en las costas inglesas y allí se encontraron las hermanas. En Inglaterra debió ser engendrada la que acabaría siendo hija póstuma de Felipe, nacida el 14 de enero de 1507 y bautizada con el nombre de Catalina en recuerdo de la hermana pequeña de su madre. En 1507 Catalina ejerció como embajadora de la corona española, la primera mujer en ejercer esta función en las cortes europeas.

El rey inglés murió en 1509 y subió al trono su hijo, Enrique VIII, quien ese mismo año casó con Catalina, convirtiéndola en reina de Inglaterra. Para ello hubo que solicitar licencia papal, habida cuenta que el Derecho canónico prohibía que un hombre casara con la viuda de su hermano. Catalina juró que su matrimonio con Arturo no se había consumado y el papa Julio II autorizó la boda con Enrique al entender que no había existido matrimonio con su hermano. La novia tenía 23 años y el novio no había cumplido aún los 18.

Al año siguiente, Catalina dio a luz una hija prematura. En 1511 dio a luz un niño, bautizado como Enrique, que murió al poco de nacer. De nuevo en 1513 dio a luz otro niño, que nació muerto o murió al nacer; otro tanto ocurrió en 1514. El 18 de febrero de 1516 el matrimonio tuvo una hija, María, en un país donde ninguna mujer había accedido al trono. Todavía en 1518 la reina volvió a quedarse embarazada de una niña que murió enseguida.

Catalina por Michel Sittow (Museo de Historia del Arte de Viena)

 Catalina gobernó y fue una leal compañera de Enrique. En junio de 1513 ejerció la regencia mientras el rey intervenía en Francia en la batalla de Guinegate. En septiembre los escoceses invadieron Inglaterra y la reina, que estaba embarazada, ordenó reunir al ejército inglés, se puso al frente de las tropas, a las que enardeció recordando que “el poder de Inglaterra era mucho mayor que el de todas las otras naciones”, según recoge Mártir de Anglería, cronista de los Reyes Católicos, el 23 de septiembre. Efectivamente, los ingleses vencieron a los rivales en la batalla de Flodden Field y Catalina pudo enviar a Enrique un trozo del uniforme militar del rey de Escocia, Jacobo IV, que había resultado muerto en el combate, para que pudiera utilizarlo como bandera.

La ausencia de un heredero varón se convirtió en un abismo entre Enrique y Catalina, mayor a medida que avanzaba la edad de la reina. En 1919 Elizabeth Blount dio a luz un niño, Enrique Fitzroy, al que el rey reconoció como suyo y le concedió varios títulos. Catalina asumió la humillación con la dignidad que le caracterizaba, se centró en sus aficiones culturales, en la educación de su hija María y de las mujeres de la corte, se convirtió en mecenas del humanismo renacentista y se granjeó la admiración de figuras como Luis Vives, Tomás Moro o Erasmo de Rotterdam. La reina encargó a Vives el libro “De institutione feminae christianae”, donde se defendía el derecho de las mujeres a la educación. Incluso su enemigo Thomas Cronwel reconoció que “de no ser por su sexo podría haber desafiado a todos los héroes de la historia”.

En 1525, cuando Catalina ya no tenía edad de engendrar un heredero, Enrique pretendió que el Papa anulara su matrimonio para casarse con Ana Bolena, de quien se había enamorado, esperando tener con ella el esperado hijo varón. Creía que su matrimonio estaba maldito pues, según la biblia, cuando un hombre se casa con la viuda de su hermano el matrimonio será estéril. El papa Clemente VII se negó a la anulación y Enrique decidió no acatar los dictámenes de Roma y se convirtió en cabeza de la nueva iglesia. En 1533, el obispo de Canterbury declaró inválido el matrimonio de Catalina y Enrique y este se casó con Ana.

Catalina no reconoció a Enrique como jefe de la iglesia anglicana y siguió considerándose reina. Rechazó la propuesta del rey de retirarse a un convento, respondiendo que ella era la verdadera y legitima esposa del rey. Enrique contraatacó reconociéndola únicamente como princesa viuda de su hermano y desterrándola de la corte. Fue separada de su hija y encerrada en el castillo de Kimbolton, donde la encontró la muerte el 7 de enero de 1536. Sus súbditos, que la tenían en alta consideración, la lloraron y guardaron luto por ella, a pesar de que el rey prohibió que se oficiara un funeral de reina, no asistió al mismo y prohibió la asistencia de su hija María. Está enterrada en la catedral de Peterborough donde aún se la recuerda cada 29 de enero, fecha de su entierro. En 1930 la reina Mary, esposa de Jorge V, mandó sustituir el título de princesa que aparecía en su tumba por una inscripción en la que puede leerse: Katherine queen of England (Catalina reina de Inglaterra).

Shakespeare la describió como “la reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina”.

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