Carmen Laforet, escritora

Tenía 23 años cuando Carmen Laforet (Barcelona, 6 de septiembre, 1921-Madrid, 28 de febrero, 2004) ganó el Premio Nadal con la novela Nada, convertida en obra clásica en vida en la escritora, quien escribió un puñado de obras en las que perfila un ramillete de mujeres, retratos de la posguerra española. Mujer de vida interior torturada, Laforet se describirá como “batalla y tormenta, un puñado de sentimientos siempre en lucha”.

Cuando la niña contaba dos años la familia Laforet se traslada de Barcelona a Canarias, adonde el padre, que era arquitecto, había sido destinado. Allí nacerán sus dos hermanos, morirá su madre y el padre volverá a casarse, con una mujer que ejercerá “como las madrastras de los cuentos de hadas”, en palabras de Carmen.

En septiembre de 1939 ella vuelve a Barcelona, donde vive tres años en casa de sus abuelos, antes de instalarse en Madrid. En una ciudad y otra iniciará estudios universitarios, Filosofía y Letras y Derecho, que no llega a terminar.

En Madrid, con apenas 22 años, empieza a escribir una novela que, sin ser autobiográfica, narra su experiencia vital. El Premio Nadal de 1945 a Nada consagraría a Carmen Laforet y marcaría su carrera literaria. Resultaba difícil de creer que una persona tan joven hubiera podido escribir una obra tan lograda. Escritores acreditados -Azorín, Juan Ramón Jiménez, Ramón J. Sender, José María de Cossío, Laín Entralgo- le dedicaron críticas elogiosas y se declararon sorprendidos. Fue un bombazo literario, una revolución en aquella España donde la cultura se encontraba embargada por la dictadura. Nada sigue reeditándose, es materia de estudio y de tesis doctorales en universidades de todo el mundo.

El éxito tan extraordinario abrumará a la joven autora, que se maneja mal en el ambiente literario. En la larga correspondencia mantenida con Sender le habla del agobio causado por su éxito, del mundo literario, de sus problemas matrimoniales; él le habla de su soledad. Ramón parece enamorado de Carmen, sentimiento que no es correspondido, prevalece entre ellos una amistad sincera. Esta correspondencia sería recopilada por Israel Rolón y publicada en 2003 con el título: Puedo contar contigo. Correspondencia Carmen Laforet/Ramón J. Sender.

Laforet también se cartearía durante un tiempo con Elena Fortún -seudónimo de Encarnación Aragoneses- cuyos relatos protagonizados por la niña Celia había leído de niña. Elena le advierte sobre la dificultad de compaginar vida familiar y literatura y, conocedora de la presión que Carmen sentía por el control de la dictadura, le ofreció la posibilidad de trasladarse a Argentina, invitación que no llegó a prosperar.

Una mujer que influyó sobremanera en Laforet fue Lilí Álvarez, famosa tenista, convertida en católica ferviente. Carmen quedó deslumbrada por la desenvoltura de Lilí, quien es la responsable de su etapa de religiosidad que quedaría plasmada en la novela La mujer nueva, premio Menorca de Novela 1955 y Premio Nacional de Literatura en 1956. Laforet, que acabaría rompiendo con Lilí, se mantuvo durante años en una indefinición sexual sin acabar de decantarse por el lesbianismo, como sí había hecho Lilí.

En 1945 Carmen se había casado con Manuel Cerezales, crítico literario, con el que tuvo cinco hijos. La pareja vivió en una cierta precariedad y acabaría separándose en 1970, decisión arriesgada en un tiempo que no reconocía ningún derecho de las mujeres. El marido, que había exhortado a Laforet a buscar argumentos ajenos a ella, exigirá que se comprometa a no escribir sobre su vida en común. Exigencia sibilina en quien había escrito que “Carmen nutre sus novelas de sus propias experiencias y vivencias, busca los personajes dentro de sí y, generalmente, acierta. En cambio, su dificultad se encontraría más en la construcción de argumentos inventados o historias fuera de ella”. Efectivamente, la escritora entrará en una etapa de aridez creativa. Viajará de un lugar a otro, buscando inspiración pero ya no volverá a escribir y su brillo acabará apagándose.

Empero, fue tal el resplandor producido por la novela Nada que a veces oscurece el brillo del resto de su obra, no muy amplia pero notable: La isla y los demonios (1952), La mujer nueva (1955), La insolación (1963), además de novelas cortas, cuentos y narraciones de viaje. Porque la vida de Laforet como escritora activa fue breve, seguida de un silencio, voluntario primero y obligado luego por su enfermedad, el alzheimer, que le privó de la memoria y, en sus últimos años, del habla.

Las pobres escritoras no hemos contado nunca la verdad, aunque queramos. La literatura la inventó el varón y seguimos empleando el mismo enfoque para las cosas. Yo quisiera intentar una traición para dar algo de ese secreto, para que poco a poco vaya dejando de existir esa fuerza de dominio, y hombres y mujeres nos entendamos mejor, escribió Laforet. En efecto, ella creó “un gineceo literario al que siempre se deberá acudir cuando alguien quiera saber cuál fue el papel de las mujeres durante el franquismo y cuál fue el papel que se les quiso dar”.

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