Antonia Gutiérrez Bueno, investigadora

(Foto obtenida en Biblogtecarios)

Antonia Gutiérrez Bueno (Madrid, 1781-1874) nació en una familia ilustrada, era hija de Mariana Ahoiz y Navarro y de Pedro Gutiérrez Bueno, químico, boticario mayor del rey y propietario de una farmacia en la calle Ancha de San Bernardo de Madrid. Un hombre emprendedor: dirigió varias industrias químicas en Cadalso de los Vidrios, impartió clases, redactó manuales de química y de sus aplicaciones industriales y tradujo textos científicos del francés, todo lo cual le proporcionó una situación económica desahogada y una posición social con amigos notables, como el marqués de Santa Cruz o Leandro Fernández Moratín, quien fue bibliotecario mayor entre 1811-1812. Este apodaba a Pedro Gutiérrez Bueno como Petrus Bonus y a Antonia como Marie Toinette Bonus.

Antonia dominaba el idioma francés, lo que le permitió traducir artículos científicos aparecidos en Semanario de Agricultura y Artes dirigidos a los párrocos y una recopilación sobre el cólera morbo. Su actividad literaria la firmaba con el seudónimo de Eugenio Ortazán y Brunet, anagrama de su nombre real. Contrajo matrimonio con Antonio Arnau; en 1805 ambos residen en Francia. En 1822, está de vuelta en Madrid, ya viuda. Todo ello no pasaría de ser la dedicación de una mujer con inquietudes, hasta que se topó con los muros que la sociedad del siglo XIX mantenía levantados para las mujeres.

En 1837 se encontraba enfrascada en la redacción de un Diccionario histórico y biográfico de mujeres célebres, del que había publicado una primera entrega: de Abadesas a Armelle, Nicolasa. Para proseguir su obra necesitaba consultar documentos de la Biblioteca Nacional, institución que había sido creada en 1711 por Felipe V, reservada exclusivamente a los hombres, de acuerdo con las normas de 1761. Prohibición normal en una época donde la cultura era un ámbito masculino, al que muy raramente accedían las mujeres, y donde los espacios estaban bien delimitados, los hombres en un lado y las mujeres en otro. El veto establecía algunas excepciones, se permitía la entrada de mujeres en “los feriados con permiso del bibliotecario mayor”.

Así que el 12 de enero de 1837 Antonia se dirigió al Ministerio de la Gobernación: “Estando publicando una obra con el título de Diccionario histórico y biográfico de mujeres célebres bajo el nombre de D. Eugenio Ortazan y Brunet en el que se halla anagramatizado el suyo y siéndole difícil y aún imposible, a causa de sus circunstancias procurarse los libros que necesita para continuar su obra, la que va recibiendo bastante aceptación del público, a V.E. suplica se sirva dar a la exponente un permiso para concurrir a la Biblioteca nacional, donde podrá hallar todos los libros que necesita para continuar su trabajo”.

Dirigía entonces la Biblioteca Joaquín María Patiño, quien, en su informe al Ministerio aclaraba que “las constituciones de este establecimiento prohíben la entrada en él a las mugeres y asimismo el que se estraigan libros de la casa”. No obstante, informaba que en la planta baja existía una habitación, aunque de pequeñas dimensiones, de manera que “si llegasen a exceder del número de cinco o seis las mujeres que pretendiesen aprovecharse de ese beneficio (…) sería preciso comprar mesas, un brasero, escribanías y lo necesario para que las señoras concurrentes estuviesen con la decencia que corresponde”.

La petición de Antonia llegaba en un momento propicio, coincidente con los gobiernos liberales durante la regencia de María Cristina de Borbón, de forma que un consejero real ya había calificado la prohibición de “precepto bárbaro”, el que ofrecía a la mitad del pueblo “conventos donde encerrarse y no bibliotecas donde instruirse”. La reina resolvió el expediente ordenando al director que se permitiera la entrada en la sala de la planta baja a “las mujeres que gusten concurrir a la Biblioteca”. Y si, por fortuna, “el número de éstas exceda de cinco o seis, lo haga usted presente, manifestando el aumento de gasto que sea indispensable”.

En 1863 muere el único hijo de Antonia, Luis Antonio Arnau, que había realizado una brillante carrera diplomática. Era ya una anciana, contaba 85 años, cuando aparece colaborando con otras mujeres más jóvenes: Carolina Coronado, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Ángela Grassi, Faustina Sáez de Melgar en la Academia Tipográfica, reivindicando en El Album de las Familias “la educación de la mujer, base de los pueblos”.

El gesto de Antonia puede parecer insignificante pero no lo es. Ella abrió la puerta de la Biblioteca Nacional a las nuevas generaciones de mujeres. A finales de 2011, según datos expuestos por Gema Hernández Carralón, jefa de Servicio de Información Bibliográfica de la BN, de los 48.434 carnets activos, el 49,26% eran de mujeres, el 49,46%, de hombres. El 1,28% no especificaban el sexo del titular. De donde vuelve a demostrarse que cuando una mujer da un paso adelante, el avance beneficia a todas las mujeres.

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